Voces de Auschwitz: los hijos de sobrevivientes cuentan sus historias

Los horrores que los judíos vivieron en el infame campo de concentración se reflejan en la crianza de sus hijos y en su forma de ver la vida
Tocar el violonchelo le salvó la vida en Auschwitz
(Reuters) -

Este 27 de enero se cumplen 70 años de la liberación del campo de concentración de Auschwitz, en la Polonia ocupada por los nazis.

Te presentamos una selección de testimonios de hijos de sobrevivientes.

"Ochenta y siete personas de (mi) familia murieron: mis abuelos, todas mis tías y mis tíos"

Tomas Lefkovits, hijo de Elizabeth Ungar Lefkovits

Cuando crecía en Venezuela, Tomas Lefkovits soñaba con capturar y torturar nazis. Tenía apenas siete años cuando empezó a acechar a un hombre al que había notado en la alberca de su comunidad en Maracaibo porque estaba seguro de que era nazi. Luego de que capturaran en Argentina a Adolf Eichmann, uno de los arquitectos del Holocausto a quien más tarde colgaron en Israel, Tomas devoraba cada artículo que podía encontrar sobre el caso.

Aunque Tomas, de 65 años, dice que su niñez fue feliz y que su casa estaba llena de amor y risas, también habla de la profunda tristeza que flotaba en el aire, especialmente durante los días festivos judíos, cuando era más notoria la ausencia de todos los familiares a los que nunca conoció: sus abuelos, sus tíos, tías y primos. Tampoco podía entender por qué su madre se lamentaba y se ahogaba de dolor durante los homenajes en la sinagoga.

Él y sus hermanas sabían que no debían hacer preguntas sobre el tiempo que ella pasó en Auschwitz. Su padre, quien también sobrevivió a los trabajos forzados en Hungría, se los hizo saber desde pequeños. "Ella ha sufrido suficiente", les decía. "Déjenla en paz".

La primera vez que Tomas escuchó a su madre decir algo sobre sus experiencias, tenía 30 años, estaba casado y tenía tres hijos. Él y su familia vivían temporalmente con sus padres en Maracaibo. Su madre estaba en otra de las habitaciones de la casa y empezó a grabar sus memorias. Tomas no podría entender las palabras que profería, solo los lamentos angustiosos que conoció años atrás.

Desde entonces ella ha hablado de su historia con frecuencia y en público. Él solo ha asistido a una de sus conferencias: la de enero de 2014, en el Museo Breman en Atlanta, Estados Unidos. Sus hijos se sentaron en la primera fila y él se sentó en el fondo. Aunque sabe que para ella hablar es una catarsis, sus recuerdos solo le provocan angustia. Salió agotado del museo.

No es que no sepa o no le importe todo lo que ella ha pasado; simplemente no necesita revivir las profundidades de su dolor. Nunca ha hablado de esto con un terapeuta; teme a lo que podría descubrir. Tiene que tragarse las lágrimas tan solo al pensar en el sufrimiento que ella soportó.

Ella guarda todos sus recuerdos en un cajón del despacho de casa de su hijo. Él hojea una larga transcripción de cada palabra que su madre grabó en Maracaibo y pasa los dedos sobre una larga fila de cintas que, según dice, nunca escuchará.

"No soy masoquista", dice.

Tomas acepta la belleza y la filosofía del judaísmo, pero no puede creer en Dios. Ha participado en grupos de discusión para hijos de sobrevivientes y ha presidido algunos eventos del Día de la Conmemoración del Holocausto.

Cuando la gente dice que el pueblo judío es el "elegido", él se burla.

"¿Elegido para qué? Porque hasta ahora no he visto ningún beneficio", dice. "Cualquiera que quiera convertirse al judaísmo está loco. Son unos necios".

Pero es firme respecto a su identidad. "Si me dijeran: 'conviértete o muere', diría: 'pues entonces mátenme'", responde.

"Mientras mi mente siga funcionando y pueda hablar, contaré esta historia"

Klara Firestone, hija de Renee Firestone

Que te pongan el nombre de un familiar muerto es común en las familias judías. Es una forma de "recuperar el neshama, el alma de alguien que se fue", explica Klara Firestone.

