Malala, una líder mundial contra los talibanes y una joven de 16 años

La menor pakistaní abandera un movimiento por la educación inspirado por su padre, a la vez que muestra actitudes propias de su edad
El ataque a Malala Yousufzai
Autor: Ashley Fantz
(Reuters) -

Los niños de 11 años a veces tienen problemas para dormir durante la noche, los monstruos invisibles los mantienen despiertos. Pero Malala Yousufzai sabía exactamente cómo se veían sus monstruos.

Tenían barbas largas y túnicas descoloridas, y se habían apoderado de su ciudad en el Valle de Swat, al noreste de Pakistán. Alguna vez fue un lugar muy hermoso, tan exuberante y virgen que los turistas acudían allí para esquiar. Pero eso fue antes de 2003, cuando el Talibán empezó a usarlo como base para las operaciones en el vecino Afganistán.

Los talibanes creen que las niñas no deben ser educadas, ni siquiera salir de casa. En el Valle del Swat trabajan ferozmente para asegurarse que los residentes obedezcan. Pero esta no era la forma en que Malala decidió que viviría. Con el apoyo de su padre, empezó a creer que era más fuerte que las cosas que la asustaban.

“Los talibanes han atacado repetidamente a las escuelas del Swat,” escribió ella en un extraordinario blog cuando tuvo la oportunidad de compartir su historia con el mundo, a través de la BBC. 

Escribía en la época en que el Talibán promulgó un edicto en el que se prohibía a todas las niñas a asistir a la escuela, en 2009. En el blog, alababa a su padre, quien dirigía una de las pocas escuelas que continuaban desafiando esa orden.

“Mi padre dijo que hace algunos días alguien trajo un diario que decía lo maravilloso que era", escribió Malala. “Mi padre dijo que sonrió, pero no se había dado cuenta de que su hija lo había escrito”. Ahora esa mente activa e imaginativa está en peligro. El martes 9 de octubre, unos hombres armados le dispararon a Malala en la cabeza y el cuello.

Malala, de 16 años, regresaba de la escuela en una camioneta con otros alumnos cuando los asesinos talibanes detuvieron el vehículo, subieron a él y ordenaron a los otros niños que la identificaran. Los niños, aterrados, lo hicieron y los hombres abrieron fuego, hiriendo a otras dos niñas.

“No toleraremos que gente como Malala hable contra nosotros”, dijo después un portavoz del Talibán mientras Malala convalecía en un hospital pakistaní, conectada a un ventilador. Si logra sobrevivir, el Talibán irá por ella, amenazó el portavoz.

El lunes por la noche, ya estaba en Gran Bretaña para recibir la mejor atención médica en manos de un equipo internacional de médicos. 

“Alzaré la voz”

Malala luce igual ahora que cuando tenía 11: parece una niña. Sin embargo, en cada entrevista que concedió a los reporteros pakistaníes e internacionales, entre 2009 y 2012, sonaba como una adulta.

Casi nunca demostraba temor ni ocultaba su rostro. “Tengo derecho a la educación”, dijo a CNN en una entrevista en 2011. “Tengo derecho a jugar, a cantar, a hablar, tengo el derecho de ir al mercado. Tengo derecho de alzar la voz”.

¿Por qué arriesgas tu vida para ser escuchada?, preguntó un reportero. Con un inglés perfecto, respondió que la gente la necesitaba. “Alzaré la voz”, insistió. “Si no lo hago yo, ¿quién lo hará?”, dijo. 

Malala dijo que las niñas que tienen miedo deben combatirlo. “No se queden en sus habitaciones. En el Día del Juicio, Dios te preguntará: ‘¿Dónde estabas cuando tu gente te necesitaba, cuando tus compañeros de escuela te necesitaban, cuando tu escuela te necesitaba, cuando iban a volarla?’”

De tal padre, tal hija

En enero de 2009, Malala y su padre estaban en la sala tomando té y comiendo carne y estofado de curry. Esa fue la noche antes de que el Talibán emitiera el edicto en el que prohibían que las niñas fueran a la escuela.

Ziauddin Yousufzai estaba consternado. Sabía que tendría que cerrar una de las escuelas privadas para niñas que dirigía. Sabía que eso significaba que la educación de su hija iba a terminar.

Yousoufzai creció en el área del Swat, en donde el acceso a los recursos educativos es limitado; sin embargo, tenía una pasión innata por el aprendizaje y la literatura. Quedó devastado cuando supo que privarían a su hija de esos placeres.

Eso es lo que dice Adam Ellick, reportero del New York Times que filmó un documental en 2009 acerca de Malala y su padre y la campaña del Talibán en contra de la educación de las niñas. Ellick pasó varios meses con el padre y la hija y desarrolló una profunda amistad con ellos.

“Ziauddin tenía un celo revolucionario y un profundo compromiso con la educación”, dijo Ellick, esta semana. “Esta adorable niñita es una versión reducida de él en muchas formas. Ama la escuela, las tareas. Siempre que me reunía con ella tenía una bolsa llena de libros. Cuando tenía 10 u 11 años no tenía la actitud idealista de un activista, porque ¿quién la tendría?”, dijo Ellick. “Su situación exigió que creciera antes de tiempo. Se contagió de este compromiso e idealismo”.

