Las mujeres 'poderosas' que dejó la Primera Guerra Mundial

Los países beligerantes enviaron a millones de hombres al frente, por lo que las mujeres mantuvieron la sociedad en funcionamiento
mujeres trabajadoras primera guerra mundial
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Autor: Belinda Davis | Otra fuente: 1

Nota del editor: Este artículo es parte de una serie sobre el legado de la Primera Guerra Mundial que el 28 de julio cumple su 100 aniversario. Belinda Davis es profesora y vicedirectora de Estudios de Posgrado en el Departamento de Historia de la Universidad Rutgers. Escribió el libro Home Fires Burning: Food, Politics, and Everyday Life in World War I Berlin y coeditó el libro Changing the World, Changing Oneself: Political Protest and Transnational Identities in 1960s/70s, West Germany and the U.S.

(CNN) — Hace unos 100 años, una mujer de Pittsburgh, Estados Unidos —o de St. Denis, en Francia, o de Petrogrado, Rusia— despertaba al amanecer; sus hijitos estaban dormidos y ella se preparaba para su primer turno en una fábrica de municiones cercana.

Su esposo luchaba en la Primera Guerra Mundial y la había dejado para que pusiera a prueba los límites de su capacidad física ya que ella proveía alimentos, refugio, calidez para su familia y a veces se enfrentaba a grandes peligros físicos en su trabajo, como por ejemplo, permanecer colgada para colocar una poderosa carga de explosivos en el proyectil que otra mujer había fabricado.

Al terminar la jornada, iba a buscar comida y a menudo hacía fila durante horas para conseguir artículos básicos escasos y combustible para encender la estufa y cocinar. Bañaba a los niños, los acostaba, limpiaba y le escribía una carta a su esposo procurando dejar sus preocupaciones fuera; luego dormía unas horas. Luego se levantaba y hacía todo una vez más.

Hace un siglo, mientras los países y los imperios empezaban a movilizarse y a enviar a 65 millones de hombres a la guerra, millones de mujeres de todo el mundo llenaron los vacíos que quedaron en la sociedad civil. En Gran Bretaña, Bosnia, Bagdad, en todo Estados Unidos, Europa, India y África, las mujeres se volverían jefas de familia en proporciones sin precedentes.

Servían directamente en el campo de batalla como enfermeras, conductoras de ambulancias y cocineras. Sin embargo, también tenían que mantener en funcionamiento el frente doméstico de sus países y asumieron trabajos de hombres en las fundiciones de hierro, conducían tranvías, araban campos y trabajaban en la administración de las nuevas organizaciones públicas y privadas de apoyo a la guerra.

La guerra cambió la vida de las mujeres y a las mujeres mismas. Cuando los hombres regresaron, inevitablemente trataron de recuperar su dominio en la familia y en la sociedad. No obstante, sus propias circunstancias y su condición precaria obstaculizaron estos intentos.

Una vez más, las mujeres tuvieron que cruzar el terreno peligroso que crearon los hombres. Sin embargo, las mujeres habían demostrado al mundo y a sí mismas que eran competentes en una guerra total. De hecho, la guerra provocó que las mujeres dejaran un legado duradero, marcado con nuevos derechos políticos en muchos países y marcado también con una ansiedad generalizada y duradera sobre el creciente poder femenino.

En 1914, las mujeres no eran ajenas a la fuerza laboral. Los trabajos industriales individuales a menudo se consideraban específicos para hombres o para mujeres; sectores completos, como la industria textil, eran industrias para mujeres, mientras que los hombres dominaban en la forja de metales y en las fábricas de máquinas.

Aunque las mujeres más acomodadas seguían rechazando las labores remuneradas, a principios del siglo las mujeres de la clase media baja habían empezado a ocupar puestos como oficinistas y secretarias y aunque seguían siendo esenciales para las labores agrícolas.

Pero tras la declaración de guerra, los cambios económicos y la presión de las autoridades las obligaron a intervenir cada vez en la producción para la guerra y a tomar trabajos de hombres (aunque en Francia, las autoridades se contradijeron y confundieron a las mujeres al urgirlas a quedarse en casa a tener más hijos). Si en los albores de la guerra solo 170,000 mujeres en Gran Bretaña trabajaban en las fábricas de metales, para cuando terminó, en 1918, eran casi 600,000.

En Estados Unidos y Gran Bretaña, las mujeres se enfrentaron a la escasez de vivienda y alimentos.

Conforme tomaban empleos fuera de casa, muchas dependían de guarderías irregulares o se veían obligadas a dejar a los niños desatendidos. Al igual que las mujeres de otros países combatientes, las estadounidenses usualmente buscaban "hacer su parte" en el esfuerzo bélico y aceptaban trabajos oficiales relacionados con la guerra —desde trabajos fabriles hasta la distribución de alimentos—, aunque algunas dudaban al tener que registrarse con las autoridades.

Los carteles británicos de propaganda que proclamaban que los soldados dependían de las mujeres que fabricaban las municiones daban a las mujeres la sensación de que su contribución laboral sería importante y reconocida.

