La muerte de Gadhafi puede impulsar más cambios en la 'Primavera Árabe'

Tras 10 meses de revueltas en distintos países y la caída de tres de los gobernantes, el mundo árabe vive aún en el incertidumbre
Mundo árabe - revueltas
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Autor: Tim Lister
(Reuters) -

Tres se han ido (Gadhafi, Mubarak, Ben Ali), dos resistiendo ante protestas diarias (al-Assad, Saleh), dos más (los reyes Abdallah de Jordania y Mohammed de Marruecos) tratan de mantenerse por delante de la curva de protestas: Después de 10 meses de la Primavera Árabe, la región aún está sumergida en una emocionante e impredecible transformación.

El fallecimiento de Moammar Gadhafi, después del derrocamiento de Hosni Mubarak en Egipto y Zine El Abidine Ben Ali en Túnez, significa que se han ido tres gobernantes que juntos estuvieron en el poder durante 95 años. El académico y autor Fouad Ajami, miembro de la Institución Hoover, afirma que "el 2011 es para los árabes lo que 1989 fue para el mundo comunista. Los árabes están adueñándose de su propia historia y tenemos que celebrarlo”.

Es posible que los manifestantes en Yemen y Siria se revitalicen con las fotografías de Sirte, Libia, que muestran el casi patético final de un gobernante cuyas largas vestiduras y uniformes le habían dado un aura de invencibilidad durante mucho tiempo. Manifestantes de las ciudades sirias celebraron la muerte de Gadhafi y advirtieron al presidente Bashar al-Assad que él sería el siguiente. Un activista sirio comentó a CNN lo siguiente: “El claro destino de todos aquellos que matan a su gente es terminar bajo los pies de la nación”.

El exprimer ministro de Saad Hariri (quien no es amigo del régimen sirio) dijo: “Cualquier ciudadano árabe que esté observando los acontecimientos en Libia, no puede más que pensar sobre el popular movimiento revolucionario que está ocurriendo en Siria”.

Hay una frase que se ha hecho común en todo el mundo árabe este año –desde las polvorientas calles de Sidi Bouzid de Túnez, donde todo empezó, hasta las barricadas que actualmente ensucian a Homs en Siria: “El miedo se ha ido, el pueblo ha hecho a un lado su temor”.  Estas palabras, dichas en enero por el activista tunecino Sana Ben Achour, han hecho eco en toda la región desde entonces. Y enseguida fue acompañado de un cántico: “El pueblo quiere la caída del régimen”.

Aún así, tomó varias resoluciones de la ONU y miles de misiones de la OTAN para degradar las fuerzas de Gadhafi. Y eso es poco probable que ocurra en otro lugar. Estados Unidos y Europa Occidental están aplicando sanciones económicas contra el régimen sirio pero han descartado constantemente una intervención militar. El presidente Ali Abdullah Saleh de Yemen parece insensible a la presión externa y aún a sus propias heridas mientras regresa al poder. Asimismo, en la mayoría de los países árabes el poder del Estado sigue siendo formidable, si no abrumador.

En 1989, el pueblo de Europa Oriental compartió un continente con democracias desarrolladas; tenían un modelo qué seguir – y ayuda considerable para sacudirse el legado del comunismo.

Los Estados árabes, los cuales ni siquiera establecieron sus propias fronteras, tienen su propia dinámica. Explosivas divisiones sectarias y regionales han permitido un reinado autoritario en Siria, Yemen y Libia. Al igual que los Estados del Golfo, Jordania y Marruecos son monarquías y sus reyes por lo menos cuentan con la legitimidad de la sucesión. Egipto y Túnez cuentan -según los estándares árabes- con una clase media grande y capaz; Yemen no. Los Estados del Golfo están enriquecidos por enormes reservas de petróleo y gas; países como Jordania tienen muy poco o nada. La actitud respecto a los derechos de las mujeres varía ampliamente; los islamistas son más fuertes en algunos países que en otros.

Y quizás lo más importante sea que las fuerzas de seguridad en algunos lugares son leales a la bandera mientras que en otros están aferrados al régimen, o bien, divididos entre ambos. El ejército en Túnez y Egipto no defendería a líderes que se convirtieron en riesgos; el ejército en Siria ha permanecido cohesionado y leal a al-Assad.

