El confesor de Bill Clinton 'desnuda' al ex presidente

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PARÍS (Reuters) -

En 1994, el servicio secreto estadounidense descubrió a Boris Yeltsin en Washington, "solo, completamente borracho, en camiseta y calzoncillos, pidiendo a gritos un taxi", según una de las confesiones del ex presidente de EU al periodista Taylor Branch, autor de "Las grabaciones de Bill Clinton".

El escritor y premio Pulizter acaba de aterrizar en París, donde este lunes presenta a los medios europeos el voluminoso tomo en el que ha sintetizado 79 entrevistas que registró entre 1993 y 2001, durante los dos mandatos de Clinton, y que componen un retrato como presidente y como padre de familia.

Al difunto presidente de Rusia "le gustaba poner nota a todas las jóvenes reporteras que tenía delante, ver cuál era más guapa", dijo Branch en entrevista para explicar la célebre carcajada de Clinton en 1996, compareciendo en Francia ante la prensa junto a un impertérrito Yeltsin.

Ambos trazaron una relación cercana, más allá de los roles políticos que les tocaba interpretar. Ése era precisamente uno de los sellos de la casa de Clinton, alguien que "en el espacio de un minuto consigue una relación muy personal", asegura Branch.

El relato del periodista, que había sido compañero de piso de Bill Clinton veinte años antes de que éste llegara a la Casa Blanca, esboza un perfil amable del presidente (1993-2001) y evita la morbosidad en los asuntos más polémicos de su mandato, como el escándalo sexual de sus relaciones extraconyugales con Monica Lewinsky.

"Creo que perdí el control", dice Clinton mientras reflexiona con Branch sobre la aventura que puso en riesgo su presidencia, su matrimonio y su credibilidad -recuerda el periodista- quien escribe que el presidente le aseguró que "podría haber hecho algo peor" como "volar algo por los aires".

Aquel informe, que amenazó su carrera política y laceró su reputación, "selló su humillación con voluminosos detalles de sus intercambios sexuales: los manoseos furtivos cerca del Despacho Oval, el vestido azul manchado de semen, el cigarro apagado dentro de su vagina", escribe Branch.

Un pasaje insoslayable de la vida política de Clinton, un hombre que rozó en dos ocasiones la consecución de una paz duradera en Oriente Medio (en 1993 en Oslo y en 2000 en Camp David), que ordenó los bombardeos de la OTAN sobre la Serbia de Slobodan Milosevic y que logró un superávit histórico de la Seguridad Social de su país.

El libro, abigarrado e inconexo en ocasiones, desvela algunas facetas humanas de un presidente que caminaba descalzo por la Casa Blanca mostrando unas piernas "asombrosamente pálidas y lampiñas, de anciano", que hacía solitarios con una baraja de cartas mientras negociaba con senadores o que se planteaba de qué iba a vivir cuando dejara la política.

El texto recoge además sus impresiones sobre Vladimir Putin, un hombre enérgico, reservado y dispuesto a aplastar la rebelión chechena, el ex presidente israelí Ariel Sharon, quien consideraba a los palestinos "una banda de matones", o el Papa Juan Pablo II, uno de los pocos que le preguntó a Clinton cómo veía el mundo en lugar de abrumarle con una retahíla de peticiones.

Clinton es descrito además como un presidente que veía un mundo que en el siglo XXI avanzaría hacia una mayor integración, que sufriría la amenaza del terrorismo internacional de corte islámico -que debería combatirse política y no sólo militarmente- y en el que China desempeñaría un papel crucial.

El relato habla también del Clinton que tocaba el saxofón mientras visitaba al presidente checo Václav Havel en Praga, que se apostaba cajas de cigarros puros con los amigos sobre los resultados de la NBA, que se preocupaba por las notas de su hija Chelsea en la universidad de Stanford o que apoyaba el reclutamiento de militares homosexuales en el Ejército.

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Es también la fotografía íntima de un Bill Clinton presidente y persona que "lloraba abiertamente" por el asesinato del primer ministro de Israel Isaac Rabin, a quién reunió con el líder de la OLP, Yasser Arafat, en Noruega, donde alcanzaron unos acuerdos que hicieron soñar con una paz estable entre palestinos e israelíes.

"No había sensación de fracaso final. Simplemente, sintió que no se pudo hacer" durante su presidencia, asegura un pragmático Branch sobre el fracaso de una iniciativa que podría haber facilitado el entendimiento en la región más inestable del mundo.

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