Facebook, ¿dónde quedó la magia?

Lejos de ganar adeptos, los cambios en aplicaciones de la red social paracen alejar a los usuarios; las alianzas de Facebook obligan a los internautas a tener más cuidado con el consumo de contenido.
computadora aburrida  (Foto: Thinkstock)
JP Mangalindan

Cuando Facebook finalmente se vuelva una empresa pública será un gran momento para Sillicon Valley, no sólo porque podría ser la mayor oferta pública inicial de una empresa tecnológica en la historia, sino también porque validaría el asombroso crecimiento de la red social hasta la fecha. Cuando me uní a ella, era una comunidad en línea sólo para universitarios que contaba únicamente con lo esencial y donde se podía hablar de cursos, de la vida en los dormitorios, y acechar a esa guapa compañera de clase de Historia de Asia del Este. Ahora, es el sitio de Internet en el que la gente pasa más tiempo, con 800 millones de usuarios de 13 años en adelante, que suben 250 millones de fotos al día.

En Estados Unidos, el usuario promedio pasa ocho horas al mes en Facebook. Yo, como el adicto confeso que soy, cumplo esas horas probablemente en una semana. Para citarme a mí mismo, Facebook eventualmente se convirtió en "una forma de vida: un camino embriagador y sin descanso que he transitado durante años, donde las señales de tránsito son reemplazadas por hilos de noticias dinámicos en tiempo real, y mi frágil ego puede ser aplastado o hincharse de orgullo en función del número de personas que se dignen a poner 'Me gusta' o, mejor aún, a comentar mis publicaciones". Para muchos, Facebook prácticamente es el Internet.

Yo solía poner 'Me gusta' en las actualizaciones de estado de mis amigos con la esperanza de que ellos me devolvieran el favor, retocaba 'Fotos de mí' antes de que subieran, deseleccionaba aquellas que no me retrataban en una luz suave embadurnada de vaselina (todavía hago eso en la mayoría). Lo peor de todo es que pasaba horas revisando 'Personas que quizá conozcas', creando una legión de 1,325 amigos y 11,370 suscriptores. Algunas de estas personas son realmente amigos. Algunas son personas con las que me he cruzado en el trabajo, con quienes he ido a la escuela, con quienes he salido en citas o deseado salir en citas. Otros son probablemente lectores de Fortune, a quienes estoy agradecido. Por lo tanto, ciertamente puedo decir que Facebook despertó y construyó una bestia narcisista en mí.

Luego, hace unos meses, mi relación con Facebook tocó fondo. La compulsión por iniciar sesión alcanzó un punto en el que revisaba Facebook incesantemente en casa, en el tren y en el trabajo. Cuando por alguna razón no podía entrar, me frustraba. Fue sólo cuando me encontré refrescando el hilo de noticias en mi teléfono entre cada abdominal en el gimnasio que me di cuenta de la magnitud de mi adicción. ¿Sería un gran problema si esperaba hasta después para revisarlo? Bueno, por supuesto que no. Pero trata de decirme eso mientras maldecía la recepción de mi celular sobre el banco de abdominales.

Me gusta pensar que existe una razón para ese incidente más allá de un caso leve de 'rabia en el gimnasio'. Por la forma en que Facebook está estructurado ahora, sientes que si no haces contacto con el flujo de información de la red social durante un segundo aquí, o un minuto allá, quedarás perdido. El panel de control (dashboard), que alguna vez fue ejemplo de una relativa simplicidad, semeja vagamente a una pantalla retacada de World of Warcraft. El hilo de noticias divide las actualizaciones en noticias importantes y noticias recientes, una distinción que nunca he necesitado. Y el teletipo (ticker) en tiempo real hace una crónica por minuto de los movimientos de los amigos a medida que ocurren, lo que suena bien en teoría, pero es más bien una distracción visual en la práctica.

La privacidad no era un problema (para mí) hasta hace poco. El encanto de Facebook alguna vez residió en la sensación de exclusividad que proyectaba: un parque cerrado virtual, abierto sólo a un grupo más pequeño de amigos donde podía comunicarme sin pensarlo dos veces. Ahora, cuando lo hago, me edito a mí mismo. Hasta cierto punto, mi perfil y actualizaciones son visibles para mi familia extendida, colegas, contactos profesionales, y un gran número de otras personas, así que publico mensajes, imágenes y enlaces bastante benignos dirigidos al mayor denominador común. Claro, podría crear diferentes grupos de amigos en Facebook y seleccionar quién puede y quién no puede ver mis actualizaciones, pero organizar y mantener esos grupos es demasiado trabajo.

Las crecientes asociaciones de Facebook significan que tengo que tener cuidado con el contenido que consumo. Porque si ingenuamente hago clic en un artículo del Washington Post en línea que un amigo de Facebook leyó, todas las historias que leí de ese medio son transmitidas automáticamente. Con otras aplicaciones como Spotify, la integración con Facebook es obligatoria, es decir que la mitad del tiempo entro en una 'sesión privada' para que los otros no puedan ver las canciones que estoy escuchando. Y aunque la publicidad dirigida puede ser un acuerdo ganar-ganar para los vendedores y los consumidores, no sé si sentirme divertido o incómodo con las recurrentes 'Historias patrocinadas' a la derecha. (Por cierto, Facebook, no me gustan los hombres con tatuajes ni los baños de enzimas de cedro).

Facebook también ha dado lugar a una etiqueta de usuario única para la red social; y no es completamente buena. Del mismo modo en que el comportamiento en el cine ha decaído -con celulares sonando y gente hablando a mitad de una escena-, estoy notando que algunos usuarios cada vez son menos amables. La gente me fastidia si no pongo 'Me gusta' en algo que publicaron. ("Amigo, dale 'Me Gusta'"). Otros esperan que yo sepa todo acerca de sus vidas porque somos amigos en Facebook. ("Bueno, lo viste en Facebook... ¿verdad?"). Y debido a que Facebook nutre nuestra propensión a la gratificación inmediata, esperamos que las cosas sucedan de forma más rápida que en la vida real. Un amigo escribió, de forma no irónica, en otro muro: "¿Por qué no me has respondido? ¡Ya pasaron 20 minutos!"

Quizá por eso muchos usuarios actuales y anteriores con los que he hablado seguirán alejándose de Facebook, desactivando sus cuentas, o reduciendo su uso. La evolución de la experiencia en Facebook los ha decepcionado o la red social los ha alejado cada vez más de la vida real, creando una falsa sensación de intimidad donde seguir a amigos y familiares en Facebook desplaza las interacciones más profundas y de calidad con ellos.

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Por supuesto, todo esto es el resultado del ingenio de Facebook y no voy a desactivar mi perfil en el corto plazo. Pero voy a tratar de usarlo menos. He invertido mucho en mi perfil de Facebook, he pasado incontables horas construyéndolo con amigos, fotos, ligas y actualizaciones de estado, que la idea de simplemente desconectarlo me parece la opción menos atractiva. Mientras trato de encontrar un término medio entre las revisiones en el gimnasio y desactivar la cuenta, me recuerdo a mí mismo las virtudes de Facebook. Me conecta con viejos amigos. Me expone, a través de partes iguales de recomendaciones sociales y casualidades, a información nueva. Y en lo profundo, aunque no lo diga, todavía quiero gustarle a los demás, sea cual sea el fugaz equivalente en línea de ello.

Nota del editor: Por cierto, si te gustó este artículo, ¿ves ese botoncito de Facebook arriba...?

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