¿Primero el alimento o el empaque?

En la industria de alimentos y bebidas pareciera que no se compite con el producto; sino con el empaque.
El empaque es un arma de mecadotecnia muy eficaz. (Luis Lede  (Foto: )
David Luna

Hace algunos años, cuando mi hijo mayor era apenas un bebé de brazos, el pediatra me aconsejó llevarlo siempre conmigo al supermercado para pasearlo por los anaqueles. El objetivo: empaparlo con la gama de colores, formas y tamaños que hay en los pasillos y, de esta forma, estimular su desarrollo intelectual.

Claro que conforme fue creciendo, mi entusiasmo decayó, pues la formación intelectual se convirtió en hábito de consumo y empezó a meter en el carrito del supermercado todo lo que le atraía; pero había un departamento, en particular, al cual rehuía llevarlo: el de alimentos. En realidad, no solamente el niño es seducido por el espectáculo de formas y colores de los anaqueles, en general, todos caemos en el encanto.

En la industria de alimentos y bebidas pareciera que no se compite con el producto, sino con el empaque. Como es obvio, los fabricantes no dicen que nos venden el envase, pero es un arma de mercadotecnia más que eficaz. Y más allá de la presentación, el empaque es fundamental porque permite que el producto mantenga las condiciones adecuadas para su venta, mismas que tienen que ver con información, frescura, niveles de humedad, higiene, salubridad, etcétera. El reto es mantenerlo el mayor tiempo posible con la calidad deseada.

Por otro lado, tiene que ver con el consumo en sí, desde el almacenamiento o la experiencia misma, hasta cómo se abre y come, qué tan cómodo debe ser para sujetar y quién es el potencial consumidor.

Otro ingrediente es la alta variedad. Tomemos como ejemplo el yogur. Para los productores de estos lácteos el mercado se ha vuelto complejo y especializado. Corresponde a una nueva cultura de la salud; esto hace que lancen constantemente productos novedosos que tienen que ver con su sabor, ingredientes y características nutricionales. Incluso modas, como ocurre con la linaza o el nopal. 

Al final, la dualidad empaque–producto debe funcionar en armonía, pues el desatino de uno puede causar el fracaso del otro, pero, sobre todo, puede convertirse en un dolor de cabeza para el departamento de producción, pues exige una gran capacidad de innovación, reacción y flexibilidad.

Los productos deben dominar el arte de la seducción. Pero la seducción debe cumplir la promesa de un buen producto. Al final, el dilema se mantiene: ¿qué es primero, el alimento o el empaque?


El autor es editor general de la revista Manufactura.

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