Legorreta, un líder que no ‘perdió piso’

El legado del arquitecto mexicano fallecido en diciembre de 2011, va más allá de premios y obras; sus colegas aprendieron de él su pasión y estricta disciplina, pero también su generosidad.
ricardo legorreta  (Foto: AP)
CIUDAD DE MÉXICO (CNNExpansión) -

Ricardo Legorreta, el afamado arquitecto mexicano fallecido recientemente, dirigía a su equipo como creaba sus obras: con pasión, disciplina y mano rígida, pero también con generosidad y sencillez.

Quienes trabajaron bajo su guía o fueron sus colegas, cuentan que aprendieron a dar lo mejor de sí y a entender la arquitectura como un instrumento para hacer felices a las personas.

"Explotaba cuando algo salía mal, pero te motivaba. Con cada regaño crecías, aprendías y te apasionabas más", recuerda con nostalgia Adriana Ciklik a la revista Quien en su edición de enero 2012. Ella es la única mujer que ha sido socia en la firma Legorreta+Legorreta, fundada por el fallecido arquitecto.

Ricardo Legorreta murió el 30 de diciembre de 2011 tras padecer cáncer durante tres años. Tras de sí quedó su obra, la cual transformó no sólo la arquitectura nacional e internacional: el Papalote Museo del Niño, el Hotel Camino Real, el Centro Nacional de las Artes y la restauración del el Antiguo Colegio de San Ildefonso de la UNAM. También dio vida al Pabellón de México en la Expo 2000 Hanover y al Hotel Sheraton Bilbao, en España.

Legorreta llevó el espíritu de edificios masivos y llenos de color a decenas de ciudades. También llevó consigo su particular forma de hacer arquitectura, con la cual dejó una huella que va más allá de los inmuebles.

Miguel Almaraz, otro socio, confiesa que necesitaba de las reprimendas del reconocido arquitecteo, pues le inyectaban adrenalina y lo obligaban a ser mejor.

"Lo que hace este despacho es una forma de vida y de vivir la arquitectura. Aprendimos a hacer edificios humanos y a trabajar con una honestidad irrenunciable", afirma.

Pese a ser reconocido a nivel internacional, Ricardo Legorreta no perdió nunca la sencillez que caracterizaba su personalidad.

En el artículo publicado por Quien, uno de sus colegas, el arquitecto José María Nava, lo recuerda así: "Un amigo suyo era mi cliente y teníamos problemas con el proyecto. Él me llamó, me dio consejos para sacar adelante la obra. No tenía por qué hacerlo, pero su naturaleza era así, generosa".

Durante su carrera emprendió una batalla personal contra los "arquitectos estrella", aquellos que, decía, hacen de sus diseños una extensión de sus propios egos.

Amigo de artistas como Francisco Toledo, Rodolfo Morales, Juan Soriano y Sebastián, y de empresarios como Olegario Vázquez Raña. A todos trataba por igual, de acuerdo con la publicación.

"Lo admiraba más como persona que como arquitecto. Tanta generosidad, tanto respeto por el otro", dice su amigo el arquitecto Francisco Serrano.

Aclamado en el mundo 

Tres meses antes de fallecer, en octubre de 2011, Legorreta obtuvo el mayor reconocimiento de su especialidad: el Premio Imperial Asociación de Arte de Japón, cuyo mérito fue aún mayor por haber sido el primer mexicano en obtenerlo.

Sin duda, otro de sus logros fue haber sido el arquitecto mexicano con más obras en el extranjero. En San Francisco, Estados Unidos, una de sus arenas más destacadas fuera de la Ciudad de México, su despacho Legorreta + Legorreta realizó inmuebles que cambiaron mucho de la cara de la bahía.

Esto no pasó desapercibido por el mundo, por lo que en 1999 la Unión Internacional de Arquitectos lo reconoció como un gigante y un año después lo hizo el Instituto Estadounidense de Arquitectos. En 2002, el gobierno español le otorgó la Orden de Isabel la Católica

Imparable

A los 35 años Legorreta sufrió una enfermedad que casi le cuesta la vida, por lo que Legorreta decidió que se quería devorar al mundo.

"Así supo que tenía que vivirlo todo, dar todo de sí y disfrutar todo lo que hacía, porque el tiempo lo tenía contado", dice su hijo Víctor, quien ahora es director del despacho.

En sú últimos años de vida tampoco dejó que el cáncer lo detuviera. Felipe Leal, ex director de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y amigo cercano del arquitecto, aún recuerda que semanas previas a su muerte quería andar en bicicleta y se veía rejuvenecido.

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Sus malas rachas en la lucha contra la enfermedad no le impidieron viajar a Japón con toda su familia para recibir su premio, pero aunque quería seguir trotando por el mundo.

"No pensaba en irse, no quería irse. Siempre tenía planes para mañana, para el mes siguiente, para el otro año. Era imparable", dice Fraccisco Serrano.

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