Las preguntas sin respuesta de los refugiados en Europa

Al toparse con fronteras cerradas y gobiernos insensibles, los migrantes que huyen de la guerra en sus países se preguntan quién los ayudará
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Autor: Arwa Damon | Otra fuente: 1

Nota del editor: Arwa Damon, corresponsal internacional en jefe de CNN, ha hecho reportajes de las guerras de Siria e Iraq que obligan a la gente a dejar atrás su vida y ha acompañado a los refugiados en cada etapa de su viaje desesperado hacia la seguridad. Estas son sus impresiones del periodo entre mediados de agosto hasta la primera semana de septiembre.

(CNN) — En medio de la lucha y de todos los cuerpos apretujados sobre la alambrada a lo largo de la frontera entre Grecia y Macedonia, unos dedos aprietan mi brazo.

"Por favor, estoy embarazada. Por favor", dijo la mujer con los ojos llenos de lágrimas. "Por favor, no quiero perder a mi bebé".

Le grité a la Policía de Macedonia desde el otro lado de los grandes rollos de alambre de púas. Les rogué que contestaran solo una pregunta: ¿Se abrirá la frontera? Pero, exasperantemente, solo miran al frente y se niegan a responder.

"¿Por qué nos hacen esto?", pregunta la mujer.

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Esa es una de las dos preguntas con las que me han bombardeado constantemente a lo largo de mi carrera. La otra es: "¿Cómo permiten que pase esto?" o alguna cosa parecida.

Suelo escuchar esta pregunta en las zonas de guerra de Iraq y Siria; la hacen quienes escapan del infierno que se ha cernido sobre ellos en forma de bombas de barril, ataques suicidas, matanzas sectarias o terrorismo de parte de ISIS.

El "ellos" que permiten que las cosas pasen suele ser Occidente. A pesar de que "ellos" han fracasado una y otra vez, muchos siguen aferrándose a la esperanza de que tal vez esta vez actuarán.

Las preguntas vienen de la mano de un dolor interminable y sofocante, de un pesar profundo y de desesperanza. Son preguntas que no podemos responder realmente, no de forma que justifique la miseria que se ha causado.

Pero esto es Europa. La gente que huye de la guerra no debería hacer esta pregunta aquí.

En la frontera de Macedonia, empieza a llover una vez más. La gente se reúne bajo una chaqueta o un pedazo de plástico. Los cuerpecitos se apretujan contra los de sus padres. Ha sido lo mismo desde hace cuatro días. Cuatro días de ropa mojada que no logra secarse antes de que vuelva a llover y no hay una organización humanitaria, un gobierno… nadie que haga algo tan sencillo como poner una lona.

Y no, no sé por qué los dejaron así. No sé por qué no se tomaron providencias en vista de que esta no es una ruta nueva para los refugiados que tratan de llegar a Alemania, no es un fenómeno nuevo. Ninguna de las justificaciones que he escuchado tiene sentido.

Fatoum solloza sobre el hombro de su esposo. Su hijo de cinco meses está enfermo, igual que la mayoría de los niños.

"Me arrepiento de esto. Desearía que ISIS me hubiera matado en vez de venir aquí. Esta es una muerte lenta", dijo la mujer siria en llanto. "Tenemos tanto miedo por nuestros hijos, tenemos miedo de que mueran".

"¿Por qué nos hacen esto?".

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'Podría ser cualquiera de nosotros'

Macedonia finalmente abrió la frontera e incluso construyeron una estación de trenes para los refugiados lejos de la ciudad en la que solían abordar. La población local se siente cada vez más molesta con ellos; su presencia fue una incomodidad.

Ojos que no ven, corazón que no siente. Probablemente es un insulto, pero a nadie le importa. Para la mayoría es una transición relativamente rápida.

Serbia es diferente. En un parque de Belgrado, cerca de la estación de autobuses y de trenes, los refugiados esperan debajo de los árboles y en tiendas de campaña. Allí distribuyen comida; el municipio tiene una estación médica; los hoteles y los restaurantes permiten el acceso a sus baños. Implica trabajo, pero ninguna de las personas con las que hablamos se queja.

Se acuerdan de la guerra.

"Un día estás repartiendo ayuda y al día siguiente puedes estar recibiéndola", me dijo un trabajador humanitario serbio. "El punto de inicio de cualquier conversación o debate sobre la ayuda y la búsqueda de la solución tiene que ser esa idea. Podría ser cualquiera de nosotros.

