Sin dogmas

-
Ricardo J. Galarza

Pasó su infancia en los campos petroleros de Venezuela, adonde sus padres, emigrantes italianos, llegaron a trabajar en la década de los 40. Fue precisamente en uno de esos campos donde, en 1944, nació Luis Giusti, hoy uno de los gurús más influyentes en la industria petrolera global.

En 1969 fue a estudiar ingeniería petrolera a Estados Unidos, para regresar dos años más tarde, con un master de la Universidad de Tulsa, a trabajar en los pozos y refinerías de su país. Allí pasó 33 años de su vida profesional, y todavía es ampliamente conocido entre los trabajadores como ‘El Catire’, que significa rubio en el vernáculo venezolano.

Con esos antecedentes, Giusti estaba destinado a convertirse en presidente de la empresa estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA), cargo que ocupó desde 1994 a 1999 y desde el cual emprendió una de las transformaciones más profundas que se conozcan en la industria petrolera mundial.

Desde 1990, año en que empezó a ocupar diversos cargos ejecutivos en PDVSA, Giusti comenzó el diseño de un ambicioso plan de apertura a la inversión privada y de incremento en la producción petrolera. Así, cuando asumió la presidencia, pudo consolidar sus reformas incorporando a una docena de compañías extranjeras en la explotación del crudo venezolano, lo que al país le ha representado un incremento de más de 40% en su producción petrolera e inversiones que superan los 35,000 millones de dólares (MDD).

Estos resultados avalaron el nombramiento de Giusti como Ejecutivo petrolero del año, otorgado en 1998 por la conferencia Oil & Gas de Londres. Desde entonces es una de las voces más autorizadas de la industria a nivel global y un ejemplo para otros reformistas que le siguieron en América Latina, como es el caso de Brasil y Colombia.

Ahora, Giusti es miembro de la Junta de Expertos de la Agencia Internacional de Energía (EIA), con sede en París; miembro de la Junta de Gobernadores y asesor del presidente del Center for Global Energy Studies (CGES) de Londres; asesor senior del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) de Washington D.C., y del Grupo Financiero Stanford. En 2001, integró el grupo de trabajo que diseñó el proyecto de estrategia energética de EU para el siglo XXI.

En marzo de 1999, poco después de que Hugo Chávez asumiera la presidencia de la entonces República de Venezuela (aún sin la referencia a Bolívar en su nombre), Giusti fue despedido como presidente de PDVSA por el propio mandatario y en televisión. Un periodista estadounidense especializado dijo entonces: "Es como echar a Joe Torre de los Yankees de Nueva York después de ganar la Serie Mundial".

Chávez también prometió entonces revisar los acuerdos de PDVSA con las compañías extranjeras. Poco antes, la revista Business Week había pronosticado que sería altamente improbable que Chávez, o cualquier otro presidente pudiera desandar las reformas emprendidas por Giusti.

Y tenía razón: a casi ocho años del despido de Giusti, en Venezuela siguen operando las mismas petroleras extranjeras, y PDVSA continúa con las mismas alianzas y programas de ganancias compartidas que le han dado tantos réditos.

Contra la ortodoxia
Pero a Giusti no le fue sencillo llevar a cabo sus reformas en PDVSA. Tuvo que enfrentarse a un sentimiento nacionalista profundamente arraigado en el imaginario venezolano, que asociaba la apertura de la explotación petrolera con la pérdida de la soberanía nacional.

"Primero había que sacarle la carga dogmática al tema, y ese objetivo se logró precisamente ampliando la participación privada en las actividades petroleras", dice Giusti en entrevista con Expansión.

Esa ampliación a la participación privada es lo que Giusti llama "la integración orgánica entre el petróleo y la sociedad", pues con sus reformas, además de la participación directa de más de 50 empresas petroleras, venezolanas e internacionales, se incorporaron otras compañías de servicios de ese país y la consecuente derrama económica en las regiones receptoras de las nuevas inversiones.

Pero acaso la medida más significativa en ese sentido, fue la creación de la llamada Sociedad de Fomento de Inversiones Petroleras, que ofrecía bonos a los ciudadanos venezolanos en un operación de crédito simple. Esos bonos, de baja denominación y accesibles hasta para los ahorradores más modestos, fueron adquiridos por unas 25,000 personas. Esas y otras iniciativas le permitieron a Giusti ir cambiando poco a poco la mentalidad de los ciudadanos en torno al tema del petróleo; y al final de su presidencia, PDVSA se había ganado la confianza de los venezolanos como empresa eficiente y bien administrada.

Entonces Giusti inició una agresiva campaña de lobby con los legisladores, con los miembros del gabinete y hasta con el entonces presidente de Venezuela, Rafael Caldera, con la que les fue derrumbando sistemáticamente y uno a uno todos los argumentos antiaperturistas que se manejaban en la clase dirigente.

Pero la transformación de fondo se dio en tres vertientes fundamentales de la reforma: los proyectos de asociación en la Faja del Orinoco; los convenios operativos en campos antiguos no explotados, y los convenios de exploración y producción bajo la figura de ganancias compartidas.

Los crudos de la Faja del Orinoco eran de gran viscosidad, con una calidad muy baja, similar a la de los llamados ‘de residuo corto’, y por tanto, nada atractivos para cualquier compañía petrolera. "Cuando yo iba a los foros internacionales y a los grandes centros petroleros del mundo y les hablaba de proyectos con esos crudos, me miraban como si estuviese loco", recuerda Giusti.

