¡A construir tu propia casa!

El momento de hacerse de un nido propio puede debatirse entre comprarlo hecho o crearlo; conoce los sacrificios y las ventajas de construir tu propio espacio habitacional.
La tecnología al servicio de la salud. (Archivo)

Después del matrimonio o con la llegada del primer hijo ¿cuántos de nosotros no nos hemos encontrado ante la alternativa existencial de comprar un terreno y construir o adquirir una casa nueva o para remodelar, o hacerse de un departamento en donde habitar?

Hoy, el mercado inmobiliario nos ofrece tantas posibilidades, tantos planes que suenan tan atractivos, que pareciera absurdo, a inicios de siglo XXI, osar siquiera pensar en construir la propia casa.

Pese a todo, nosotros decidimos hacerlo, después de considerar esto:
Primordialmente, las casas construidas en serie adolecen de algo: no fueron hechas o pensadas para quienes van a habitarlas. Parece increíble que alguien pague las sumas que se piden por este tipo de casas (en todo el espectro de ofertas) y no tener la oportunidad de opinar o participar en el programa del proyecto. Además, en el nombre de la seguridad, estas viviendas se encuentran encerradas en especies de guetos, una pegada a la otra, todas iguales, en una comunidad que más pretende ser una vecindad de lujo que lugares exclusivos para habitar.

Otro de los problemas que presentan estas casas ya construidas es que no responden a criterios de calidad, sino de margen y rentabilidad. Quien construye este tipo de desarrollos buscará, a toda costa, disminuir sus costos, aprovechándose del ojo no entrenado de los clientes, que se percatan ya muy tarde de la dudosa calidad de los acabados.

Es verdad que, en lo que respecta a lo visible, existen las casas o los departamentos que se ofrecen con cocinas italianas muy atractivas, pero no podrán saber nunca acerca de lo no visible, por ejemplo de la calidad de las canalizaciones y el cableado de la instalación eléctrica, y menos saber si ésta se encuentra balanceada eficientemente. Más tarde, cuando prendan su horno de microondas y las lámparas de la casa o del departamento se dañen, caerán en la cuenta de cuáles fueron los elementos en los que el constructor ahorró dinero. Observen y verán que la cancelería usada es, por lo regular, de muy baja calidad, y los vidrios rara vez son templados, mucho menos dobles para aislar del frío y el calor.

He conocido ya un par de departamentos –uno lujoso en Polanco y otro de interés social en la Pensil– que en los últimos dos años han sufrido explosiones por fugas de gas a los pocos meses de haber sido puestos en funcionamiento.

En lo que respecta al departamento, éste es un espacio que comprime permanentemente al individuo, lo encierra y la única certeza que tiene su habitante es la de compartir muros y sonidos, arriba y abajo. Nunca ha sido –a mi entender– un lugar en donde el espíritu humano se enaltezca. El ser humano queda supeditado a un escaso movimiento dentro del mismo espacio, y es casi imposible pensar en deambular por el lugar, o hasta imaginar fugarse. Son espacios intrínsecamente urbanos. Desde donde se esté, desde donde se observe, la ciudad estará ahí. Es casi imposible encontrarse con un muro protector o con un jardín que permita alzar la vista franca al cielo. Y eso es terrible, es un encierro que se arrastra en nuestra psique y nos convierte a la larga en personas menos serenas, mucho menos alegres.

Existen pocos departamentos en esta ciudad que gozan de una ubicación privilegiada, esto es: frente a un parque. Son cada vez los menos, pero permiten al habitante la posibilidad de fugarse y relajarse al poder bajar y caminar, o ver las copas de los árboles a través de sus ventanas.

Haciendo un paralelismo con la ansiedad en esta época que tiene el individuo de exponerse a través de reality shows, los apartamentos contemporáneos son vitrinas que exponen a sus habitantes, son espacios que carecen de una propuesta introspectiva para quienes los habitan. Son cajas de cristal que fragilizan la espiritualidad del ser humano. Son tan incoherentes, que en la mayoría del tiempo, sus persianas o cortinas se encuentran cerradas impidiendo el paso del sol y la luz. Entonces, ¿para qué se diseñaron tales ventanales?

Peor: en caso de tener niños, éstos se verán –dentro de tales espacios– forzosamente alienados por un mundo tecnológico que les resolverá sus necesidades infantiles de fuga, ya no pensemos de imaginación. Imposible pensar en ‘salir a jugar’, andar en bicicleta, ir a la tiendita (ya ni existen, creo), subirse a un árbol, romperse un brazo, quemar calorías. Jugar, pues.

