Centros comerciales, ¿refugios?

Los parques y otros espacios públicos perdieron su razón de ser como puntos de encuentro social; estos sitios enfrentan la gran competencia de los centros comerciales, ¿qué determinó el cambio?
Gabriela Estrada  (Foto: Adán Gutiérrez)
Gabriela Estrada

Los centros comerciales son, sin duda, una de las opciones de entretenimiento más recurrentes para muchos citadinos. 

Al centro comercial se acude, no para adquirir artículos de primera necesidad, sino para acceder a alguna opción de esparcimiento, como el cine, tal vez a comprar ropa o zapatos, o en aquellos ubicados cerca de conjuntos de oficinas, para comer algo rápido antes de regresar al trabajo.

Y es que además de proveernos de mercancías, los centros comerciales satisfacen también la necesidad que tenemos de estar con los demás, de convivir en un espacio ‘público'.

Si se piensa con detenimiento, en los pueblos pequeños la gente se pasea por el parque o la plaza los domingos, y en muchas ciudades medias aún se camina tranquilamente por las calles, pero en las urbes más grandes, los centros comerciales han remplazado la plaza pública, ofreciendo un ambiente controlado para realizar, básicamente, la misma actividad: ver y ser visto.

¿Cuándo ocurrió esto? Cuando los espacios públicos urbanos dejaron de atender necesidades primordiales de sus habitantes: seguridad, confort, limpieza, sentido de identidad, renunciando así a ser el marco de una vivencia citadina satisfactoria y placentera.

No deja de ser lamentable que los espacios verdaderamente públicos de nuestras ciudades no hayan recibido, en todos los casos, la atención que debieran, pero dados los niveles de deterioro o inseguridad al que llegaron muchos de nuestros parques y calles, los habitantes optaron por refugiarse en sitios que pudieran ofrecer ocasiones de socializar, pero en ambientes controlados y relativamente seguros. 

Un nuevo nicho de mercado surge con la oportunidad de crear ‘simulacros de ciudad'.

Bajo este nuevo rol, los centros comerciales recrean entornos urbanísticos de baja densidad con el fin de albergar a usuarios que prefieren cambiar la libertad de movimiento y la exposición pública, por la exclusividad y la ‘intimidad' bajo techo. 

Cuando los centros comerciales de hace más de tres décadas abrieron sus puertas, el público aún no demandaba el nivel de sofisticación de ‘experiencia' al que hemos llegado, aunque ya se vislumbraba su potencial como espacio de distracción y paseo.

Así, fueron introduciéndose nuevos elementos para hacerlos más atractivos: los llamados food courts, de los que los primeros centros comerciales estaban desprovistos.

Luego extendieron el tiempo de visita al permitir al paseante comer allí mismo y después continuar su vagabundeo (y, eventualmente, comprar más cosas, que no deja de ser el objetivo último).

Cuando se anexaron también salas de cine, los centros comerciales se orientaron claramente hacia el esparcimiento. En tanto que, al cambiar la perspectiva de la función que buscan satisfacer estos espacios, debió cambiar también su arquitectura.

Los centros comerciales ahora más antiguos son en realidad poco más que una sucesión de tiendas, unidas por un pasillo donde se pasean los visitantes, con algunas posibilidades aquí y allá de espacios más amplios con una fuente o bancas y kioscos de venta.

Eso no impidió que adolescentes y amas de casa se volvieran visitantes frecuentes, lo que no deja de tener sentido, pues el centro comercial ofrece dos particulares ventajas para estos segmentos de población: 

1) Para los jóvenes que inician sus primeras salidas con amigos, qué mejor opción que estar en un espacio delimitado, vigilado y seguro. 

2) En cuanto a las madres de niños pequeños, cualquiera que haya recorrido las banquetas mexicanas empujando una carriola sabe que en un centro comercial encontrará condiciones mucho más favorables para el paseo.

El centro comercial contemporáneo asume más claramente su intención de sustituir el espacio público (léase, Andares, en Guadalajara; o Antara, en la colonia Polanco, de la Ciudad de México) y juega a ofrecernos áreas de descanso, vistas interesantes allende las vitrinas y espacios abiertos o semiabiertos para sentirse casi como en una plaza pública.

La oferta de mercancías y servicios no deja de ser primordial en los centros más innovadores, pero ahora realmente parece que pueden brindar todo lo que se necesita para sentirse -literalmente- como en la ciudad:

Hay riqueza de formas y volúmenes, hay ‘plazas' donde se presentan espectáculos ‘callejeros', andadores que simulan callejuelas, kioscos que recuerdan los puestos de periódicos, esculturas y placas que hacen oficio de minimonumentos y, por supuesto, muchas personas caminando... todo ello en un espacio bien mantenido, relativamente seguro, aséptico y armonioso.

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En fin, todo lo que quisiéramos que fueran los espacios verdaderamente públicos y al alcance de todos, lo son estos lugares donde, mal que bien, vamos a satisfacer nuestra añoranza de ciudad y de urbanidad. 

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