Competitividad: Eficiencia desigual

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Dino Rozenberg

PERSPECTIVA

Estos días el sector empresarial está, por decirlo en pocas palabras, confuso y urgido de noticias. No se puede negar que, entre muchas noticias que son la comidilla de cada reunión o sobremesa, la controvertida reforma fiscal ocupa el centro de la discusión.

El problema es que, a menos que se esté en alguno de los extremos, la mayoría de los industriales no sabe a qué atenerse. La Contribución Empresarial de Tasa Única (CETU), pieza central de la propuesta de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP), sigue en el centro del debate. Más todavía: Parece que las decisiones se están barajando en las manos equivocadas.

Buena parte del empresariado mexicano apostó a que la administración de Felipe Calderón daría respuesta pronta a las dudas que se sembraron durante la agitada jornada electoral de 2006 y que, así, se espantarían los fantasmas y los enconos. Era la hora de ponerse a trabajar para fortalecer la economía, destrabar las inversiones públicas y privadas, escuchar sobre nuevas obras de infraestructura y abrir oportunidades al empleo productivo. Era lo que se requería para echar a andar la maquinaria y recuperar la competitividad rezagada.

Pero lo que ha hecho noticia en los primeros meses de gobierno no fue lo que se esperaba en las empresas, las cadenas industriales y las cúpulas gremiales. Por razones diversas, el interés ha recaído en el combate al crimen organizado, los dólares incautados en Lomas de Chapultepec y otros asuntos que parecen no llevar a ninguna parte. En los noticieros y mesas de discusión no aparecen los secretarios de Hacienda o Economía, o los altos directivos de bancos y grupos empresariales, sino los procuradores y los policías.

Ahora se sabe que la propuesta del Primer Empleo, con incentivos para la contratación de trabajadores jóvenes, es un fracaso completo. La prometida reforma fiscal, que iba a ser la piedra angular para acelerar el despegue económico está atorada y se ha convertido en rehén de intereses oscuros. Ya hasta empieza a oler feo.

Este escenario, que no parece pasajero, es otro revés para la tan discutida competitividad de la industria nacional, un concepto que todos los expertos definen como la capacidad de un país, una región o una ciudad para atraer y retener inversiones.

Roberto Newell García, director general del Instituto Mexicano para la Competitividad (Imco), explica que aunque se puedan analizar conceptos más complejos, esto se refiere básicamente al clima o ambiente de negocios. “Si es grato, ofrece condiciones favorables de certidumbre, costos y seguridad, ese ambiente atrae negocios e inversiones y va a prosperar. Si por el contrario ofrece incertidumbre, inseguridad y costos elevados, al país o a la región les va a ir mal y su competitividad irá a la baja. Cuando México entró a la economía global se comprometió a crear un clima propicio para atraer estos negocios y, la verdad, en los últimos años hemos hecho un trabajo francamente mediocre.”

El Imco, un instituto independiente dedicado a la investigación económica, considera que esta desafortunada situación se explica por las erráticas políticas públicas que se proponen desde las leyes e incluso la Constitución, pero también en las que son impulsadas, como sabores de moda, en cada gobierno o circunstancia política. Por ello no son tan claras, definidas y sustentables como para crear el entorno de negocios deseado por los inversionistas.

 “A veces nos ponemos de moda, a veces le toca a otros países o regiones –dice el combativo Newell–. En ocasiones perdemos la dirección o el impulso y hay que volver a empezar.”

El problema es que la competitividad, así entendida como un clima de negocios, es independiente de lo que el empresario puede hacer de manera individual en su empresa. Él también está obligado a trabajar en ese entorno. Pero como el flujo de inversión de capital es libre de migrar de una economía a otra, hasta los inversionistas mexicanos pueden decidir que lo mejor es colocar sus recursos en otra parte. A veces lo hacen en busca de nuevos mercados o mayores escalas, a veces para colocar productos o servicios que no tienen oportunidad en el país, a veces simplemente buscando más seguridad o retorno, como lo haría un capitalista extranjero.

