Lecciones tras dejar las redes sociales

El vicio que generan las redes sociales obedece a los hábitos de los usuarios, dice Jessi Hempel; tras pasar un mes desconectada, asegura que estas herramientas son mundanas pero también profundas.
redes sociales  (Foto: Think Stock)
Jessi Hempel

La casa de mi amiga Sarah se quemó a finales de agosto. Al ser una trabajadora social, no tenía seguro de inquilino. Sus amigos de inmediato comenzaron a organizarse en su nombre. Mi hermana envió una invitación de Facebook para un torneo de póquer para recaudar fondos. Alguien organizó una página de recaudación de fondos en Gofundme.com para ayudar a compensar el costo de limpiar sus pertenencias. Hasta ahora, sus amigos han recaudado 2,400 dólares.

Por supuesto, me perdí de todo esto. "¿Que nadie está haciendo nada por Sarah?", le pregunté a mi hermana. Pude oír su suspiro por el teléfono. "¿Cuando termina esta dieta de redes sociales?", preguntó ella.

En agosto pasado, me tomé un descanso de las redes sociales. Tras la debida advertencia a mis amigos y colegas, me desconecté de cada servicio social -Instagram, LinkedIn, Pinterest, MessageMe, Twitter, y lo más importante, Facebook- con la esperanza de descubrir lo que he ganado -y perdido- en la última década. Adopté un enfoque extremo.

También dejé los servicios de mensajería instantánea, y traté de no enviar mensajes de texto. Básicamente, cualquier nuevo servicio de comunicación social que había añadido en la última década fue sujeto a análisis. Tenía la esperanza de que mi mes de vacaciones me daría una nueva perspectiva de estas tecnologías sobre las cuales escribo. Esto es lo que aprendí:

Las redes sociales pueden ser profundas: Está bien, yo ya sabía esto. He dedicado mi carrera a escribir sobre ello por una razón. Pero su ausencia reforzó su significado. La tragedia de Sarah es un ejemplo extremo de la forma en que las herramientas de redes sociales permiten a la gente organizarse de forma rápida y eficaz. Aportaron a Sarah mucho más que dinero: sus amigos se unieron para ofrecer sofás, cuidado de perros y apoyo en general.

La mayoría de las tareas son mejores con herramientas sociales: Muchas veces en agosto, anhelé la comodidad de mis redes sociales. A medida que más y más servicios, desde el sitio de intercambio de casas Airbnb, hasta el servicio de streaming de música Spotify, permiten a los usuarios tener acceso a sus conexiones sociales, he llegado a depender de las decisiones de mis amigos para hacer mejores juicios acerca de todo, desde dónde alojarse (Melis se quedó en ese departamento en Estambul, así que probablemente es bueno) hasta lo que suena en mi lista de reproducción (los gustos de Shelley son particularmente buenos).

Las redes sociales pueden ser mundanas: Mis sitios sociales se han convertido en tabloides personales que operan las 24 horas al día, siempre a la mano a través de mi iPhone para absorber mi atención con fotografías de alimentos y retratos de bebés con grandes moños en la cabeza. (Para su información: Los moños no son lindos).

No es culpa de los medios sociales: Cuando llegó el primero de septiembre, no me conecté a mis redes sociales de inmediato. Estaba segura de que la tarea de ponerme al día con el valor de un mes de mensajes no esenciales me llevaría horas. Pospuse la tarea hasta el 2 de septiembre, y entonces descubrí que había revisado todos los mensajes y publicaciones en aproximadamente 10 minutos. Me di cuenta de que mucho de lo que es molesto acerca de las redes sociales concierne a mis hábitos en las redes sociales, no a las propias herramientas. Al igual que sucede con cualquier otra sustancia adictiva -el vino, tal vez, o las papas fritas- tenía que encontrar formas inteligentes de establecer límites.

En última instancia, mi dieta de redes sociales de un mes me permitió catalogar mis propios malos hábitos y observar el comportamiento que esperaba cambiar. En particular, dependía de las redes sociales para alejarme de situaciones sociales en la vida real que me parecían incómodas. Cuando llegué a una carne asada en donde no conocía a nadie, me encontré a mí misma buscando mi teléfono como una forma de ocultarme bajo el pretexto de que estaba haciendo algo "más importante". Y también recurría a las redes sociales cada vez que quería evitar reflexionar realmente sobre algo. Un gran ejemplo: Durante la última hora, en lugar de realmente escribir esta historia, he estado revisando Twitter y Facebook en busca de actualizaciones de forma compulsiva. Lo uso para evadirme, de la misma manera en que podría haber recorrido los canales de cable cuando pagaba por la TV de cable.

Desprovista de estos hábitos, a menudo me encontré sin mucho que hacer. Esto se sintió incómodo de una manera brutal y mundanamente humana. Podía sentarme en el metro entre cinco y siete minutos, mirando mis manos. Podía pasar el tiempo esperando a un amigo en un restaurante haciendo, bueno, nada. Y entonces, inevitablemente, mi mente vagaba y a veces me sentía incómoda. Louis C.K. describió recientemente este malestar a Conan en una forma particularmente elocuente aquí, explicando que era parte de lo que nos hace humanos. La conclusión: Posiblemente hay valor en este malestar. Quiero más de ello (o por lo menos, no menos).

Esperé un mes para escribir este artículo. Quería ver cuánto tiempo duraba el efecto halo de mi descanso. Durante varias semanas, fui diligente en restringir la revisión de Facebook a una vez al día. He publicado sólo en Instagram, mi actual herramienta favorita, y he dejado mi teléfono apagado, y casi siempre en mi bolso. Es octubre, y he reanudado mi ración completa de redes sociales.

Sarah encontró un nuevo lugar para vivir después del incendio. Yo encontré un nuevo respeto por las herramientas que todos utilizamos para navegar por nuestras vidas en línea. Aún así, ya no confío en mi propia restricción a usarlas con demasiada frecuencia.

Ahora ve
Errores que cuestionan la reputación de Apple, la marca más valiosa del mundo?
No te pierdas
×