El transporte público lleva a las multitudes a varias zonas a lo largo de la frontera con Hungría. Algunos intentarán cruzar sin que los atrapen arrastrándose por debajo del alambre que serpentea amenazadoramente a lo largo de la frontera hoy marcada.

No obstante, la mayoría sigue las vías del tren hacia la abertura en la cerca y se entrega a la Policía.

Llegan exhaustos y desgastados, sus pies chocan entre sí y suplican por agua. Pero rara vez hay agua. Fui a hablar con un agente de la Policía húngara. "No inglés. Vete. No inglés".

Mientras caminaba a lo largo de la fila, finalmente encontré a uno que dijo: "Reciben lo mismo que nosotros. Deben regresar a su país. Son ilegales".

"¿Perdona?".

"Sí. Váyase. Ahora váyase, señora".

Esta es la entrada a la Unión Europea. Es la entrada a una vida de dignidad, en la que se respeten los derechos humanos. O eso era lo que pensaban los refugiados.

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Repartimos las pocas botellas que teníamos. Otros periodistas fueron a buscar agua. Nosotros fuimos a buscar agua. Pasó un hombre mayor montado en una bicicleta y escupió en dirección de los refugiados.

'Dicen que los sirios son sucios'

En la estación de autobuses de Keleti, en Budapest, las lágrimas rodaban silenciosamente por las mejillas de Nour. No es su nombre real. No quiere revelar su identidad, no por el usual temor por la seguridad de su familia, sino porque no quiere que su familia la vea humillada de esta forma.

Durante varios días, ella y otros miles de personas han vivido en la estación, han dormido en el piso en tapetes delgados y en cobijas y han sufrido la humillación de ver el asco en el rostro de la gente que se detiene para tomar una foto y reírse con sus amigos.

"Dicen que los sirios son sucios. Ellos son los que nos hicieron así, no tenemos en dónde lavarnos", dijo con amargura y tristeza. Solo hay algunos grifos para lavarse y no hay privacidad. "Hungría no nos quiere, pero no dejan que nos vayamos".

Ella tiene 27 años, es licenciada en Derecho y tiene dos hijos pequeños que aún viven en Siria, con quienes apenas puede hablar sin derrumbarse. Está viajando con unos familiares, corriendo contra el reloj de la guerra que podría matar a sus hijos antes de que lo logre.

Su única esperanza es llegar a Alemania para que la alcancen legalmente.

Sus manos y sus pies están cubiertos de costras porque intentó escapar del campamento de tránsito en Hungría, junto a la frontera con Serbia. Logró trepar por la alambrada, pero regresó.

"Ninguno de mis familiares pudo salir, así que tuve que volver a meterme, no podía seguir sola", cuenta.

"Es como estar en prisión. Nos dan agua y comida una vez al día. Nos arrojan el agua y tienes que pelear por ella como si fueras un animal".

La sola mención de la palabra "campamento" en Hungría provoca una reacción visceral entre los refugiados. Les temen a los campamentos y los odian.

"Nos golpean, ¿sabes?", agrega Nour. "En Macedonia eran crueles, golpeaban a los hombres tal vez una o dos veces, pero estaba bien. Aquí incluso golpean a las mujeres y a los niños".

"¿Cómo pueden dejarnos así? ¿Qué el mundo no ve lo que nos está pasando?", pregunta.

¿Cómo justificas o le das sentido a la realidad de que sí, el mundo está viendo lo que está pasando de la misma forma en la que vio y siguió viendo lo que pasa en Siria e Iraq?

Pero esto es Europa. No debería ser así.

"Lo siento tanto, no sé. No tiene sentido". Odio mi patética respuesta. El dolor de Nour es evidente y las palabras no le brindan consuelo; no puedo darle falsas esperanzas. Es demasiado frágil, se desmorona fácilmente.

'Gracias a Dios que estás aquí'

La esperanza llevó a cientos de personas a llenar un tren que pensarían que los llevaría a Alemania, o cuando menos a la frontera entre Hungría y Austria.

Mientras abordábamos uno de esos vagones atestados, alguien dijo mi nombre.

"Oh, qué bueno es verte, gracias a Dios estás aquí", dijo Marwa mientras tomaba mi mano. Nos habíamos hecho amigas cuando nos topamos con su familia cuando trataban de llegar a Hamburgo, cuando los húngaros permitieron de repente que los refugiados abordaran los trenes. Nunca lograron salir, así que traté de ayudarles a que les reembolsaran el boleto.

