El expresidente egipcio Morsi es víctima de una revolución de la mente

Cuando el presidente Hosni Mubarak fue destituido hace dos años y medio, fue el comienzo y no el final de un cambio que continúa
El mes sagrado en Egipto, en medio de protestas
Autor: Ben Wademan
(Reuters) -

Desde la azotea de una mezquita en el barrio de Nasr, en El Cairo, vi cómo miles de seguidores del presidente egipcio destituido, Mohamed Morsi, agitaban carteles y gritaban furiosamente.

Esto ocurría momentos antes de que Mohamed Morsi, el mismo hombre que apenas un año antes había sido declarado como el primer presidente elegido de manera democrática en Egipto, fuera derrocado.

Las personas que se habían abarrotado en la plaza Tahrir el 30 de junio de 2012 para celebrar su juramentación estaban consternadas y enojadas.

Cuando el presidente Hosni Mubarak fue destituido hace dos años y medio, fue el comienzo y no el final de una revolución que sigue su curso.

Antes de 2011, las perspectivas de muchos egipcios y observadores internacionales eran que la gente de Egipto, que tanto había sufrido, tenía una reserva casi inagotable de paciencia, tan larga como su capacidad para alimentar a sus familias.

El levantamiento que expulsó a Mubarak desató una energía y pasión que no muestra signos de disminución. Si Morsi pensaba que su victoria en las elecciones de hace un año, en la que ganó con el 51.7% de los votos, era definitiva, estaba muy equivocado.

La cabeza de Morsi no estaba firme por encima del Estado. La policía nunca confió en él, ni tampoco los cristianos. El Ejército sospechaba y la comunidad empresarial estaba escéptica. Muchos votaron por Morsi simplemente porque lo veían como el menor de dos males, aquel que competía contra el antiguo incondicional de Mubarak, Ahmed Shafiq.

Un activista con el que hablé, quien solo se identificó como Abdel Hadi, comparó a los dos candidatos en las elecciones presidenciales.

"Usted tiene dos drogas", me dijo. "Una de ellas, Ahmed Shafiq, te mata, y la otra, Morsi, te da un fuerte dolor de estómago. Ambos están mal, pero la droga de Morsi es ligera. No te mata. Así que vamos a votar por Morsi para estos cuatro años. Si no funciona, vamos a volver a Tahrir y derrocarlo", me dijo Hadi en junio de 2012.

Sus palabras fueron proféticas. La noche antes de las masivas manifestaciones contra Morsi el 30 de junio, con una plaza de Tahrir llena, encontré personas convencidas de que el periodo de su presidente, elegido hace un año, había llegado a su fin.

"¡Está fuera, ha terminado, ha concluido!", me gritaba un hombre.

"Económicamente y en materia de seguridad nos fuimos cuesta abajo hasta el final de ese año", dijo Abdal Rahman, un hombre de negocios. "Se acabó. Ellos han dividido a Egipto en dos, los islamistas y los no islamistas. Todos somos musulmanes y todos somos creyentes. Nuestro conflicto es un conflicto político. Ellos lo fueron cambiando a un conflicto religioso", apuntó.

Muchos egipcios se sintieron profundamente ofendidos porque Morsi y la Hermandad Musulmana se identificaron como musulmanes antes de hacerlo como egipcios. Este es un país profundamente orgulloso de su rica herencia cultural que puede sentirse ofendido rápidamente por quienes parecen no respetar su lugar en la historia.

En noviembre de 2012, muchos estaban horrorizados cuando un musulmán radical, Morgan Al-Gohary, apareció en un programa de entrevistas en la televisión privada y declaró que si él y los suyos nunca pudieran llegar al poder, destruirían algunos de los monumentos más venerados de Egipto. Durante la emisión, afirmó que participó en la demolición de las estatuas de Buda en Bamiyan de Afganistán, en marzo de 2001.

"¿Así que destruiría la Esfinge y las pirámides?", preguntó Wael Al-Abrashi, presentador del programa.

"Sí, vamos a destruirlas", respondió Al-Gohary.

Uno de los invitados, visiblemente irritado, le dijo a Al-Gohary: "Usted no conoce la historia de su país tampoco. Los faraones fueron los primeros en conocer la religión en el mundo. La Esfinge y las pirámides son patrimonio de la humanidad, no solo propiedad de los egipcios".

Aunque Morsi y la Hermandad siempre mantuvieron un curso de acción, muchos cuestionaron sus intenciones y acusaron a la Hermandad de albergar la intención de convertir a Egipto en un Estado islámico al estilo talibán.

Esa era una queja difícil de sostener. Otras, en cambio, eran más evidentes. La economía se hundió bajo el mandato de Morsi y los egipcios sufrieron cortes de energía frecuentes y prolongados que provocaban largas filas fuera de las gasolineras. Las promesas de prosperidad y de seguridad del expresidente  nunca se materializaron. Así que la gente se movilizó.

El poderoso Ejército del país, en respuesta a los millones de personas en la calle, obligó a que el mandatario en turno dejara su cargo la tarde del 3 de julio.

Pero en el valiente Egipto, nadie se da por vencido sin antes luchar. Las celebraciones en Tahrir se reflejaron en airadas manifestaciones afuera de la Universidad de El Cairo y en la ciudad de Nasr.

"Nadie va a tomar nuestro voto", me gritó una mujer enfrente de la universidad.

"Estas fueron elecciones legítimas", exclamó su marido. "Todas las personas han aprobado su legitimidad. Él es nuestro presidente legítimo. ¿Cómo puede tomar la decisión por nosotros el ministro de Defensa,  Abdel Fatah al Sisi?".

La transformación repentina de Morsi, de presidente de la República Árabe de Egipto a prisionero, me recordó lo que el periodista egipcio Hani Shukrallah me dijo un año antes, en la víspera de la victoria de Morsi.

Ahora los egipcios "tienen conciencia de sus propios derechos. Tienen idea de su dignidad personal. Ellos se perciben a sí mismos como ciudadanos y esto es algo que es nuevo para un viejo como yo. Ellos miran al Estado como su siervo y no como amo".

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Morsi, su siervo, hizo un mal trabajo y por eso lo despidieron.

La verdadera revolución en Egipto no está en las calles. Está en la mente.

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