Sin embargo, mientras las mujeres que trabajaban en las fábricas de municiones se enfrentaban a trabajos arduos y a condiciones adversas —además de los peligros como la explosión de la Fábrica Nacional de Barnbow de 1916, una fábrica cercana a Leeds, Inglaterra, en la que murieron 35 personas—algunas personas las criticaban por los salarios relativamente altos que percibían. Eso reflejaba las tensiones de clase que provocaba la restructuración de la economía durante la guerra y el rol que asumieron las mujeres.

Las autoridades británicas ofrecieron pequeñas "asignaciones por separación" (subsidios para la familia de los soldados basadas en la pérdida del ingreso), a cambio de las cuales asumieron el derecho de vigilar a las esposas de los soldados para asegurarse de que no estuvieran bebiendo ni durmiendo con otros hombres.

Una mujer que tras su turno en una fábrica se fuera a bailar o a tomar un trago a un pub se enfrentaba a que la acusaran públicamente de ser prostituta y a que sus compañeros de trabajo o los soldados que estaban de permiso se le insinuaran y la acosaran.

Algunas mujeres sintieron una nueva libertad durante la guerra; para otras fue una época de cambios en los estándares morales luego de que las mujeres fueran testigos de "esa creciente oleada de muerte que se había tragado" a sus hombres.

En la Europa continental, en donde se libraba materialmente la guerra, las condiciones en casa eran aún más desafiantes. Muchas mujeres asumieron labores de hombres para respaldar los esfuerzos bélicos y para garantizar la supervivencia de su familia, pero también se encontraron sujetas a las políticas gubernamentales más controladoras que llegaron junto con la guerra total.

Las mujeres que vivían en los territorios capturados sufrían más miserias: debían alojar y servir a los soldados y a menudo sufrían abusos de los soldados extranjeros.

En Italia reclutaron a las citadinas para que hicieran labores agrícolas. No obstante, las agricultoras no se sentían más tranquilas con esta fuerza laboral dispar que tenía como objetivo sustituir a los hombres y a las bestias de tiro perdidos. En las ciudades europeas, las mujeres hacían fila durante horas para poder comprar papas podridas; junto con sus hijos descalzos buscaban comida y combustible en los parques públicos, labor que se volvió un trabajo de tiempo completo.

En Alemania, por medio de una disposición de 1916 se reservaron los escasos suministros de alimentos para las mujeres que trabajaban en las fábricas de municiones y las autoridades anunciaron que "toda la población civil restante, incluidas las mujeres, tendrían que militarizarse por medio de este plan". En el invierno extraordinariamente crudo de 1916 a 1917, las escuelas cerraron por falta de calefacción y la disposición provocó que quedaran pocos adultos disponibles para cuidar de los niños.

Cuando las hostilidades terminaron, la guerra había transformado la vida de las mujeres.

En muchos de los países beligerantes, se volvió esencial reconocer la contribución de las mujeres para que los políticos pudieran sortearan los desafíos a su propio poder en la tumultuosa situación de la posguerra, especialmente en toda Europa. Las mujeres obtuvieron el derecho al voto durante las hostilidades o poco después en Estados Unidos, Canadá y Gran Bretaña; en la República Alemana y en las nuevas repúblicas Soviéticas, y en los nuevos Estados como Austria, Hungría y Checoslovaquia.

Los derechos económicos fueron un asunto diferente.

Los soldados y los grupos que decían que los representaban presionaron a las autoridades y a los dueños de las fábricas para que despidieran a las mujeres para hacer un sitio en la fuerza laboral para los hombres que regresaban, aunque las mujeres frecuentemente seguían siendo las únicas proveedoras potenciales en sus casas.

Esta fue una manifestación de las poderosas y difíciles guerras culturales que se libraron por el deseo e incluso por la posibilidad de retornar a un pasado idílico, pasado que —al igual que hoy— era parcialmente imaginario.

Las sociedades de Europa y de Norteamérica se enfrascaron en una guerra por reconocer la labor de las mujeres durante la guerra.

¿Las mujeres súbitamente empobrecidas debían recibir asistencia del gobierno con base en su contribución en tiempos de guerra o solo por ser dependientes de los soldados heridos o caídos? ¿Debían recibir asistencia alguna?

En Gran Bretaña, las autoridades ignoraron los argumentos de los grupos femeniles y atendieron a la proclamada necesidad de devolver a los hombres a su rol apropiado de poder económico, aferrándose a la noción de que los beneficios debían derivar exclusivamente del esposo.

En Alemania y Rusia, por el contrario, las mujeres adquirieron en principio un estatus igual, aunque en la práctica no siempre se respetaba el principio. Las actitudes divididas acerca del valor de la labor femenina que alimentaron esos debates siguen vivas hoy.

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El regreso a casa de unos 50 millones de hombres al final de la guerra, entre 1918 y 1919, también trajo consigo nuevas tensiones en la vida familiar. Los soldados imaginaban que su casa sería un refugio de normalidad tras la pesadilla de la guerra. Sin embargo, las heridas físicas y psicológicas de los hombres, además del trastorno social y económico de esos años, a menudo cancelaron cualquier retorno a su existencia anterior a la guerra.

Desde luego que la normalidad cambió para las mujeres que se quedaron. A causa de sus nuevos roles y su autonomía, a menudo las culparon de que el mundo estuviera de cabeza. Esos conflictos de género duraron todo el siglo XX y más allá, al igual que muchos de los legados de la Primera Guerra Mundial.

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