"Solo se les puede reembolsar el 50% y tienen que tener una cuenta bancaria", decía el agente de ventas de boletos sin expresión alguna. "Sin excepción".

Así que allí estábamos, finalmente en un tren, nadie sabía exactamente con destino a dónde, pero al menos saldrían de Budapest. Al menos existía la posibilidad de acercarse a Europa Oriental.

La hijita de dos años y medio de Marwa, Birlnt, reía junto con su nueva amiga, una niña de ocho años que recitaba el alfabeto en inglés mientras el tren salía de la estación. Las travesuras de las niñas hicieron sonreír a todos.

Sin embargo, una hora después de que partiéramos, el tren se detuvo y quedó rodeado por policías que ordenaban a los pasajeros que se bajaran y que abordaran los autobuses que los llevarían a un campamento.

"¡Campamento no, campamento no!", gritaban los pasajeros. Los hombres bloquearon las entradas y las mujeres y los niños rompieron en llanto. Fue demasiado.

Un hombre se lanzó junto con su esposa y sus hijos a las vías.

"Arwa, no podemos ir. Por favor, no podemos ir. No lo lograré, juro que mataré a mi hija y me suicidaré", me susurró Marwa mientras se acurrucaba entre dos asientos. Palideció. Sus ojos usualmente brillantes y traviesos se ensombrecieron. Me aterrorizó.

"No digas eso, te ruego que no digas eso"; las palabras se atoraban en mi boca. "No sé cuándo, pero te prometo que un día todo esto será una historia sobre cómo llegaste a Europa. Saldrás adelante, un día todo habrá terminado". No supe qué más decir.

Cayó la noche. Algunas personas durmieron en los compartimientos para equipaje, otras en el piso. Los niños yacían amontonados mientras sus padres acariciaban sus cabecitas.

Las baterías de nuestros equipos se agotaron. Nos fuimos, asqueados por la sensación de estar abandonándolos.

Al día siguiente, miles de personas marchaban de Budapest a la frontera con Austria. Ya no estaban dispuestos a esperar a que los líderes europeos decidan su destino mientras languidecen. Ya no estaban dispuestos a ver a sus hijos dormir en la calle, ya no estaban dispuestos a soportar la humillación.

Padres y madres llevaban a sus hijos en brazos o sobre los hombros; daban un paso decidido tras otro a la vez.

Conforme pasaron las horas, los niños empezaron a llorar; los pies ampollados dificultaban el viaje y los brazos estaban doloridos por cargar chaquetas, cobijas y bebés.

Sin embargo, a lo largo de esta autopista que va de Budapest a Viena, el flujo humano se topó con una oleada de compasión.

Había estaciones de agua y de alimentos, los húngaros ofrecieron las muy necesarias carriolas y, cuando los refugiados se detuvieron para descansar en la noche, había cobijas y bolsas para dormir.

La amabilidad y el apoyo, particularmente después del horrible trato a manos del gobierno y las fuerzas de seguridad, significaron tanto y fueron un impulso tal que era imposible no sentirse conmovido.

La frase de moda es que Europa ha "despertado", que el mundo ha "despertado".

Pero es trágico que haya tenido que llegar a este punto. Es trágico que fuera necesario que se diera a conocer la imagen de un niño muerto, Aylan Kurdi, tirado en la playa.

Llegarán más cadáveres a la playa, volverá a haber cuellos de botella humanos, el ciclo de miseria continuará porque persisten las guerras y la pobreza despreciables.

Continuará porque estamos atestiguando el producto de nuestros fracasos. Es el producto de las guerras, del ajedrez político y de un mundo que permite que crezcan la pobreza y la opresión. La realidad es que eso no terminará.

Es cierto que algunos migran por razones económicas. Pero la mayoría son refugiados de la guerra en Siria, Iraq y Afganistán. Estas personas han mostrado más valor y fuerza que cualquier persona que conozco.

Este viaje los degradó y los humilló, pero no los quebró. Siguieron adelante. Si no se hubieran levantado para andar, seguirían varados en la estación de trenes.

Se negaron a quedarse a languidecer mientras los líderes de Europa trataban de resolver la "crisis".

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No debería ser así.

Con información de Gul Tuysuz.

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