Por lo tanto, todas estas soluciones que se nos plantean como la más inteligente de nuestras decisiones, son en realidad trampas urbanas que nos encaminan a ser una sociedad cada vez menos comunitaria, cada vez más individualista.


Comprar el nido

Biológicamente hablando, lo natural para las distintas especies que habitan este planeta es construir su nido, ¡no comprarlo ya hecho! Claro, para la tarea de construir se requiere poseer la enjundia necesaria y –desafortunadamente– esta idea rompe con la tendencia del mínimo esfuerzo que invade nuestros días.

Construir una casa implica un reto consigo mismo y, por principio de cuentas, pone a prueba cualquier relación de pareja, ya que se entra en un concurso de decisiones que harán aflorar gustos que hasta la fecha podrían parecer insospechados en ambos. Pero el esfuerzo bien vale la pena.

Dicen que infancia es destino. Brindarle a nuestros hijos la posibilidad de crecer en espacios inteligentemente diseñados para las necesidades de ellos y de la familia los llevará más tarde, en su edad adulta, a no conformarse con cualquier tipo de hábitat y plantearse retos tan importantes o mayores que éste.

Manos a la obra

Ahora, construir una casa puede ser una experiencia gratificante o de plano desastrosa, y esto dependerá de qué camino sigamos para su consecución. Veamos.

El camino que la mayoría de la gente toma pasa por menospreciar la importancia de la selección del arquitecto. Creer que la arquitectura es un factor menor o sin importancia en este proceso es un gravísimo error. Y, por lo tanto, en este camino se busca al primer arquitecto o ingeniero –cercano o familiar– que se encuentre.

Debemos saber, con todo respeto para los arquitectos, que no todos son buenos. Basta voltear a nuestro alrededor para darnos cuenta del desastre estético en el que nos han metido. Así que no crea que por seleccionar al primer arquitecto que se apareció ha dado usted correctamente el primer paso de este proceso.

En este tipo de solución, el arquitecto les propondrá que les regala benevolente el proyecto, pero a condición de que él se encargue de la construcción. Parece efectivamente una gran oportunidad a tomar inmediatamente, sobre todo a sabiendas de que se considera al proyecto arquitectónico como un obstáculo incómodo a franquear lo más pronto posible. Lo que se quiere es construir ya. Y en las personas que escogen este camino, existe la sincera creencia de que ellos son mejores que cualquier arquitecto, que podrán guiar el diseño de la casa una vez comenzada la construcción, ya que para eso poseen orgullosos un altero de libros de arquitectura, como por ejemplo la colección de Arquitectos Mexicanos I, II, III y IV.

No lo haga. No acepte esa propuesta. Que no le regalen el proyecto arquitectónico. Esta oferta es tan absurda como si, por ejemplo, un pintor le regalara presuroso un cuadro de su creación, pero con la condición de que él se encargue del proceso del enmarcado y para ello le exige un adelanto. Como que hay gato encerrado.

Cuidado. El esquema del arquitecto constructor puede convertirse en un barril sin fondo de sus fondos. En un escenario así –por lo regular– la obra se alarga angustiosamente. Con el paso del tiempo, dada la lentitud del avance, es muy probable que la relación con el arquitecto se descomponga a tal grado que deba romperse con él. Y pues a continuar uno mismo el resto de la obra, con los consabidos dolores de cabeza por tener que lidiar con albañiles, y todo tipo de proveedores de la construcción a los cuales no está uno acostumbrado. Como puede intuirse, en este camino será casi imposible presupuestar acertadamente el costo total de la obra.

Buena experiencia
Entonces, ¿cómo hacer de la construcción una experiencia positiva?

Para empezar el proyecto arquitectónico, defina el número de cuartos que quiera que tenga su casa. Compare los espacios en casa de amigos, establezca si un cuarto de 16 metros cuadrados (4x4) es suficiente como cuarto para una persona o dos, plantee el metraje para la cocina (no el diseño, el espacio), así hasta abarcar todas sus necesidades y obtener un programa que le arroje la cantidad básica o mínima de metros cuadrados de construcción en donde se sentiría confortable. Ya con el programa esbozado, un despacho de arquitectura podrá hacerle una cotización del proyecto arquitectónico (no de la construcción en sí).

