La arquitectura y el habitar infantil

El inicio profesional de un arquitecto semeja a la forma en que un niño habita un espacio; ambos son procesos que el tiempo y la experiencia parecen borrar, ¿vale la pena recuperarlos?
Iván Hernández Quintela  (Foto: Gunther Sahagún)
Iván Hernández Quintela

"El adulto conoce qué aspecto puede llegar a tener un dibujo digno de su nombre, el niño, no, porque el niño no tiene como proyecto un dibujo, sino que tiene como inclinación el dibujar." Josep Quetglas

Ser arquitecto ‘profesional’ implica conocer nuestras responsabilidades, ejercer nuestra labor de una manera precavida y consciente; implica conocer nuestros límites y, de alguna manera, respetarlos.

Durante décadas, esos cánones han sido sagrados, pero quizá valga la pena como arquitectos echar la vista atrás y tratar de comprender cómo aprendimos a asumir el espacio cuando éramos niños.

Si se pregunta a algunos arquitectos ¿qué les dejó la universidad?, quizá muchas de sus respuestas resaltarían que la escuela de arquitectura les abrió los ojos hacia su actual contexto, como si antes de matricularse en la carrera hubieran ido por la vida con los ojos vendados, velados, si no es que cerrados. Pero no se podría decir que cuando se es niño uno va maniobrando a ciegas por el espacio.

Los infantes no navegan con las mismas herramientas perceptivas que un adulto. El niño es un ser observador que lo lleva al tacto; mientras que el adulto –con un análisis basado en la abstracción– ha aprendido a percibir y comprender el espacio como una entidad geométrica, y, por lo tanto, tiene la capacidad de entender distancias, escala, profundidad y proporciones a partir de principios como la perspectiva.

Este conocimiento abstracto lleva a los adultos a construir el espacio que están habitando mediante un ejercicio mental que los posiciona como un punto dentro de un gran plano geométrico.

Quienes ya rebasamos las primeras etapas de la vida solemos resolver un espacio laberíntico que implica reconstruir mentalmente el recorrido que se ha llevado a cabo para así armar una imagen de él, visualizada como una suma de líneas que se tuercen una en relación a otra.

En contraste, el niño no tiene ni siquiera la inquietud de reconstruir el espacio laberíntico para entenderlo, simplemente atiende a la emoción de tener la experiencia inmediata que provoca la propia búsqueda. Si para el adulto, cada giro en el laberinto es una pieza del rompecabezas; en los infantes, cada giro es una sorpresa, una posibilidad de encontrar la salida una y otra vez.

Si a un adulto se le plantea que visualice el espacio del laberinto, lo hace desde la visión de un pájaro para así configurarlo como un trazo arquitectónico; los pequeños, en cambio, simplemente no se visualizan volando por encima del espacio, sino que encarnan más bien a un animal como el topo, que hace espacio con su propio cuerpo en movimiento.

Así, el espacio no es una forma geométrica a entender sino una experiencia a asumir; tampoco es una forma a la cual observar a distancia, o quizás invadir, sino, sencillamente, un área de ocupación.

Por consecuencia, el espacio infantil es un espacio táctil. El niño comprende el espacio a partir de su cuerpo y, por lo tanto, existe solamente hasta donde su cuerpo llega. Todo lo demás es una cosa ajena en espera de ser apropiada. El espacio infantil es un espacio encarnado, un espacio íntimo.

Así, replanteando la frase de Josep Quetglas (que sirve de epígrafe a este texto), podríamos proponer que: el adulto conoce qué aspecto puede llegar a tener una habitación digna de su nombre; pero el niño no, pues no tiene como proyecto una habitacion, sino tiene como inclinación el habitar.

El arquitecto se beneficiaría de la curiosidad y la frescura con las que el niño se aproxima al espacio. Sin embargo, hay bagajes que son difíciles de descargar.

El movimiento moderno nos ha inculcado la obsesión por la función, ligada directamente a parámetros de eficiencia (formal, material, económica, programática, entre otras). Una mesa, para un diseñador digno del legado modernista, debe tener ciertas dimensiones, tiene que estar hecha con ciertos materiales, con cierto soporte para permitir una función específica.

Una buena mesa no sólo permitiría apoyarse cómodamente en ella para trabajar o comer, sino que ella misma encarnaría las características adecuadas de un buen trabajo: forma balanceada y restringida, material aplicado eficientemente, producción eficiente.

Para el niño, una mesa es una estructura vaga, abierta a posibilidades de uso, e, incluso, de abuso, pues al voltearla se puede convertir en una lancha, y al meterse debajo de ella sus patas se vuelven un bosque de elementos verticales. No es que la mesa deje de tener una función específica, sino que el pequeño entiende por ‘función’ una aplicación amplia, una capacidad de ‘funcionar’ para él bajo diferentes condiciones.

¿Qué puede aprender de los niños la arquitectura, si su ejercicio profesional nos presiona constantemente a dominar nuestro terreno de conocimiento?

El niño/novel arquitecto no sabe hasta dónde puede llegar, por lo tanto no se detiene en esa preconcepción; no planea ni genera planos de construcción, sino que construye en el acto mismo de proyectar.

Con mucha frecuencia son ignorados los límites del conocimiento y las capacidades del niño (y aquí extiendo el término para incluir al novel arquitecto); se descubren solamente durante la práctica.

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Yo sugiero que los arquitectos sometamos a prueba nuestro concepto de profesionalismo, que promueve el control y el dominio del espacio, para permitirnos descubrir nuevas posibilidades. No con la concepción de aprender a partir del ensayo y el error, sino a partir de la prueba y la prueba, dando como resultado no una arquitectura ‘correcta’, sino una arquitectura apropiada, es decir, abierta a la apropiación de usuarios activos y con imaginación.

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