'No sabía que era indocumentado'

Un joven de ascendencia mexicana cuenta cómo se enteró de que era indocumentado cuando trataba de encajar en una preparatoria estadounidense
david martinez creció en EU sin saber que era indocumentado
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Autor: David Martinez, especial para CNN | Otra fuente: 1

Nota del editor: Cuando estaba en preparatoria, David Martinez se enteró de que es inmigrante indocumentado. De acuerdo con el decreto que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, promulgó en 2012, los niños que entraron ilegalmente a ese país pueden quedarse y trabajar sin temor de que los deporten. Martinez presentó su solicitud y le concedieron la exención a la deportación. La historia de Martinez se publicó primero en iReport de CNN.

(CNN) — Cuando tenía apenas tres meses de nacido, mi tía me llevó de contrabando a Estados Unidos.

Nací en Jerez, Zacatecas, México. Quedé a solo tres meses de ser ciudadano estadounidense. Tres cortos meses que habrían cambiado mi vida para siempre.

Crecí en una ciudad predominantemente hispana cercana a Los Angeles, por lo que siempre encajé. No pensé en la raza hasta que entré a la secundaria. Fue la primera vez en la que me llamaron Güero y blanquito porque tengo la piel clara y los ojos verdes.

Sabía que mi familia es mexicana, pero una parte de mí se sentía avergonzada. Mis padres no hablaban inglés, así que evitaba conversar con ellos frente a mis amigos. Era "demasiado cool" como para que me relacionaran con ser hispano. Estaba perdido en mi cultura.

Ahora sé que esto le pasaba a muchos de mis amigos: todos buscábamos encajar. Se debe en parte a la forma en la que la cultura estadounidense nos ha criado. Había dos tipos en mi secundaria: los hispanos americanizados y los hispanos frijoleros. Si tenías la piel oscura y no hablabas bien inglés, te decían frijolero y saltafronteras. Te consideraban poco cool o forastero. En clase de deportes llamaban frijolero a algunos de los mejores futbolistas. Los hispanos eran racistas con otros hispanos.

Yo era una de las personas que querían que lo relacionaran con los chicos más americanos, así que siempre seguí la corriente cuando entré a la preparatoria. Traté de parecerme lo más posible a mis amigos. Ellos eran mexicanos de segunda o tercera generación que hablaban inglés en la escuela y se juntaban con los chicos blancos. Yo me vestía como los estadounidenses que usaban tenis para patinar, pantalones holgados y camisetas Billabong. Aunque me encantaba el futbol pensaba que era demasiado mexicano, así que opté por jugar futbol americano.

Tristemente, distanciarte de tu cultura original se consideraba la norma. Me arrepiento totalmente y desearía nunca haber participado en ello.

Durante el primer año de preparatoria supe que era indocumentado. Estaba esperando a inscribirme cuando la empleada que revisaba mis papales me preguntó si sabía mi número de seguridad social. Le dije que se lo pediría después a mi mamá. Cuando llegué a casa, mis padres me contaron mi historia. Recuerdo que me sentí avergonzado, que era uno de ellos, un frijolero. Es decir, ¿cómo es que alguien como yo, alguien que parece blanco, es un inmigrante indocumentado?

Siempre pensé que los inmigrantes indocumentados trabajaban en granjas y no hablaban inglés. Está mal decirlo, pero esa era mi visión sobre un inmigrante indocumentado. Siempre sentí que era demasiado bueno para ser un inmigrante indocumentado. Hablaba inglés perfectamente. Sacaba buenas calificaciones en la preparatoria. Practicaba deportes. Era el clásico chico estadounidense.

No pude evitar preguntarme por qué ese pedazo de papel me impedía decir que soy estadounidense.

Desde entonces mi vida cambió. Me di cuenta de que no obtendría mi licencia para conducir cuando cumpliera 16 años. No conseguiría un empleo de verano para ganar dinero. A lo largo de la preparatoria, siempre tuve cuidado con lo que decía cuando estaba con mis amigos. Cuando ellos hablaban de ir de vacaciones a otros países, me sentía muy relegado. Odiaba escucharlos porque eso me deprimía. Deseaba haber nacido en Estados Unidos. Deseaba ser ciudadano estadounidense.

Pero puedes obsesionarte o lidiar con eso. Elegí lo segundo. A los 17 años, conseguí mi primer empleo en una tienda de videos. Me ayudó a sentirme más normal y más americano, aunque no podía conducir legalmente. Tras graduarme, empecé a conducir sin licencia. No tenía opción: tenía que ir a trabajar y a la escuela.

Cuando la mayoría de la gente de mi edad estaba emocionada por conducir, yo sentía lo contrario. Cada vez que estaba al volante, temía constantemente que me detuvieran. Sí, había cierta emoción, pero se desvanecía en cuando me daba cuenta del riesgo que corría. Si me detenían me multarían, remolcarían mi auto y tendría que pagar para resolverlo. Cuando tenía 21 años, estuve involucrado en un accidente menor: le hice una pequeña abolladura al auto de un hombre mayor. Recuerdo que cuando me orillé solo quería desaparecer o morirme. Estaba atribulado y me moría de miedo. Llamé a mi papá, quien llegó al poco tiempo con mi tío. Mientras esperaba, el hombre me insultó. Cuando se enteró de que no tenía licencia enloqueció, me maldijo y me insultó de todas las formas posibles. Luego de ese accidente me volví más cuidadoso al conducir.

En ese entonces dejó de importarme quién sabía que yo era indocumentado. No fue algo que yo hubiera decidido. Eso no me quitaba lo estadounidense. Les conté a tres de mis mejores amigos y no podían creer lo que les decía. No podían creer que alguien como yo, que luce tan blanco, pueda ser inmigrante indocumentado.

Ahora tengo 25 años y he aprendido mucho. Provengo de una cultura hermosa, de un pueblo lleno de tradiciones y estoy orgulloso. Hasta el día de hoy me preguntan a qué raza pertenezco. Cuando les digo que soy mexicano, me miran confundidos y me preguntan si hablo español. Cuando respondo en español, su expresión es invaluable.

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Luego de que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, promulgara un decreto en 2012 en el que se permite que los niños que llegaron ilegalmente al país se queden a trabajar, solicité la exención a la deportación. Tardó un par de meses, pero en diciembre de 2012 recibí la buena noticia. No pude evitar pensar en todas las posibilidades que llegarían, como conseguir un buen empleo y una licencia para conducir.

Pero fue agridulce. Aún desearía poder viajar fuera de Estados Unidos. Sé que el primer lugar al que iría sería México.

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