En la sala de la casa de la familia, en 2009, Yousoufzai puso su mano amorosamente sobre la cabeza de su hija. Dice que se enamoró de ella el mismo instante en que nació. “Una bebé recién nacida. Vi sus ojos”, dijo. “La amo. La amo”.

Yousoufzai explicó su opinión acerca del Talibán, revelando un espíritu desafiante. Sentía una enorme presión, pero la familia no iba a abandonar el Swat. Eso no era lo que había enseñado a los niños.

“(El Talibán) dejó a mi pueblo en una situación difícil”, dice, buscando las palabras correctas. “Debo estar a su lado, es mi deber. Si muero por eso creo que sería la mejor manera de morir”.

Cientos de escuelas incendiadas

En estos tiempos, es un gran riesgo educar a las niñas del Swat. Sólo hay que ver los titulares de la región. “Militantes destruyen 125 escuelas para niñas en 10 meses”, reportó en agosto el diario pakistaní Daily Times.

Los trabajadores humanitarios y las agencias de asistencia celebraron un seminario en la región en 2008 para tratar de dar voz a las preocupaciones de los habitantes. Dijeron que los políticos y los líderes pakistaníes se habían negado a escuchar.

Entre 2007 y marzo de 2009, 172 escuelas fueron bombardeadas, demolidas o saqueadas. Cerca de 23,000 niñas y 17,000 niños dejaron de ir a la escuela, de acuerdo con el Alto Comisionado para los Derechos Humanos de la ONU.

En octubre de 2010, después de que las inundaciones causaran una desolación generalizada en Pakistán, el Talibán arreció los bombardeos en contra de las escuelas que habían continuado con la educación de las niñas. El Talibán lograba su objetivo al atemorizar a las niñas que no habían sido lastimadas. Los padres las mantenían en sus casas para protegerlas.

En su blog de BBC, Malala escribió un día antes de que se publicara el edicto que las rutinarias vacaciones de invierno acababan de terminar. Normalmente, el director anunciaba cuándo se reanudarían las clases. Sin embargo, esta vez, no lo hizo.

“Estaba de muy mal humor”, escribió Malala. Las vacaciones eran algo divertido, pero esta vez, nadie tenía ánimos para celebrar.

Pero, ¿qué puedes hacer cuando tienes sólo 11 años? Ir al parque a jugar, así que eso hicieron los alumnos. Algunas niñas dijeron que todo se resolvería. Dijeron que regresarían a la escuela. Malala quería mantener las esperanzas; sin embargo, antes de irse, volteó a ver por última vez el edificio.

El helado y la diplomacia

Malala tenía razón sobre el edicto y su significado. Después de enero de 2009, fue forzada a permanecer en casa y leer libros, dijo Ellick. Finalmente viajó por todo el país en donde asistió a escuelas adecuadas. Aún amaba las historias, y siempre lo haría.

Malala se preguntó si debería adoptar un seudónimo para su blog, Gul Makai. Gul Makai significa flor de maíz en urdu, el idioma de la región; es un nombre tomado de un personaje de una historia tradicional pastún. No es muy conocida, pero los expertos en esta etnia dicen que la historia es parecida a la de Romeo y Julieta. Es una dulce historia de amor mezclada con tragedia. Es el tipo de historia que una joven conocería e idealizaría. Esta era Malala. Alternaba entre dos existencias. Era un símbolo mundial de los derechos de las niñas, pero también era sólo una niña.

En 2010 conoció al enviado especial de Estados Unidos para Afganistán y Pakistán, Richard Holbrooke. Ellick recuerda haber estado con Malala en una cafetería, después de la reunión.

“Dijo: ‘Quiero un helado, me encanta el helado de vainilla’”, recuerda Ellick. “Esta chica puede estar en una mesa de negociación, una reunión diplomática de alto nivel, y también querer un helado”.

Ellick recordó otra ocasión cuando fueron de compras en Islamabad, se divertían y buscaban libros en inglés y DVD.

“Me decepcionó que quisiera esa basura de series cómicas estadounidenses”. Ellick ríe. “Me la pasé diciéndome: ‘Sé que te gustaría que viera un documental sobre Sierra Leona, pero es sólo una niña’”.

El Corán, versión Malala

Malala dijo al Canal Geo en Pakistán en 2012 que el Talibán podía hacer lo que quisiera, pero que ella iba a obtener una educación. “Vivimos en el siglo XXI” dijo Malala “¿Cómo se nos puede privar de la educación?”

Esas fueron palabras audaces, que el mundo ahora conoce muy bien. Pero Malala no siempre fue así, dijo Ellick. Cuando la conoció, al lado de su padre, era algo tímida. “No tenía la seguridad que tiene ahora”, dijo. “Han recibido atención y premios. Sentían que su trabajo había rendido frutos”.

Pero, ¿podría una chica de 16 años darse cuenta de que estas palabras, aunque inspiradoras, podrían llegar a matarla?

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El año pasado, un reportero de CNN le preguntó qué haría si fuera la presidenta de Pakistán. Respondió que le diría a los talibanes que las niñas deben ser educadas. El reportero la presionó. Esos tipos tienen armas y bombas. Te dirán que tú eres sólo una niña, que harás lo que te digan. Ella tartamudeó un poco, comprensiblemente nerviosa. Si no quisieran dialogar, dijo, usaría el libro sagrado que ellos usan para justificar su brutalidad.

Malala dijo que en ninguna parte del Corán dice que a las niñas no deberían ir a la escuela.

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