Había una vez...

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Desde hace poco más de medio siglo, IBM guarda con recelo todos los inventos que se generan en su denominado Cuartel Creativo, un complejo de siete edificios enclavados en las montañas de San José, California. Sin embargo, este año lo abrió a un grupo de periodistas para la celebración de los 50 años de la invención del disco duro.

El primer modelo del dispositivo era un gabinete metálico del tamaño de dos refrigeradores, una máquina de bulbos cuyo sistema RAMAC (Random Access Method of Accounting and Control), conocido como método de contabilidad y control de acceso aleatorio, cambió el curso de la historia y que, con su actualización, se denomina disco duro, ese que está instalado en cualquier computadora, por fortuna, mucho más pequeño que un refrigerador.

Con una capacidad de 5 MB, aquel gigantesco mecanismo electrónico no había podido almacenar siquiera una presentación animada de Power Point, y ni hablar de un archivo de audio o video.

Este invento propició la caída del reino de las tarjetas perforadas en la computación y, más importante aún, abrió la brecha que llevaría al mundo hacia una economía basada en la información y el conocimiento.

Con el advenimiento de RAMAC, los programadores de pequeños programas de cómputo se olvidaron de introducir cientos de tarjetas. Sin éstas, que debían estar perforadas de forma perfecta, era prácticamente imposible que la máquina ejecutara la aplicación, pero gracias a RAMAC el programa podría guardarse en la computadora y ejecutarse cuantas veces fuera necesario… así que ¡a tirar las tarjetitas que ya no servirían para nada!

Hoy, a 50 años, el disco duro ha dejado de ser visible. Pero esto no quiere decir que ya no existe, sino que su rápida transformación lo ha dotado de un poder de ubicuidad tal que ni siquiera nos hace reparar en su presencia, aunque está en prácticamente todo lo que empleamos relacionado con la tecnología: reproductores de audio, de video, grabadoras de voz, teléfonos celulares y agendas personales; sin contar servicios montados en redes de información como transacciones bancarias, consultas de anaqueles virtuales en tiendas departamentales o sistemas de atención a clientes, sólo por mencionar unos cuantos.

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Este año, en los laboratorios de IBM celebran medio siglo de vida de su invento. No harán un homenaje a la enorme máquina de selección aleatoria de discos que hoy es una pieza de museo, sino que aprovecharán el acontecimiento para hacer conciencia sobre cómo el usuario debe almacenar su información. Claro, también se valdrán de la ocasión para arrancar un plan de mercadotecnia en el que promocionarán sus nuevas soluciones de almacenamiento.

Y así lo explican los investigadores encargados de perfeccionar las tecnologías de almacenamiento de datos: en las empresas, el costo de inversión en hardware está cada vez más opacado por el costo de los programas de administración de la información guardada en los dispositivos físicos. Lo intangible está por encima de lo físico. El balance, calculan ellos, es de 80% en software contra 20% en hardware.

El negocio es el software
Precisamente por ello, IBM se deshizo de su unidad de discos duros hace unos años, quedándose con el respaldo en cintas magnéticas, como su principal negocio para almacenamiento de información en grandes cantidades.

El siguiente paso de la firma es investigar en herramientas de software para guardar información y administrarla.

Así pues, lo importante de la investigación de IBM no estará en hacer materiales que permitan guardar más información (que, de hecho, es lo que están haciendo todos los días a nivel de composición molecular en las cintas magnéticas que se fabrican en su planta de Guadalajara, Jalisco), sino en la manera de desarrollar mayor capacidad en los sistemas de almacenamiento para que ofrezcan información rápida y oportuna a sus usuarios. Por ejemplo, facilitar que un ingeniero de producción (que es responsable de un proyecto o producto) pueda recurrir a patrones de fabricación y de ingeniería que ya hayan sido utilizados, ya sea en su planta o en otro lugar de la misma empresa.

Ahora esto es casi imposible porque generamos muchos datos, los almacenamos y, al final, nos olvidamos de ellos, pero no por descuido, sino por la complejidad para manejarlos y administrarlos.

A veces las tecnologías de lectura cambian y los datos quedan sepultados por la obsolescencia de la herramienta con que fueron creados.

De esta manera, los ‘IBMistas’ miran el futuro del almacenamiento de datos a partir de conceptos que ayuden a su preservación: la jerarquización, la generación de sistemas abiertos (open source) que faciliten la migración y la clasificación adecuada que facilite la extracción rápida de los datos para la toma de decisiones.

Incluso ya hablan de nuevos conceptos, como el almacenamiento autónomo y sistemas inteligentes que puedan adaptar las jerarquías de acuerdo con las necesidades de guardar datos e, incluso, aprender de sus propios errores para hacer que los sistemas sean cada vez mejores.

Estos sistemas complejos tendrán que ser escalables y heterogéneos, donde discos y galerías de cinta convivan en “almacenes eternos de datos”, siempre dispuestos para ser empleados en el futuro, sin perder su vigencia y sin perder su código de lectura.

Es por esta razón que las cintas, todas ellas fabricadas en Guadalajara, son parte importante de su portafolio de negocio.

Es más, esta nueva propuesta de almacenamiento de datos implica el desarrollo de una serie de herramientas que deben coordinarse entre sí.

RAMAC, el primer disco duro, es ya quincuagenario. Desde el año de su concepción, en las montañas de San José, las plantas industriales, la banca, los investigadores, las universidades y cualquier persona que se precie de tener sus documentos en orden han sido los más beneficiados por las tecnologías de almacenamiento.

La evolución ha sido rápida: de las numerosas pilas de platos de grandes diámetros a la disminución de su tamaño y, al mismo tiempo, el aumento en la capacidad de almacenaje. Lo que suceda en el medio siglo que viene probablemente ni siquiera es imaginable, pero sin duda será bueno volvernos fetichistas tecnológicos e ir pensando cómo deberemos guardar nuestros archivos, nuestros programas, nuestros proyectos. No sabemos cuándo los vamos a necesitar.

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