Acciones razonadas

Hay que recuperar el crecimiento e integración de las cadenas productivas "hechas en México";. La política industrial debe ser práctica, no teórica
Carlos Palencia

¿México es un país exportador o una plataforma de ensamble para reexportación? Si la respuesta es afirmativa para la segunda parte de la pregunta, se hace necesario replantear una política industrial-comercial de corte geográfico–sectorial (clusters y competitividades regionales) pero bajo un estrategia nacional “Hecho en México” que favorezca la integración de cadenas productivas en nuestra economía y también con los países con los que tenemos tratados comerciales.
Bajo esa visión, deberá orientarse cualquier esfuerzo público o mixto -como la reciente iniciativa de lanzar ProMéxico- para aprovechar nichos de mercado, aumentar la inversión productiva de origen extranjero y, por supuesto, impulsar la internacionalización de las empresas nacionales sea directamente como exportadoras o indirectamente como proveedoras de estas.

Bajo ese sentido de (in)competitividad, pero también de dependencia de insumos extranjeros, debemos eliminar la idea de que nuestras exportaciones reaccionan en automático al equilibrio macroeconómico (reducida inflación y estabilidad en el tipo de cambio) o por mantener regímenes fiscales especiales o por tener una menor calificación riesgo-país. La orientación económica, la política pública, deben involucrar a los sectores agrícola, industrial y de servicios que en conjunto e interactuando estimulen la oferta de productos y servicios tanto para el mercado nacional como para la exportación.

Lo correcto es recuperar el crecimiento conciliando reformas estructurales y no mediante peligrosos estímulos artificiales, pues aunque el mayor gasto público puede ayudar a corto plazo, a mediano genera inflación, devaluación y disminución de los salarios reales. Luego entonces la única forma de fomentar el crecimiento económico y empleos es mediante la inversión productiva.

Invertir es prioritario. La inversión fija bruta, es decir, la que se hace en bienes de capital, es la base del desempeño del sector industrial, por lo que si no se realiza no podrá responderse al eventual crecimiento en los pedidos realizados desde el exterior y, de no hacerlo, otro país cubrirá nuestros nichos de mercado.

Esto implica nuevas fuentes de inversión, un mejor uso del gasto público, un adecuado entorno regulador y un gobierno dispuesto a enfocar sus esfuerzos y los de la sociedad hacia la reactivación económica. Ninguna de estas cosas es nueva ni particularmente innovadora, como tampoco es nuevo que el desarrollo económico de una sociedad requiere de constancia y claridad de rumbo, más que grandes cambios o ideas novedosas cada sexenio o cada legislatura.

Un sinnúmero de ejemplos ilustra cómo el país pierde oportunidades en los más diversos sectores debido a incertidumbres como el abasto eléctrico o petroquímico. Además de atraer inversión directa para el desarrollo en cada una de estas actividades, su apertura permitiría a México atraer capitales y generar oportunidades para compañías mexicanas en todas las regiones del país y su impacto en  el desarrollo de infraestructura, educación, construcción y servicios en general.

La política industrial, de existir, deberá ser práctica, no teórica. China lo ha demostrado: competir sin una diferenciación de procesos y productos  no es coherente con una política de crecimiento a mediano y largo plazos, pues siempre habrá algún país o alguna empresa que esté dispuesta a realizar lo mismo pero a menor precio. Bajo esa óptica una manera sencilla, pero efectiva, de hacer frente a la competencia china o de cualquier otra, es evaluar detalladamente la amenaza real que ese competidor representa para el sector en que opera y, a partir de ahí, construir ventajas competitivas que permanezcan a largo plazo. 

La evaluación debe centrarse en el tipo de productos, la diferencia de costos, la estructura de la competencia y el acceso a mercados para derivar en la creación de mayor valor agregado, la integración de cadenas de suministro y el posicionamiento de marcas.

Ahora bien, pese a la importancia de una política industrial surge la pregunta: ¿Por qué se continúa importando gran cantidad de insumos requeridos por la empresa exportadora? Quizás porque el productor nacional no tiene arraigada la filosofía de la calidad, de la entrega a tiempo y de la competitividad en precios. El uso de insumos es otro desafío. Aunque los componentes nacionales han avanzado en su incorporación a productos finales de exportación, existen regiones, sectores y empresas en los que la integración va de 15 a 80%, como los casos de la industria electrónica en la zona occidente del territorio nacional  o de firmas fabricantes de equipo médico en Reynosa, Tamps. o de autopartes en Nuevo León.

No obstante, mucho se ha cuestionado sobre la conveniencia de impulsar el modelo exportador o, por el contrario, proteger al productor nacional. Personalmente creo que ese debate podría ser salvada si vemos a la proveeduría nacional como el fino hilo que une ambas esferas de negocios. El desarrollo de proveedores, por tanto, podrá ser parte de la estrategia industrial que permita el desarrollo regional, la consolidación de clusters y el detonador de competencias regionales siempre y cuando se haga mediante un esquema que permita paulatina, escalonada y selectivamente substituir importaciones.

