Japón pone el ejemplo en el desarrollo

Como en Japón, el desarrollo basado en la arquitectura debe considerar características regionales.
Gabriel Nieto  (Foto: Cortesía Gabriel Nieto)
Gabriel Nieto

Al hablar de desarrollo económico es imposible pasar por alto la infraestructura de una nación. La capacidad de movilización y, por supuesto, su arquitectura, reflejan la evolución y las tendencias (incluso artísticas) de la transformación de un país.

Japón es un buen ejemplo de la creación, preservación y modernización de la arquitectura.

La sociedad japonesa cuenta con dos realidades arquitectónicas: una que busca resaltar la modernidad y el avance tecnológico y otra que intenta preservar los estilos, las construcciones y la identidad cultural. La combinación de ambas ha generado un híbrido y una constante adaptación asociada con el ritmo de vida y la funcionalidad de espacios (públicos y privados).

El aprovechamiento del espacio y el valor del suelo son, sin duda, variables que definen el estilo de ese país, al igual que el equilibrio respecto del medio ambiente y la optimización de recursos materiales, económicos y de capital humano.

A su vez, la realidad rural presenta características muy distintas a las de las grandes urbes y de la megametrópoli: Tokio y su área conurbada.

La construcción y la arquitectura rurales, en combinación con entornos naturales, puede apreciarse a lo largo de Hokkaido, Honshu, Kyushu y Shikoku, las cuatro islas principales de Japón, sin perder el sentido del equilibrio y de la sencillez, ni reducir los esfuerzos ni calidad corporativa en la planeación, la edificación y el mantenimiento de sus obras.

El sentido del equilibrio busca respetar las condiciones naturales del entorno y hacer que cada nueva construcción embone con las características de la zona y sus materiales, que mantenga su funcionalidad y, por tanto, sea una edificación integral. 

La suma del nuevo edificio con el entorno implica que éste no será visto como una inserción forzada al impacto visual, los flujos de personas, servicios y tiendas que cohabitan con la edificación y sus conexiones de acceso, incluyendo el sistema de transporte.

Hay otra diferencia fundamental con la especulación inmobiliaria de Occidente. Una nueva construcción no implica necesariamente generación de valor económico para el área donde se ubica, a menos de que al integrarse al conjunto cree una identidad que dé plusvalía a la zona. Para ello debe existir una estrategia de desarrollo urbano y coordinación entre instituciones.

La relación entre la inversión, el tiempo y la tasa de retorno, así como los costos de mantenimiento, los beneficios y la generación de valor intrínseco (empleos, infraestructura y potencial de generar negocios) son aspectos que en Japón deben considerarse al diseñar un proyecto, especialmente si forma parte de un eje de desarrollo económico.

La administración pública del anterior Primer Ministro japonés, Taro Aso, tenía como política contratar a agentes locales (en su mayoría pequeñas empresas) para adecuar las construcciones públicas, fomentando de esta manera el empleo local e incrementando la competitividad en servicios y presupuestos de las constructoras locales.

Las pequeñas ciudades y pueblos japoneses preservan, en general, un estilo sencillo y están trazados de manera horizontal, sin que ello implique que existan limitantes en cuanto el acceso a servicios y espacios públicos, una correcta señalización y armonía de estilos y paisaje urbano gracias a la planeación regional, que une las dinámicas urbano-rurales.

Estas ciudades han sabido diferenciarse mediante la preservación de estilos naturales y espacios para la relajación (muy apreciados por el japonés), fomentando el atractivo turístico local y regional.

Algunas albergan grandes construcciones basadas en un concepto especializado, histórico o comercial, como son los casos del Centro de Música de Gunma, el Memorial Hall de Nagasaki y el pabellón de la Expo Aichi, sólo por mencionar algunos.

En el caso del turismo, es poco común que un solo edificio ubicado en una zona rural atraiga suficientes turistas para generar desarrollo económico; en especial, si no existe un medio de transporte público a un precio razonable que permita llegar a verlo.

Es mucho más atractivo si hay otros lugares para visitar y si la arquitectura resalta la identidad local y existe una oferta de servicios, como comida típica regional, museos, universidades y paisajes para apreciarlos.

La coordinación entre instituciones públicas y el sector privado es clave para diseñar un modelo atractivo y que pueda mantenerse a lo largo del tiempo.

Japón ha implementado la variable turística y de patrimonio histórico como parte de sus programas de fomento a las comunidades rurales.

La zona de Kansai, por otra parte, es un buen ejemplo de cómo generar desarrollo basados en un concepto geográfico urbano. La región ha diseñado una conexión natural entre cuatro ciudades (Osaka, Kioto, Kobe y Nara) con estilos arquitectónicos distintos y atracciones muy diversas y fáciles de conectar en lapsos de media hora.

Kansai alberga el puente más largo del mundo (en las afueras de Kobe), castillos, templos, zonas naturales y rascacielos.

Tokio, por su parte, es un caso muy específico debido a su alta densidad demográfica y al ritmo de vida que caracteriza esta ciudad. Pese a ello, ha logrado mantener la organización de sus 23 distritos y constantemente propone nuevas estrategias para desarrollar la comunicación en las ciudades contiguas y brinda nuevos servicios para facilitar el tránsito y el acceso al metro.

Sin duda, los retos para las pequeñas ciudades son mayores: ¿por qué alguien querría visitar alguna edificación fuera de las grandes urbes?, ¿cuál es el modelo ideal para generar desarrollo económico a escala local?

La realidad es que la creación de planes integrales urbanos en Japón (y la descentralización) ha demostrado que pueden producirse resultados medibles en el mediano y en el largo plazo.

El desarrollo económico basado en la arquitectura debe sustentarse en el desarrollo urbano y regional para definir una identidad y explotar su atractivo.

Los diseñadores deben preguntarse ¿qué espacio o qué serie de espacios son realmente únicos y mantienen la coherencia y el equilibrio entre sus habitantes? ¿De qué manera serán sustentables en el largo plazo? ¿Qué beneficios económicos generan estos edificios más allá de la fama y la competencia?

Tomar la perspectiva de usuario y analizar nuevas técnicas son otras herramientas que pueden apoyar el proceso creativo con objetividad.

Las nuevas teorías se basan ya no en estudiar las ciudades per se, sino en su contexto regional: recursos, conectividad, servicios.

Japón enfrenta retos como el aumento de las importaciones de materiales, el envejecimiento acelerado de su población y las implicaciones que esto conlleva en un sector como la construcción: escasez futura de capital humano, los costos de mantenimiento de espacios públicos, etcétera.

Cuestiones por las que esa nación debe visualizar cómo mantener el equilibrio entre su realidad y la vanguardia.

A su vez, tiene factores a su favor, como la innovación y la adaptación al cambio como parte de la vida cotidiana, fuertes centros de investigación y desarrollo, instituciones arquitectónicas y de diseño y su influencia en materia de tendencias e innovación.

Las decisiones de las autoridades japonesas marcarán la pauta para las naciones europeas que enfrentarán problemas demográficos similares, sus principales exportadores de materiales deberán renovarse –al igual que las empresas de bienes raíces y las constructoras– para satisfacer la demanda y ajustarse a los nuevos requisitos, con el fin de ofrecer el mayor beneficio habitacional y económico para los japoneses.

Asia-Pacífico vive una dinámica de competencia constante y la arquitectura no es la excepción.

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No se trata de construir edificios más altos, sino de buscar edificaciones integrales, adaptables a los retos de la vida y la economía contemporánea.

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