Es fundamental aquí que dediquemos el tiempo necesario para seleccionar al arquitecto que diseñará nuestra casa, ya que viviremos en ella tal vez el resto de nuestras vidas, o al menos un buen número de años. Yo los invitaría a buscar a los mejores arquitectos de México. Hagan una selección de aquellos con cuya obra se sientan más atraídos, y contáctelos. Es verdad que muchos podrán pensar que contactar a los Top 10 es sólo para gente que se encuentra en las ligas mayores. Bueno, sí, pero un despacho de arquitectura que se digne de serlo está a la espera también de retos –de todo tipo– en donde demuestren que bien pueden hacer un edificio de 30 pisos en la Alameda, como un rancho en Valle de Bravo, pero igual de complejo y apasionante poder hacer una joya de 150 metros cuadrados con un presupuesto acotado.

Pidan la autorización en esos despachos para conocer físicamente algunas de sus obras, y platiquen con sus habitantes. Comparen la calidad de los espacios (no del diseño de interiores).

Un proyecto residencial realizado con un despacho de renombre tiene un costo que en un primer tiempo puede parecer elevado –comparándolo con las ofertas terrenas de ‘regalo’ del proyecto– pero, a la larga, peso por peso, lo erogado para el proyecto reditúa con creces. Primero, porque la pareja, al destinar una buena suma para el proyecto arquitectónico, sabrá que está invirtiendo en una obra de arte antes que nada, y, por lo tanto, la disciplina de no intervenir o alterar el proyecto en plena construcción será una consigna mucho más natural. A nadie se le ocurriría, al comprar una mixografía de Tamayo, pintarle un pescadito rojo a la composición una vez colgado el cuadro en la sala. Segundo, porque un despacho de este calibre tiene tanto cuidado y profesionalismo, que aportará un número importante de planos con el mayor de los detalles posibles para la precisa construcción de la casa. Esto se traducirá en un conjunto de archivos digitales, que permiten solicitar de manera organizada diversas cotizaciones: desde los estudios de ingeniería civil, hidráulica, eléctrica, hasta el diseño de la cocina, la instalación de audio y video, la cancelería, red de voz y datos, circuito cerrado de televisión, alarmas, etc. Todo lo anterior se oye tal vez exagerado o fuera de su óptica, pero cuando se hace de manera planeada –y durante la construcción– la inserción de estos rubros se diluye fácilmente entre todos los trabajos que se están efectuando ya. Lo caro es cuando todo este tipo de instalaciones se agregan de manera no prevista a una casa ya terminada.

Si no optan por un despacho, consideren al menos a un arquitecto cuya obra puedan visitar, donde sus espacios les atraigan en términos espirituales y funcionales, y que él esté de acuerdo en realizar primero exclusivamente el proyecto arquitectónico.

Una vez con el proyecto en mano, yo sugiero que ponga a concurso su casa con dos o tres compañías constructoras. Una empresa de construcción estará interesada –por contrato– en terminar en los tiempos ofrecidos y bueno, a eso se dedica. Escoja el mejor equilibrio entre seriedad, formalidad, experiencia, precio y amplia garantía de supervisión permanente de la obra. Al término de ésta podrá apreciar que, habitualmente, este método resulta –por sorprendente que parezca– menos caro que el inicialmente referido.

Aunque, claro, no existen fórmulas mágicas, considero que esta manera de atacar el reto de construir su propia casa le permitirá transitar de una manera más fluida y en control de la situación.

Mi casa, tu casa
Somos una sociedad que abandona alarmantemente la vida comunitaria, que nos encerramos cada vez más en nosotros mismos. Sin percatarnos, dejamos de soñar. Poco a poco desaparece la idea dignificante de poseer una vivienda en este nuevo concepto urbano de inicio de siglo.

A nadie parece preocupar que la casa mexicana que fue cobijo familiar, que está en el origen de nuestra reconocida hospitalidad: “Mi casa es tu casa”, hoy se encuentra en vías de desaparición. Habría también que analizar si este fenómeno es resultado de una verdadera falta de espacios para construir o de una indiscriminada voracidad mercantil.

Es tiempo de recuperar la urgencia estética por vivir en espacios amables, de hacer el esfuerzo por construir un lugar con identidad. La colección de estas intenciones se traducirá, en un futuro, en la definición del nuevo barrio, para así obtener un mexicano más digno y sereno, más en paz consigo mismo y su entorno.

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