¡Adiós a las grandes oficinas!

En el mercado de los negocios en DF, Guadalajara y Monterrey las oficinas son cada vez más pequ a diferencia de antaño, ahora tener una oficina grande y lujosa revela poca eficiencia.
El despacho de Jorge Vergara, presidente de Omnilife. (Mauri  (Foto: )
Alejandra Leglisse Castrejón

La oficina del director, esa imponente oficina a la que muchos ambicionan y otros temen siquiera entrar, es una especie en extinción en el mundo corporativo. Su agonía comenzó en los años 90, cuando una mayor rentabilidad arrasó su hábitat. Y aunque todavía quedan algunos directores que hacen esfuerzos por preservarla, es cuestión de tiempo para que sea sólo una referencia histórica, dicen expertos del sector inmobiliario.

A diferencia de antaño, ahora tener una oficina grande y lujosa revela poca eficiencia, porque no hacen falta grandes espacios para ser productivos, afirma Víctor Lachica, presidente de Cushman & Wakefield México, una importante desarrolladora inmobiliaria internacional. “En los corporativos, entre menos espacio se ocupe más eficiente se es, sin importar la jerarquía”, asegura.

Claro, esta idea no ha conquistado todos los rincones. Después de todo, durante mucho tiempo se ha asociado el tamaño de la oficina con la jerarquía. Hace 20 años, los despachos de los directores eran tan grandes como la casa que ahora habita una familia: tenían estancia, donde cabían cómodamente cinco personas; baño con regadera, sala de juntas hasta para 10 personas y, por supuesto, espacio para libreros y un gran escritorio.

Las más grandes medían hasta 100 m2, aunque lo normal eran espacios de unos 40 m2, recuerda Lorena Fuertes, vicepresidenta ejecutiva de Jones Lang LaSalle, una de las desarrolladoras inmobiliarias líderes a nivel mundial. Algunos dueños de empresas todavía tienen espacios con esas dimensiones, pero, paradójicamente, en el creciente mercado de los nuevos centros de negocios en la Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara, las oficinas son cada vez más pequeñas.

En los últimos 10 años, los espacios para los jefes se han reducido entre 15 y 20 m2. “Ahora la oficina del director mide entre 20 y 25 m2 en promedio”, explica Fuertes.

Y es que ya no son ellos quienes deciden cómo repartir el espacio sino los desarrolladores inmobiliarios, arquitectos, muebleros y especialistas en Recursos Humanos, quienes, de acuerdo con el giro del negocio, determinan el área que cada empleado necesita. Los operadores de un call center son, a ojos de todos ellos, quienes requieren menos espacio. A ellos les asignan 2 m2.

Los buenos tiempos
Hasta los años 80, era tan difícil y caro el financiamiento bancario que los hombres de negocios preferían construir bajo el régimen de propiedad en condominio y compartir el edificio con otros.

Además convertían sus oficinas en una extensión de sus casas. “No dudaban en cumplir todos sus caprichos”, cuenta Lachica, de Cushman & Wakefield México: “Si querían tapizar las paredes con maderas preciosas, no lo pensaban dos veces”. En ese tiempo era común escuchar a otros decir que había empresarios ricos con empresas pobres, cuenta.

Lorena Fuertes tiene grabado cómo era el protocolo para llegar a la oficina de un empresario: primero la recepción, después la secretaria, luego una edecán y por último, un mesero que la llevó a la sala en el interior de la oficina y le ofreció una bebida para refrescarse mientras esperaba.

La Nueva era
Todo este culto al estatus comenzó a cambiar tras la firma del Tratado de Libre Comercio con América del Norte, que trajo al país una oleada de multinacionales, que buscaban la mayor rentabilidad y, por lo tanto, querían optimizar al máximo los espacios de sus corporativos. Además, muchas empresas que entraron a la Bolsa Mexicana de Valores enfrentaron la exigencia de sus inversionistas de justificar cada centavo. Fue el caso de Grupo Bimbo y de Consorcio Ara.

La llegada de los grandes desarrolladores inmobiliarios dio otro giro al mundo corporativo, al poner en renta edificios para oficinas y darles así libertad para reubicarse en espacios que satisficieran sus necesidades.

“A principios de los 90, los edificios calificados como clase A podían llegar a cotizar hasta 60 dólares por m2 rentable por mes (en Santa Fe y Reforma, por ejemplo), más el cajón de estacionamiento que en algunas ocasiones se llegó a cotizar en hasta 180 dólares por mes”, cuenta Lorena Fuertes, de Jones Lang LaSalle. En la actualidad vale 25 dólares, en promedio. Pero acondicionar ese espacio –sin contar equipo y mobiliario– cuesta entre 550 y 700 dólares por m2. Por esto, optimizar los espacios se convirtió en cuestión fundamental. Las empresas iniciaron una metamorfosis larga y muchas veces dolorosa.

Rocío Salomón dirige el despacho Essmed Arquitectura, y fue testigo de estos cambios. Ella fue la responsable de los cambios en Bancomer, que en 1981 trasladó sus oficinas centrales del Centro Histórico a Coyoacán.