Pero una de las pocas características que los Estados árabes han compartido durante mucho tiempo es el “déficit de libertad”, producto de décadas de gobierno autoritario. Un memorable reporte del Programa de Desarrollo de la ONU sobre las sociedades árabes publicado en el 2002 concluyó: “Este déficit de libertad socava el desarrollo humano y es una de las manifestaciones más dolorosas del desfasado desarrollo político”.

La situación cambió un poco la década siguiente, pero otras fuerzas intervinieron. Las cadenas panárabes de televisión satelital –completamente distintas a las inflexibles difusoras gubernamentales- les brindaron a los árabes una nueva ventana hacia el mundo. Los jóvenes educados empezaron a aprovechar el poder del internet, superando la capacidad de las burocracias de controlarlo.

Vieron a sus contemporáneos en el resto del mundo –Latinoamérica, Asia, Europa Oriental- obteniendo nuevas habilidades y oportunidades, mientras estaban en el desempleo. Al mismo tiempo, el desempleo en el mundo árabe, especialmente entre los graduados, seguía elevado; la corrupción y el nepotismo eran dominantes. El tiempo y nuevamente cables diplomáticos estadounidenses enviados desde las capitales árabes denotaban una creciente ola de resentimiento popular hacia sus gobernantes.

La edición 2009 del reporte del Programa de Desarrollo de la ONU decía: “El resultado es una percepción generalizada de oportunidades limitadas e inseguridad personal, atestiguada en los niveles de desempleo más altos del mundo, profundos y polémicos patrones de exclusión y al final, fuertes llamados desde el interior para reformar”.

Al final, esos llamados se derramaron a las calles de manera espontánea y caótica. Hoy, en tres países que juntos ocupan 2,000 millas de la costa mediterránea, el trabajo duro de delinear el siguiente paso ha comenzado. Las revoluciones son invariablemente situaciones desordenadas cuyos resultados nunca están garantizados, cuales quiera que sean los ideales de sus líderes. El historiador francés Alexis de Tocqueville escribió: “En una revolución, como en una novela, la parte más difícil de inventar es el final”.

Fawaz Gerges, director del Centro del Medio Oriente de la London School of Economics, dijo que en el caso de Libia, “las divisiones que hemos visto en Sirte y Bani Walid que se han resistido al nuevo gobierno son extremadamente alarmantes. Veremos si esta revuelta en particular resultará en un gobierno unificado con un liderazgo unido, o bien, la lucha política escalará y se intensificará”.

Esta semana, los tunecinos se convertirán en los primero árabes en elegir a una asamblea constituyente, lo cual instaurará una nueva constitución. Pero no hay ningún camino a seguir. ¿Cuáles deberían de ser los poderes del presidente, primer ministro y parlamento? ¿Cómo se comparte el poder entre el centro y las regiones? ¿Cómo estarán protegidos los derechos de las minorías y cómo se garantizará la independencia del poder judicial? ¿Cuál es el rol del Islam en la sociedad?

Esta última pregunta ya ha llegado a las prioridades de la agenda en Túnez, con el Partido Isalmista Ennahada encabezando las encuestas. Su líder, Rachid Ganouchi, acusa a sus oponentes de prácticas intimidatorias para atemorizar a negocios y mujeres. Sin embargo, el líder de uno de los partidos seculares afirma que los islamistas representan una amenaza para el país.

Mientras los árabes miran hacia el horizonte por marcos de referencia, algunos voltean a Turquía, donde un partido moderado islamista ha sido electo en tres ocasiones en una década y ha presidido un renacimiento económico. El primer ministro turco, Recep Tayyip Erdoga, incluso se embarcó a una gira en países árabes el mes pasado (y en la mayoría de los lugares fue recibido efusivamente) para promover el modelo turco.

“Un Estado secular no significa que las personas sean ateas”, destacó Erdogan en un programa de televisión en El Cairo. “Significa respeto a todas las religiones y que cada individuo tiene la libertad de practicar su propia religión”.

Pero en Ankara, las tensiones continúan entre el gobierno y la cúpula militar que se considera el guardián de un Estado secular, y el gobierno es acusado de agobiar y acosar a sus críticos.

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El derrocamiento de tres hombres no cambia los dilemas básicos que enfrenta el mundo árabe: analfabetismo, desempleo, gran juventud (la ONU estima que los países árabes necesitarán 50 millones de nuevos empleos para el 2020), escasez crónica de agua, falta de derechos de las mujeres, el legado de un “déficit de libertades” –al cual quizá se deba agregar una nueva y creciente crisis de expectativas.

Si la Primavera Árabe tuviera un calendario, todavía estaríamos en la primera semana.

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