Sin embargo, ese esquema siempre deberá ser considerado bajo la óptica de negocios ganar-ganar, definida directamente entre comprador y proveedor, y no como se ha pretendido -por décadas- mediante decretos e iniciativas gubernamentales que obliguen a las exportadoras a adquirir insumos a los productores nacionales (como en el caso de azúcar, acero y textiles). El mercado de más de 80,000 mdd que anualmente son comprados por las IMMEX en el extranjero. Sólo falta que el productor nacional se sacuda la pasividad y toque a su puerta. 

Aunque con estabilidad macroeconómica e independientemente de que existiera una política industrial, la empresa debe enfocarse al diseño y lanzamiento  de nuevos productos, a la producción eficiente, a la logística para asegurar bajos inventarios y a la distribución “justo a tiempo”. Sin embargo, un reto ajeno al productor es la carencia de infraestructura consistente con la dinámica económica y exportadora, reflejo de esquemas monopólicos o cuasi monopólicos no pocas veces ineficientes. Otro reto se refiere a que la apertura comercial ha agudizado la competencia: Prácticamente se han implementado los tratados firmados por México y los productos ingresan a nuestro territorio libres de aranceles.

Pero no sólo eso, en términos de industria un desafío adicional consiste en que nuestro principal destino de exportaciones no crece a las tasas de los años 90 y, en el corto plazo, no hay posibilidad de que lo haga. Estados Unidos (EU) cuenta con capacidad instalada, con importante deuda privada y además con la jubilación de los llamados baby boomers que se reflejará en un menor dinamismo del consumo. Sin embargo, lo anterior no debe entenderse como que nuestro vecino no crecerá, sólo que lo hará con menor ritmo.

Pero aunado a lo anterior, hay reformas nacionales vinculadas al sector industrial que son imprescindible atender:
•    Reforma Educativa: Vinculación de la mano de obra con la calidad y el perfil que demanda un sector productivo en constante evolución; la capacitación dual -tipo alemana- es una opción que debe ser considerada por la autoridad.
•    Reforma Energética: Orientada a proveerle a las empresas insumos energéticos a precios internacionalmente competitivos para fortalecer e impulsar su crecimiento; las horas pico, por ejemplo, no permiten precios dentro de los parámetros de competitividad.
•    Reforma Laboral: Es oportuno considerar flexibilidad en horarios, jornadas y plazos de contratación, para que la industria reaccione oportunamente a los cambios en la demanda.
•    Reforma Financiera: Orientada a la canalización de crédito oportuno y a tasas competitivas para financiar el desarrollo propio de las empresas o de sus proveedores.
•    Reforma Fiscal: Más que brindar el marco adecuado para estimular la inversión y el ahorro privado manteniendo el equilibrio fiscal, debe dar certidumbre sin cambios anuales para permitirle a las empresas un mejor horizonte de planeación.

¿Cuál debe ser la estrategia a seguir por México? Para dar respuesta, aunque parcialmente, han de considerarse los fundamentos o bases económicas, pues cualquier proceso de desarrollo debe renovarse con el fin de que las industrias se desempeñen en un ambiente competitivo y certeza jurídica. En ese sentido, los siguientes fundamentos son revisables al menos bajo la óptica de las tres regiones mencionadas anteriormente:
•    Infraestructura
•    Trabajo y educación
•    Logística
•    Costos de financiamiento
•    Inflación y riesgo cambiario
•    Ambiente regulador

Un mejor esquema competitividad-país, reflejo de una visión industrial de largo plazo puede resultar de cambios en el marco regulatorio que no dependen de modificaciones legislativas, pues no se clasifican como reformas estructurales. A continuación algunos de esos aspectos aplicables a la industria en general, a la industria de exportación y a las pequeñas y medianas empresas.

Ahora bien, cualquier política industrial que quiera implementarse ha de considerar la generación de mayor valor agregado en el bien o servicio final, pues no será posible seguir compitiendo basados en bajos precios a consecuencia de procesos intensivos en mano de obra.

La activación de mercado interno no requiere de consejos de desarrollo económico y social, ni de gasto burocrático e improductivo, sino de reformas y desregulación que converjan para activar el desarrollo interno tal y como de una u otra forma ocurrió con el sector exportador. Concebir una política industrial requiere de la existencia de polos de atracción tanto físicos como conceptuales, es decir, factores que acerquen la inversión y den garantías de permanencia y de seguridad jurídica a los inversionistas. Por lo que toca al componente material, la atracción la generaría el conjunto de reformas orientado a liberar recursos y abrir oportunidades en sectores y actividades que hoy son tabú.

Si bien a lo largo de los 14 años México hizo importantes avances para diversificar mercados sin dejar de lado al norteamericano, en la actualidad como país no se concibe una política industrial que mantenga una ventaja competitiva frente a sus competidores. La respuesta de la industria ante un panorama difícil ha de fundamentarse en la única herramienta de competitividad: Productividad.

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