Se han festejado las inversiones que realizan en el extranjero Cemex, Bimbo, Telmex, América Móvil, IDEAL, Televisa o Grupo Salinas, por citar algunas firmas notorias, pero no todas responden a los mismos objetivos. Existen empresas manufactureras (cerámica, alimentos, farmacéutica) que maquilan productos en Asia o Estados Unidos (EU) y otras que se han reconvertido a comercializadoras o importadoras. Hay inversiones que simplemente van en busca de un ambiente de negocios más seguro y competitivo que el que encuentran en México. Incluso Petróleos Mexicanos (Pemex) está participando con otros socios internacionales en proyectos petroquímicos fuera del país.

Hay muchos ejemplos para demostrar la debilidad del entorno de negocios. “El aparato jurídico y judicial es tan pobre —apunta el investigador— que un contrato no representa una verdadera obligación porque no hay forma de hacerlo válido o vigente; cualquiera que tenga contactos o mala fe puede pasárselo por alto. Esa incertidumbre aumenta el costo de capital y cualquier inversión será menos rentable que en otro lugar con más certeza. El costo de la seguridad privada o el aprovechamiento ilegal de los recursos naturales, son otros ejemplos evidentes. Es inaceptable que haya incentivos para que unos cuantos se acaben los recursos que son de todos, como los bosques, con lo que se aniquila la industria forestal, la agricultura o el turismo”.

Una opinión que se debe tener en cuenta es la que difundió recientemente el Consejo Ejecutivo de Empresas Globales (CEEG), que agrupa unas 35 firmas de ese tipo que operan en México. Al tiempo que solicita ajustes a la reforma fiscal, propone ampliar la base de contribuyentes y vigilar el gasto gubernamental que este año sumarán 3,000 mdd para dar certidumbre a sus inversiones.

“Los contribuyentes requieren tener la certeza de que los impuestos cumplen con la función de nutrir programas sociales, como salud, educación, vivienda e infraestructura. […] Transparencia en el gasto significa conocer la viabilidad de los programas sociales, su continuidad y su impacto en los grupos beneficiados, lo que genera certidumbre hacia las políticas públicas”, dice el CEEG, que representa, entre otras, a Citi, Procter & Gamble, GE, American Express, Dupont y Pfizer. Pero no es fácil justificar el alto costo de los energéticos, cuando se entregan cuantiosos fondos al sindicato petrolero.

VALOR ESTRATÉGICO DE LAS INVERSIONES
“Una buena parte de la teoría económica dice que las inversiones son el motor más importante del crecimiento económico —explica Newell—. Si no hacemos inversiones para mantener la planta activa, la depreciación se las irá acabando. Si queremos mantener el nivel productivo tenemos que alimentarlo. Y si además se desea crecer, entonces hay que nutrirlo con recursos adicionales. Es muy importante aclarar el concepto de generación de empleos: En términos económicos, nadie genera empleos porque sí, como si fuera un deporte social. Lo que quieren las empresas es generar utilidades y, para eso, se crean los empleos. En otras palabras, los empleos adicionales se justifican buscando un uso eficiente para la inversión. Si queremos un motor para la economía mexicana tenemos que pensar en la inversión.”

El investigador asegura que en este campo no se trata de rendirle pleitesía al dios “capital”, sino reconocer lo que explica la teoría económica. “Si un país o una empresa quieren crecer, tienen que invertir. No hay de otra. Se pueden buscar atajos de corto plazo vía el gasto fiscal o con otros recursos, pero no es la forma de crecer de manera sostenida y tener empleos permanentes. Hay que atraer y retener la inversión, que son conceptos diferentes. México es deficitario en inversiones: Si queremos crecer 6 o 7% anual de manera consistente, se necesitan inversiones en el rango de 30% del Producto Interno Bruto (PIB); ahora no pasamos de 22%”.

Aunque se espere que la Inversión Extranjera Directa (IED) siga ayudando al crecimiento económico, Newell asegura que también hay que retener y encauzar los recursos de los mexicanos, encontrando un lugar atractivo para el ahorro de los trabajadores, los fondos de ahorro y el mercado de capitales. Pero no es cosa sencilla. “La historia de México para retener capitales ha sido trágica —dice el experto—. Lo hicimos tan mal que algunos mexicanos colocan una parte de sus recursos fuera del país como una forma de disminuir la volatilidad de sus portafolios. No es porque ganen más en el extranjero, sino porque creen que su dinero está más seguro.” Que no parezca exageración: A la gente de edad mediana no se le olvidan las crisis inflacionarias, la nacionalización de la banca y la virtual expropiación de las cuentas bancarias denominadas en dólares. Tampoco es sorprendente la inversión inmobiliaria de mexicanos en Miami y otras ciudades de Florida y Texas.

