La generación de cronos

Las familias de joyeros evolucionan para aprovechar el nuevo auge mundial del reloj; Ari Berger y Luis Peyrelongue hablan sobre las novedades del mercado y sus recomendaciones.
Hublot Big Bang con 262 componentes y 33 rubíes. (Mauricio R
RM

Los relojes se han convertido en una pasión en todo el mundo. La proliferación de marcas y diseñadores en los últimos 10 años se manifiesta en el creciente interés que despiertan las ferias de Basilea y Ginebra, en Suiza, de las que se acaba de celebrar la última edición, donde fueron presentadas novedades que ya se encuentran en tiendas mexicanas.

Acostumbrado sólo a los Rolex, en los años 80, el mercado nacional ya tiene demanda para más de 40 marcas diferentes que representan, sobre todo, los joyeros Berger y Peyrelongue. Ari Berger y Luis Peyrelongue hablan de lo que trajeron de las recientes ferias de Basilea y Ginebra; de sus inicios como relojeros y de sus recomendaciones.

Alta dulcería

La tienda de Berger Joyeros en la avenida Masaryk de la Ciudad de México es como una gran dulcería que en la tarde se llena de niños ávidos por ver los merengues, que, en este caso, son las piezas de alta relojería más impresionantes que pueden verse en el país.

Ari Berger, recién llegado de Suiza, desempaca un Golden Bridge, de Corum, el número dos en todo el mundo. “Estaba en la vitrina de Corum y yo les dije que me lo llevaba, al principio no querían vendérmelo, por lo exclusivo”. Al final, dice Berger, lo consiguió, porque los relojeros reconocen el poder del mercado mexicano. También presenta un Big Bang, de Hublot, que sintetiza todas las tendencias de la moda: oro rosa mate, correa de caucho y una carátula con un mayor diámetro. “Los relojes de antes eran chicos, comparados con los de hoy.  De carátulas para hombre de 33 a 38 milímetros, se ha evolucionado a las de 44 y hasta 46 milímetros. Cada vez hay más materiales, tantalio, titanio o zalium, que utilizó Harry Winston”, afirma Berger.

El relojero, hoy de 43 años, empezó hace 21 con la venta de relojes. Su abuelo y su padre se concentraron y él subió a Berger Joyeros a la ola de los relojes. “No había muchas opciones, había Rolex, Omega o Cartier. El auge relojero lleva 10 años y ahora es una locura lo que sacan las marcas”.

¿Cómo empezar entonces en este mundo que se ha vuelto tan complicado? Berger recomienda evitar los relojes que están demasiado de moda, porque es difícil saber si el diseño mantendrá su valor. Aunque considera que si bien Patek Philippe es de las mejores marcas, si no la mejor, no es para  un principiante. “Yo le diría (compra) un Jaeger-LeCoultre, de precio medio, buena maquinaria, grande; con 3,000 o 4,000 dólares se consigue algo bueno”.

Berger empezó con un Rolex que alguien le regaló cuando tenía 14 años. Después, a los 17 o 18, se compró un Audemars Piguet. “Los relojes van gustando tanto que luego uno quiere el que sigue, hasta tener un Patek”.

Paciencia de relojero

La joyería fundada por Hervé Peyrelongue en 1969 nunca dejó de vender relojes, en especial Rolex y Piaget, a pesar de periodos de fuertes trabas para importarlos. Luis Peyrelongue, hijo de Hervé, recuerda que en los años 80 la legislación exigía que las marcas de relojes fabricaran aquí una parte para poder vender en el mercado mexicano. En realidad, era una especie de juego, porque algunas grandes marcas ensamblaban en México sólo una pequeñísima parte de la maquinaria para cumplir la obligación y porque quienes querían comprar relojes terminaban por traerlos de contrabando, afectando así a los representantes en el país.

En los 90, la legislación se suavizó, con la mayor apertura comercial, y para 1992 la familia abrió su primera relojería, Peyrelongue Chronos, en la Zona Rosa del DF, que por entonces tenía una calle, Amberes, donde se concentraban las tiendas de lujo. En 2001 “empezamos a ver que la zona se venía para abajo, la gente ya no quería ir, había percepción de inseguridad –aunque no era tan insegura como se creía–”. Para ese año, la familia había abierto sucursales de la relojería en otras zonas de la capital y en Cancún. En 2003, decidió concentrar todos los esfuerzos en una sola tienda, sobre Masaryk, en la zona de las marcas de lujo de la capital. “De cinco tiendas pasamos a una, fue una buena decisión, porque al juntar todo se da un mejor servicio, mejor selección y surtido más amplio”, comenta Luis Peyrelongue.

Su primer ‘gran reloj’, a los 20 años, fue un Rolex, aunque ahora, para un principiante recomienda un Frederik Constant o un Oris. Se puede empezar con un buen reloj de 500 dólares, dice. Pero ya para festejar un cumpleaños 50, habrá que conseguir un Patek Philippe o un Breguet. Peyrelongue no está muy convencido de que se deba comprar un reloj como inversión. “No son bonos ni cetes. El año pasado se vendió un Rolex Daytona de los años 70 como en 370,000 dólares, pero en aquel entonces habría sido muy difícil adivinar que alcanzaría ese precio: sería muy complicado atinar cuál reloj se apreciará”. El reloj se compra, dice, “por placer”.

Entre las novedades que Peyrelongue trajo de la feria de Basilea, está un Omega De Ville, de oro rosa y correa de caucho.

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