Pero para ella y para muchos de los hijos de los sobrevivientes, la tradición lleva una carga adicional. Les pusieron el nombre de aquellas personas a las que los nazis mataron, que en su caso fue el de la hermana de su madre, a quien mataron de un tiro luego de que los médicos de Auschwitz experimentaran con ella.

"Reemplazamos a todos esos familiares de forma muy real", dice Klara, de 67 años. "Teníamos que tener éxito en todos los ámbitos en nombre de los que murieron".

Fue la única hija de dos sobrevivientes que se casaron en Checoslovaquia poco después de la guerra. Su madre sobrevivió a Auschwitz; su padre sobrevivió a un campo de trabajos forzados en Hungría y a un periodo en el campo de concentración de Mauthausen. La familia se mudó a Estados Unidos cuando Klara tenía un año. Ella creció en Los Ángeles, en una comunidad de sobrevivientes.

Las familias se reunían con frecuencia y era inevitable que, cuando la gente se reunía alrededor de mesas llenas de comida, alguien dijera: "¿Recuerdan cuando todo lo que queríamos era un pedazo de papa o una rebanada de pan?".

A través de estos momentos, ella empezó a darse cuenta de lo que sus padres habían vivido. Ellos no daban detalles, les preocupaba más que ella fuera una "niña estadounidense normal y agradable".

No obstante, algunos aspectos de su crianza fueron todo menos normales. Ni Klara ni muchos de los hijos de los sobrevivientes a los que conocía tenían niñera. Dice que sus padres no querían perderlos de vista. A cada momento les recalcaban la importancia de aprender. Sus padres la inscribieron a "cada lección conocida por el hombre", cuenta.

"Recibirás una educación", decían. "Es lo único que no pueden quitarte".

Cuando tenía 12 años, estrenaron la película El diario de Ana Frank. Su madre la llevó a verla. En algún momento, Klara entendió todo: de repente entendió aquello que había absorbido por ósmosis durante toda su niñez. Cuando la película terminó, ella y su madre hablaron. No recuerda los detalles de la plática, pero recuerda que tenía muchas preguntas.

Klara se convirtió en terapeuta y trabaja con sobrevivientes y sus hijos.

Fundó un grupo de apoyo para los hijos de los sobrevivientes y, junto con su madre, sirve en el consejo de administración del Museo del Holocausto de Los Ángeles. También ayudó a crear una red mundial de hijos y nietos de sobrevivientes, en la que aún participa.

Dice que una cantidad desproporcionada de hijos de sobrevivientes trabajan como terapeutas, consejeros, psiquiatras y psicólogos. Parecía la consecuencia natural.

"Nuestros padres estaban traumatizados, así que nos criaron de cara a ese trauma", dice. La forma en la que "interiorizaron ese trauma afectó la forma en la que criaron a sus propios hijos".

Algunos estaban decididos a no transmitir a sus hijos los horrores del pasado, así que les ocultaron cosas. Otros estaban tan atormentados que no podían guardarse los detalles y dejaron impactados a sus hijos.

"Parece completamente ridículo decir que yo tocaba en violonchelo en Auschwitz"

Maya Jacobs-Wallfisch, hija de Anita Lasker-Wallfisch

La vida nunca ha sido fácil para Maya Jacobs-Wallfisch. Cuenta que mostró los primeros signos de problemas a los dos años; que más tarde se hizo adicta a las drogas, que la salvaron en rehabilitación y que, después de varios intentos, decidió que el matrimonio no era para ella.

No obstante, la psicoanalista de 56 años tiene una explicación. Ella cree que "absorbió gran parte del trauma inconsciente" que flotaba alrededor de su familia, que "contenía todos los sentimientos, el desorden y el horror" del que nadie en su casa se atrevía a hablar.

"Nunca nos contaron realmente lo que ocurrió en una forma coherente u organizada", dice.

Sabía que era judía, pero no sabía qué significaba eso. La familia vivía en el oeste de Londres, en una zona pobre en la que habitaban principalmente irlandeses y negros, y eran "ferozmente laicos". Celebraban la Navidad. Ella cree que sus padres pensaban que era peligroso e imprudente identificarse con los judíos.

Dice que sentía que no encajaba en ninguna parte y que la criaron "sin ternura alguna".

