Cómo ahorrar en medio de la crisis

La mejor manera de ahorrar no es renunciar a todos los gastos frívolos, sino a las cosas costosas; grandes ahorros se logran cambiando quizá de código postal o renunciando a un retiro temprano.
Ahorro  (Foto: Archivo)
Pat Regnier

En algún momento del otoño pasado, mi esposa y yo comenzamos a tener apremiantes conversaciones acerca de ahorrar más dinero. No era divertido. Un día típico se desarrollaba así: Trabajo. Alimentar niños. Acostar niños. Limpiar desorden de niños. Revisar estados de cuenta y cobros. Estresarse. Culparse uno al otro (en ocasiones). Dormir. Se repite el ciclo.

Muchas familias han hecho lo mismo. De acuerdo con una encuesta realizada en diciembre por el Centro de Investigación Pew, 85% de los estadounidenses redujeron recientemente sus gastos personales. La mayoría de esas personas no experimentaron problemas financieros inmediatos. Como nosotros, sólo leían los titulares.

Nuestro intento de ahorrar más involucraba hacer cambios en nuestros gastos cotidianos. Las compras impulsivas de electrodomésticos y ropa nueva se detuvieron, y nos apegamos a una lista cada vez que vamos al supermercado. Mi almuerzo consta de mantequilla de cacahuate y gelatina. Pero nuestra cuenta de ahorros sólo ha aumentado en un total de 75 dólares.

No son las cosas pequeñas

¿Qué pasó? Una elevada matrícula del kinder privado de nuestra hija, eso pasó. La experiencia trajo a casa una observación de la consejera financiera de Chicago, Mary Claire Allvine: Son las cosas grandes las que en realidad cuentan.

Si tienes un ingreso decente, cambiar tu marca de café o ser la última persona de la colonia en comprar un iPod, no van a llevarte muy lejos. Para hacer una verdadera diferencia, tendrás que eliminar un artículo de mayor tamaño. La escuela privada. La casa con la gran dirección. El que uno de los padres se quede en casa con los niños. O tal vez el plan de retiro prematuro. Éstos no son despilfarros frívolos. Los adultos responsables pueden escoger entre ellos. Es sólo que la mayoría de nosotros no podemos escogerlos todos.

Ha habido muchas preocupaciones acerca del evidente exceso de consumo de los 90 y principios del 2000. Mucha gente siente que somos castigados por haber comprado todas esas televisiones de pantalla plana. Tal vez podríamos apaciguar a los enojados dioses del dinero con una hoguera de bolsas Prada excedentes.

Pero adivinen qué. La mayoría de los estadounidenses no eran en realidad inusualmente auto indulgentes. En la cúspide del boom, Elizabeth Warren, una experta en bancarrota y deuda del consumidor de la escuela de derecho de Harvard, hizo muchos cálculos. En el 2005 las familias de ingreso medio gastaban una mucho menor porción de su salario en ropa, electrodomésticos y comida -aun si incluimos las comidas en restaurantes- que las familias de 1972. Si parece que tus closets se han llenado de chucherías es en parte porque esas cosas se abarataron en relación con los ingresos. Donde la carga en realidad aumentó fue en los grandes gastos fijos, que incluyen hipotecas, cuidado médico, guarderías y colegiaturas.

Esto no es una prueba

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No hay duda de que la economía estadounidense estuvo desbalanceada durante la última década. Y sí, muchos de nosotros perdimos la perspectiva del valor de la vivienda. Pero la vasta mayoría de la gente que conozco, lo que incluye a personas que conocí cuando llevaba a cabo el reportaje acerca de la burbuja inmobiliaria en el sur de California, no perseguía nada más que lo que mis padres intentaron obtener para su familia en los 70s: una casa segura, una buena educación, un futuro. Nuestro carácter nacional no se ha deteriorado desde aquel tiempo, aunque los estándares de préstamo sí.

Entonces, no nos dejemos atrapar por la idea de que debemos expiar el pecado colectivo de los gastos frívolos. En esta crisis económica, esa forma de pensar podría llevarnos a  pésimas políticas. Uno de los argumentos comunes contra el estímulo fiscal es que, ya que los gastos excesivos nos empujaron a este desastre, la verdadera cura para todos, incluyendo al gobierno, es comenzar de nuevo a equilibrar nuestras cuentas. Es cierto que las familias deben actuar de forma responsable -los Regniers dejarán la escuela privada el próximo año. Pero la lección económica de la Gran Depresión es que, en tiempos de desesperación, la austeridad fiscal de los gobiernos sólo empeora las cosas. Este es un momento para la acción, no para señalar culpables.

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