Productores de marihuana ofrecen erradicar el cultivo a cambio de negocios

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La yerba holandesa  Sin Pie de Foto
Karl Penhaul
Autor: Karl Penhaul
COLOMBIA (Reuters) -

Luego de la tormenta, un caballo avanza cansinamente por el camino lodoso. Puedo oler antes de que doble por el camino. Va cargado con más de 50 kilos de marihuana recién cortada.

Un campesino arrea la bestia presuroso por que su cosecha llegue a lo seco. Detengo al campesino y acaricio al caballo.

“Se llama Marihuanero”, me dice el campesino en castellano, antes de soltar una gran sonrisa y partir de nuevo. Por supuesto que bromea.

Estamos en las montañas de Cauca, al sureste de Colombia, lejos del alcance de la ley y también de los mercados, lo que dificulta, dicen los campesinos pauperizados, ganarse la vida legalmente.

En cada vuelta del camino y en cada poblado me aguarda una sorpresa. Los plantíos de marihuana se alargan a menudo por hectáreas, colgándose de los cañones empinados.

Grupos de peones cargando machetes desaparecen por “bosques” de miles de plantas dos o tres veces más altos que una persona. Luego reaparecen con bultos de marihuana sobre sus espaldas y cabezas que llevan a secaderos rudimentarios hechos de plásticos negros sobre troncos de madera.

En algunas de esas casuchas se dejan a secar cientos de kilos de marihuana.

En otras comunidades, las ancianas aprovechan breves pausas en la lluvia para tender marihuana sobre los techos de lámina de sus casas. Otras cuelgan la yerba de las vigas en la cocinas, donde el aroma dulzón se mezcla con el olor de la comida que se calienta al fuego.

La cosecha nunca se acaba

Se trata de una industria sin chimeneas. La marihuana es la cosecha de rigor. La variedad de menor calidad se vende por unos 4 dólares la libra (unos 100 pesos mexicanos por kilo), lo cual equivale al doble del precio del café, que es la única cosecha alternativa por estos pagos.

“Sabemos del daño que hacemos a la sociedad. Pero esto nos da un ingreso porque las otras cosechas no valen nada”, me dice alguien que siembra marihuana y que me pide que no divulgue su nombre. El cultivo de la marihuana es ilegal aquí pero la mayoría dice que es su único medio de supervivencia.

El primer boom de la marihuana colombiana se dio entre fines de los 60 y principios de los 70, cuando el país se convirtió en uno de los principales proveedores de Estados Unidos.

Pero la yerba cedió ante la locura generada por la cocaína. Por ello, dice la Oficina Antinarcóticos de EU (DEA), la marihuana colombiana se marginó del mercado estadounidense por mejor calidad de las variedades locales, así como por importaciones de Canadá y México.

Ahora en Cauca, por lo menos, hay una nueva bonanza. Esta es una de las últimas regiones de Colombia en donde, según los funcionarios antinarcóticos de la ONU, la producción de marihuana va al alza, junto con las hojas de coca (la materia prima de la cocaína).

De la misma suerte, Colombia de nuevo exporta yerba de calidad y se ha convertido en uno de los “mayores proveedores” de Europa, informa la DEA.

El accidentado terreno y la lejanía de esta región explican el boom en la droga.

Regiones remotas

A las fuerzas de seguridad colombianas se les dificulta el acceso así como la localización de los plantíos de marihuana. Además, el área es un bastión de las  FARC.

A pesar de que ninguno de los productores acepta que las FARC son dueños del negocio en el norte de Cauca, afirman que los rebeldes aplican lo que llaman un “impuesto de guerra” de 14 dólares por cada kilogramo de marihuana que sale de las colinas rumbo a los pueblos y ciudades de las cercanías.

Pero lo que sí es claro es que pocos campesinos se han vuelto ricos por el cultivo del enervante.

“Apenas gano para alimentar a mi familia, mandar a los niños a la escuela y comprar ropa”, dice un productor mientras desprende los brotes de tallos secos. “Muchos creen que si cosechas drogas traes cadenas de oro y autos caros. Eso es falso porque ni siquiera tengo una bicicleta”.

Lo que tiene son seis niños que mantener y asegura que no ganaría lo suficiente si vendiera las cosechas básicas de plátano macho, yuca y calabaza.

Por si fuera poco, los caminos en estas montañas son veredas, casi infranqueables cuando llueve. Cuando un autobús o camión acceden a las remotas poblaciones, los productores dicen que el precio de venta de los productos legales apenas cubre el costo de llevarlos al mercado.

Una vez seca, los productores venden la marihuana a los intermediarios (que a veces son productores más grandes o compradores que vienen de las ciudades). La marihuana se apretuja hasta formar pacas de 12 kilogramos.

Fuerza verde

A la yerba de mejor calidad la cortan con tijeras, capullo por capullo, y la empacan con cuidado en cajas.

Los productores tienen nombres especiales para las nuevas variedades de yerba que cosechan. Algunos la llaman “semilla holandesa”; otros, “kryptonita”.

Se trata, dicen, de un híbrido modificado genéticamente que proviene de Holanda y que es hasta tres veces más fuerte que otras variedades locales.

“La roja colombiana te coloca pero la kryptonita realmente te deja marihuano”, me dice un productor que, aclara, no lo dice por experiencia personal.

En más de una semana en la región no pude encontrar a un solo productor que me dijera que se fuma su producto.

“Aquí no tenemos malos hábitos. A lo mejor alguno se toma un trago de vez en cuando pero nadie se fuma la yerba”, dice un peón de veintitantos.

¿Erradicación voluntaria?

Los productores parecen no guardar un especial sentimiento por su cosecha, al grado en que algunos líderes en el norte de Cauca le proponen al gobierno erradicar voluntariamente sus plantíos a cambio de un programa de subsidios agropecuarios e inversiones en el desarrollo rural.

“Estamos listos para sustituir las cosechas de droga gradualmente si el gobierno insiste en la región. Queremos un plan de desarrollo”, dice Orlando Ángel, un líder de los productores en el Pedregal.

Sin embargo, advierte que no arrancarán el proceso hasta que el gobierno les haga algunas concesiones.

“Si dejamos la producción de droga sin ninguna garantía sería como quitar la comida de nuestra mesa. Le quitaríamos a nuestros hijos salud y  educación”, dice.

El gobierno no le ha dado a los productores una respuesta a sus propuestas. En una reunión en el pueblo de Caloto a fines de abril, ni el gobierno federal ni las autoridades locales enviaron delegados tal y como lo habían ofrecido el mes anterior.

Si bien funcionarios federales pidieron una nueva reunión pero no especificaron la fecha, el gobierno ha enviado tropas a la región. Su misión, dicen mandos del Ejército, es pelear contra las FARC y, una vez que se haya estabilizado la región, comenzar la erradicación de las cosechas de narcóticos, por la fuerza.

Esto significaría una confrontación entre los productores pobres y los militares.

“Si el Ejército destruye nuestras cosechas, organizaremos protestas”, advierte Ángel. “Marcharemos y bloquearemos las principales autopistas”. 

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