¿QUÉ PUEDEN HACER los EMPRESARIOS?
Mucho se ha dicho sobre el estilo y la personalidad de los empresarios mexicanos: Que son conservadores, que tienen aversión al riesgo, incluso que son demasiado cómodos para enfrentar los retos contemporáneos. Cada semana se oye que algún sector industrial (textilero, mueblero, juguetero, calzado) clama por subsidios o barreras que los protejan de la competencia global y, siempre presentes, las importaciones orientales. Newell no cree que nuestros inversionistas y empresarios sean muy diferentes a sus colegas en el resto del mundo. También hay subsidios agrícolas en Estados Unidos, Europa y Japón.

“Todo hombre de negocios busca rendimientos altos y riesgos mínimos. Todos queremos lo mismo. La diferencia es que la mayoría de las economías bien manejadas le han prometido al empresario que si se arriesga puede prosperar y le cumplen; pero también es cierto que en los negocios se debe aceptar el riesgo simétrico de ganar o perder. En México, en cambio, los compromisos y las reglas del mercado se cumplen a medias. Queremos que todos ganen y un juego asimétrico de esta naturaleza es sólo un espejismo.”

Newell asegura que el resultado de estos “incentivos perversos” es que el rendimiento promedio de las firmas está por debajo del costo de capital, entendido como la tasa de rendimiento que debe obtener para que su valor en el mercado permanezca inalterado.

“Hay evidencia bastante clara de que a las empresas grandes les va mejor y que las medianas libran el costo de capital, pero las pequeñas están literalmente muertas”. Encuestas del Imco confirman que más de 90% de las empresas mexicanas son pequeñas y medianas (PyMEs): No están recuperando ni siquiera el costo de capital y no reúnen los requisitos para sobrevivir en una economía de mercado.

Agrega que se descapitalizan y se rezagan de manera irrefrenable. “Sólo se pueden hacer dos cosas: Seguirlas aliviando para que no les vaya tan mal, o bien, reconocer que en una economía de mercado hay ganadores y perdedores.

En todo caso habría que ser muy cuidadosos para seleccionar aquellas que tiene características para ser exitosas y sobrevivir, que son muy pocas.” En general, estas empresas no tienen destrezas definidas, no tienen escalas, no tienen diferenciadores y carecen de una estructura financiera sólida, que son las condiciones básicas para salir adelante. No son futuros ganadores, sino futuros perdedores. Afirma que el estado sólo ha creado políticas públicas para que estas empresas agonicen por más tiempo. Es lo único que las sostiene. Y dice más: “El empresario tiene que pagar los costos de ser ineficiente. Las empresas más rentables son casi siempre las que invierten en tecnología e innovación, las que capacitan a sus trabajadores, las que van delante de la demanda.” Se puede, pero hay que saber cómo: Casi 80% de las exportaciones mexicanas provienen de unas 500 empresas, y la mayoría son extranjeras. Está claro que para mover la economía y fortalecer las empresas se necesitan más ingenieros y menos obreros que ganen 4,000 pesos mensuales.

Respecto del sector manufacturero, el diagnóstico del Imco es igualmente sombrío: Este sector carece en general de escalas, calidad, destrezas y estructura de financiamiento, y promueve sus productos en un ambiente de alta competencia; para colmo, la tasa de cambio no les es favorable y resulta relativamente barato importar productos de otros países. Estos días, sin ir más lejos, se divulgó en México la predominancia de los productos chinos en mercados como el de las carreolas, los juguetes y los candados de latón, que abastecen una parte considerable de los mercados.

Para Newell, la palabra clave es productividad y se puede medir. “Si le sacamos más provecho a cada dólar invertido, a cada máquina, a cada trabajador, y podemos medirlo en términos de unidades adicionales, la tasa de crecimiento podría ser de 7 a 8% anual compuesto, y no de 2 o 3%, que es un nivel de producción muy bajo. China está creciendo 9% anual compuesto, y no sólo porque tenga mano de obra barata sino porque sus empresas son eficientes en el uso del capital. Ni siquiera diría que es un problema de dinero, porque he visto muchas empresas donde las máquinas, los trabajadores y el capital están subutilizados y sin provecho alguno.”

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