Una vez, cuando tenía unos 11 o 12 años, se encontró con unas fotografías de cadáveres y de gente que se parecía a los muertos vivientes. Cree que entre esa gente vio a su madre. Pero cuando las encontró estaba buscando cigarros; sabía que no tenía que haber estado husmeando y encerró las perturbadoras imágenes en su mente atormentada.

En esa misma época, una niña del vecindario le preguntó por qué su madre tenía un número de teléfono en el brazo. Su madre le dijo simplemente que le explicaría cuando fuera mayor. Maya supo la historia antes que todos, cuando ella y su hermano recibieron copias previas de las memorias de su madre, que se publicaron en 1996.

En su profesión, Maya capacita a otros profesionales a entender lo que ella llama trauma transgeneracional y ayuda a los pacientes a entender la forma en que esta clase de trauma los afecta.

Sabe que debe perdonar, que su madre no eligió sus experiencias ni sus cicatrices. No duda ni por un momento que su madre la ama.

El mundo de su madre giraba alrededor de la supervivencia, de bloquear los sentimientos para vivir. "Todo lo demás —dice Maya— era en el mejor de los casos un lujo y, en el peor, algo incomprensible".

Dice que su madre no tenía amor, calidez y apoyo para dar, el sustento emocional que Maya ansiaba. Claro que no fue a propósito.

Fue una "consecuencia y una ausencia total de conocimiento", dice Maya. "Tuvo que ceder cosas en su vida para no enloquecer. Pero eso también significó que no era capaz de brindarme cosas que eran esenciales".

"Eso no es posible… quemar a la gente es una locura"

Alex Kor, hijo de Eva Mozes Kor

Alex Kor creció entre dos mundos.

Él y su hermana menor eran los únicos judíos en su primaria de Terra Haute, Indiana, Estados Unidos. Él iba en sexto año cuando dos niños lo arrinconaron en los vestidores, lo azotaron con una toalla y lo acosaron con la frase "niño judío". Poco después, su familia encontró unas esvásticas dibujadas en su casa con jabón, junto con la frase "vete a casa, sucio judío". Aunque parecía que su padre simplemente lo soportaba, el incidente casi hizo enloquecer a su madre.

En Israel, en donde la familia pasaba los veranos con los familiares, Alex solo conocía a otros judíos; todos los adultos habían sobrevivido al Holocausto, igual que sus padres.

Para Alex, de 53 años, no era inusual el tatuaje de Auschwitz en el brazo de su madre. De hecho, pensaba que era raro no verlo, por lo que solo una vez le preguntó a la madre de un amigo de la infancia, en Indiana, por qué ella no tenía números en su brazo.

Desde muy pequeño, tal vez a los cinco años, le enseñaron que habían pasado cosas malas en el mundo, pero que no tenía que preocuparse. Se sentía protegido y amado, aunque no tenía muchos familiares cerca de él, como sus amigos. El veterano del Ejército estadounidense que liberó a su padre de Magdeburgo, un campo dependiente de Buchenwald, vivía a la vuelta de la esquina. Él fue la razón por la que los Kors llegaron a Terre Haute y él y su esposa eran los abuelos que Alex no habría tenido.

Mientras vivía en Denver, a los treinta y tantos años, Alex dio con una reunión de hijos de sobrevivientes. Pensó que era una oportunidad social, pero se horrorizó cuando casi todos los presentes dijeron que habían intentado suicidarse. Ciertamente, la mayoría de los asistentes eran 20 años mayores que él. Eran hijos de sobrevivientes que habían perdido a cónyuges, hijos a los que habían criado antes de la guerra. Los padres de Alex no conocieron ese dolor en particular. Alex ciertamente no se identificaba con estos hijos.

Para él, ser hijo de sobrevivientes había sido un legado positivo que aceptar. Él pertenece a una segunda generación. Ha viajado con su madre a Auschwitz "unas 11 o 12 veces", cuenta. "Ya perdí la cuenta".

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Lo que sus padres vivieron le ha dado fuerza y perseverancia. Ha sido "un bono adicional", una herramienta que mantiene en su bolsillo.

Fue útil cuando tenía 26 años: le diagnosticaron cáncer de testículo. Al principio pensó que moriría. "Mi mamá dijo: 'No, no. Tu padre es un sobreviviente. Yo soy una sobreviviente. Tú serás un sobreviviente".

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