Se trataba, sin duda, de proyectos de largo aliento y de inversiones de más de 4,000 MDD. Giusti logró, por un lado, la titánica empresa de convencer a las compañías extranjeras de asumir esos riesgos exploratorios y esas grandes inversiones que requerían los recursos de la Faja; y por el otro, introducirlas por un resquicio de la ley de hidrocarburos de Venezuela que existía bajo el pequeño apartado de Asociaciones y Convenios Operativos. Y fue así como iniciaron todos los proyectos en la Faja del Orinoco que hasta hoy contribuyen significativamente a la producción petrolera venezolana.

Asimismo, existían en Venezuela unos campos antiguos que no eran explotados ni estaba planificada en ellos ninguna actividad, dado que PDVSA carecía de los recursos para explotarlos. Se identificaron 33 campos que podían recibir operación, y se hizo una campaña de convenios operativos con empresas del sector privado venezolano, que participaban mediante licitación pública. Luego, le asignaban el campo a la compañía para que lo operara; pero el petróleo en ningún caso dejaba de pertenecer al Estado venezolano, sino que éstas entregaban los barriles de su producción a PDVSA y recibían a cambio un reconocimiento de sus costos operativos, un retorno progresivo de sus costos de capital y un margen de ganancias.

Y el tercer capítulo de la reforma eran los convenios de exploración y producción bajo la figura de ganancias compartidas. Había áreas de alto riesgo de exploración que se les asignaban a empresas trasnacionales –también mediante licitación pública– para que las exploraran. Si no se descubría nada, el Estado no perdía porque los riesgos operativos los asumían las empresas. Si se encontraban yacimientos, entonces había un mecanismo de distribución que, además del pago de impuestos y regalías, le daba al gobierno una participación en las ganancias que oscilaba entre 82 y 92%.

Hoy en día, los resultados de esas iniciativas introducidas durante la administración de Giusti le significan a Venezuela 1.1 millones de barriles adicionales por día, 42% de su producción total, y han llevado a PDVSA a ubicarse como la segunda petrolera del mundo.

Pemex, paraestatal, precios…
A juicio de Giusti, para que una empresa petrolera estatal sea eficiente y tenga éxito, debe tener autonomía de gestión bajo un ente regulador, esquema dentro del cual destacó los ejemplos de la brasileña Petrobras y de la noruega Stat Oil.

El Estado brasileño posee sólo 38% de Petrobras, una empresa nacional que, desde el punto de vista político, responde a los lineamientos del gobierno, pero que no es un apéndice del mismo y tiene autonomía administrativa. En el caso de Stat Oil, el Estado noruego ostenta 70% de la empresa, no obstante funciona como una petrolera independiente, con autonomía presupuestal y de gestión.

"Eso, aquí en México, no existe. Yo me atrevo a decir que Pemex no es una empresa, sino un instituto paraestatal", dijo Giusti. Para el directivo, la petrolera mexicana sobrelleva "una carga fiscal gigantesca que la tiene maniatada" y para conseguir recursos "tiene que estar haciendo cola con todos los programas propios de una democracia como la mexicana".

Sin embargo, dijo que la industria petrolera de México tiene un gran potencial, sobre todo en aguas profundas, y que hay una gran cantidad de empresas extranjeras que tienen sumo interés en invertir en el sector, pero el marco legal mexicano se los impide. "Es muy difícil invertir en México en las condiciones actuales. El espacio para invertir es muy restringido, no hay por dónde meterse", sostuvo.

En ese sentido, reconoció que Venezuela poseía un marco legal un tanto más flexible cuando llevó a cabo su apertura, y que el sentimiento nacionalista contra la participación de empresas privadas en el sector petrolero no estaba tan arraigado como en México.

Según Giusti, los mexicanos tendrán que decidir entre quedarse con Pemex como está (sometida a enormes presiones fiscales, sin recursos para invertir en exploración, importando gasolina), o buscar que otras firmas inviertan y corran el riesgo, sin perder la soberanía sobre el recurso.

En cuanto a los precios del crudo, Giusti prevé una mayor caída para fines del primer trimestre del año: "Va a depender de hasta dónde los deje caer Arabia Saudita, pero creo que van a andar por debajo de los 50 dólares (por barril), puede que lleguen a los 40 dólares". Sin embargo, pronosticó un alza a largo plazo, para los próximos tres o cuatro años. Interrogado acerca de los combustibles alternativos, Giusti respondió que en un futuro lejano se avizora a la economía del hidrógeno como la gran solución. Pero para el presente y el futuro cercano destacó la importancia y, a la vez, la relatividad del etanol.

En el caso de Estados Unidos, donde el etanol se produce a base de maíz, aún no ha arrojado resultados significativos. Actualmente, en el país del norte se producen 250,000 barriles por día de etanol, en un pool total de gasolinas de 11 millones de barriles diarios. "Son iniciativas que hay que apoyar, no deja de ser importante pero estamos hablando de proporciones muy pequeñas", apuntó.

El caso del etanol en Brasil es diferente, donde se produce a base de caña de azúcar y ha probado ser ampliamente exitoso. Por cada unidad energética que se le inyecta al proceso de preparación del etanol a base de maíz en EU, se recibe en la quema del combustible 1.5 unidades de energía; en el caso del brasileño, por cada unidad energética suministrada, se reciben ocho en la quema del combustible.

Pero no son muchas las áreas del mundo con esas características y los expertos coinciden en que, por lo menos, durante los próximos 40 o 50 años el petróleo y el gas natural continuarán siendo los combustibles que dominarán la escena global. "Como dice la canción mexicana: ‘...pero sigo siendo el rey’, continuará diciendo el petróleo por muchos años más", remató Giusti.

Ahora ve
No te pierdas