La utopía del movimiento moderno

Fracasa intento de imponer el Movimiento Moderno, incluso a costa de las diferencias de cada región; la tendencia fue proclamada como una panacea universal que se debía adoptar con docilidad.
Antonio Toca Fernández*

La mercadotecnia del Movimiento Moderno no pudo, aunque lo intentó de muchas maneras, ocultar lo obvio: las diferencias entre las culturas y los lugares. Justo éste fue el tema central que recientemente se abordó en el congreso de la Unión Internacional de Arquitectos, realizado en Estambul.

Esta tendencia fue proclamada como una panacea universal que la arquitectura debía adoptar con docilidad, para que cualquier país pudiera llegar a ser moderno: trazos asimétricos, grandes ventanales con perfiles de acero y fachadas limpias. Pero su hipotética integridad se derrumbó definitivamente ante la heterogeneidad de los lugares en los que lo aplicaron.

La canonización del Movimiento Moderno, representado por Walter Gropius, Mies van der Rohe y Le Corbusier, no resistió el paso del tiempo y se impuso la verdad: la corriente no fue ni universal, ni unificada. Lo que antes fue verdad, diseminada por medio de libros y exposiciones que mostraban las imágenes de edificios mitificadas por la ortodoxia, fue progresivamente desmentido ante la evidencia de obras, de una enorme calidad y creatividad, en las que la modernidad se adaptó a las condiciones y características de diversas regiones; que son prueba de que las verdades universales no son, ni verdades, ni tampoco simples.

La existencia de una modernidad incontaminada no fue más que una intención propagandística de los defensores de la ortodoxia; y la evidencia de otra modernidad no tiene por qué suponerse inferior. La abrumadora cantidad y calidad de esa otra arquitectura moderna reveló, tanto la condición híbrida de la arquitectura del Movimiento Moderno, como su conversión en estilo cuando finalizó el impulso original de la vanguardia.

Resulta significativo que a más de ochenta años el concepto de modernidad siga vigente en obras que, siendo concientes de los aportes pasados, logran adaptar la modernidad a las distintas condiciones culturales, climáticas y sociales de su entorno. Esa otra arquitectura moderna es una muestra de la creatividad y vitalidad que permite la diversidad.
 
La existencia de una modernidad incontaminada no fue más que una intención propagandística de los defensores de la ortodoxia.

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Arquitecto e investigador en temas de urbanismo. *

 

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