El cambio parecía sencillo pero llevarlo a cabo les tomó cuatro años y convirtió a Rocío Salomón, una profesional en  mobiliario para oficinas, en consultora y terapeuta. “Los directores de Bancomer estaban acostumbrados a que mientras más jerarquía tenían, más grande era la oficina. En las viejas oficinas del banco te llegabas a encontrar despachos de 100 y hasta 150 m2”, relata.

Cambiar duele
Los directores, muchos de entre 50 y 70 años, entraron en shock con el cambio. “Hablar con ellos fue lo más complicado; se enojaban y se resistían a reducir sus espacios. Tuvimos que ceder y hacer pequeñas concesiones: cambiar baños por salas de juntas (y poco a poco), irles quitando metro a metro”, recuerda la directora de Essmed Arquitectura. “A unos les dejábamos un baño privado pero les reducíamos los espacios”. La transformación implica más que quitar unos muebles y poner otros. Hay otras barreras, organizacionales, culturales y generacionales. Cambiar un escritorio de madera fina por una estación de trabajo o un muro por una mampara es una ‘batalla a muerte’, dice Salomón.

Los espacios en las oficinas de Bancomer han sufrido tantos cambios como la empresa misma. Cuando la nacionalización de la banca, en los 80, en el corporativo de Coyoacán tuvieron que alojar a casi 8,000 empleados en un espacio para 5,000. La fusión años después con Banca Promex y BBVA aumentó además la base de directores, que han aprendido a trabajar en espacios de hasta 4 m2 –o de 20 m2, cuando mucho–.

Los rascacielos que ahora componen el paisaje urbano de la Ciudad de México y Monterrey nacieron en la década de los 90, cuando los edificios corporativos eran un concepto importado de las trasnacionales.

Hoy en día son un mercado consolidado y en crecimiento; los precios han aumentado entre 15 y 20% en los últimos dos años porque un creciente número de compañías ha optado por reubicarse ahí, indica un estudio de Cushman.

El año pasado, Merck se instaló en 7,200 m2 en el Corporativo San Ángel en la Ciudad de México; DHL ya trabaja en 5,000 m2 de Santa Fe y Cadbury Adams, en 6,400 m2 en Intelicorp, informa el estudio. Los corporativos que mueven la economía mexicana operan desde edificios corporativos, plantea Lachica.

Santa Fe inició el auge del mercado corporativo pero, sobre todo, definió una nueva forma de hacer negocios, dicen los observadores. De 1990 a 1994 hubo una oleada de trasnacionales abriendo oficinas, imponiendo sus estándares en espacios, muebles y cultura organizacional.

Hay remansos
Sin embargo, eso ocurre sobre todo en la capital y en Monterrey. En el resto del país, donde los edificios corporativos no son comunes todavía, conservan los despachos espaciosos.“Es un mercado poco sofisticado y pequeño, en el que las empresas ocupan pocos m2 por lo que un metro más o uno menos, no pintan”, dice Lachica. Por ejemplo, en Guadalajara prefieren rentar casas y adaptarlas para oficinas. “No tienen la cultura de trabajar en corporativos”, dice Fuertes. En cambio, Monterrey se ha convertido en la segunda ciudad más importante del país para el mercado corporativo porque un número considerable de empresas ha optado por vigilar el uso de cada peso y cada m2.

Entre ellas: Cemex, en Corporativo Fundadores (6,789 m2), INMB Esencial está en el edificio GE Capital (5,142 m2), Grupo Landas (2,000 m2) en Vasconcelos, y HSBC, que trabaja en Plaza Empresarial Monterrey, en 1,850 m2.

Todos parejos
La ‘democratización’ de los espacios de trabajo de los directivos, como la llaman algunos, es atribuible a las trasnacionales, pero también es resultado de un relevo generacional, opina Alberto Mondelli, director de Capital Humano para América Latina de Mercer. “En los años 80, la mayoría de los directores tenía entre 50 y 70 años, a partir de los 90, la edad (rango) es de 40 a 60 años”.

Un director mayor de 40 años preferirá muebles grandes y acabados de madera, dice. Germán Ahumada Russek, presidente de Consorcio Ara, una de las desarrolladoras de vivienda económica más importantes del país, tiene una estancia con muebles grandes de madera y baño privado, en un espacio de aproximadamente 40 m2.

Por el contrario, un empresario de entre 30 y 40 años prefiere una oficina minimalista con transparencias y espacios abiertos, como la agencia de publicidad Colectivo. No tiene oficinas, ni privados, sólo estaciones de trabajo en un área rectangular con acabados industriales.

“Quería una oficina sin divisiones ni muebles llamativos, un espacio amigable para que la gente conviva, porque, a fin de cuentas, somos una gran familia. Además, así controlas mejor a tu gente porque puedes ver lo que están haciendo”, dice Horacio Rico, quien dirige la empresa. Aunque admite que eso tiene sus desventajas,“no tienes privacidad”.

En la agencia de publicidad Terán eliminaron los muros, para que la ‘máquina de ideas’ fuera una gran estancia democrática y abierta. El diseño original se alteró sólo un poco: el volumen de la voz del dueño los hizo alzar paredes de cristal alrededor de su compacta oficina.

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