De entre las ruinas, los sismos de 1985

La Ciudad de México aprende de lo ocurrido en 1985, pero aguarda la próxima prueba.
De entre las ruinas. (Pedro Valtierra / Cuartoscuro)
Ángel Mendoza Cruz

Sintió el sismo en San Ángel —al sur del Distrito Federal— y no dudó que la ciudad resistiría. Así que esa mañana del 19 de septiembre, el renombrado sismólogo Cinna Lomnitz voló en una avioneta hacia el epicentro, las costas de Michoacán, donde suponía el mayor desastre. Mas en unos minutos de vuelo descubrió que no viajaba al horror, sino que los escombros y el fuego estaban en el DF; para entonces la muerte, la confusión y el miedo ya habitaban entre los capitalinos.

En Michoacán se informaba de dos muertos pero no de colapsos mayores. Esa noche, reestablecida la señal televisiva, las imágenes le dieron al investigador emérito de la UNAM otro panorama de la ciudad, escenarios que miraría al día siguiente al volver y hallarla convertida en rompecabezas. Entre recuerdos e impresiones, expresa a Obras: “Fue una sorpresa para muchos ingenieros y sismólogos, porque no se pensaba que un fenómeno así podría causar daños tan graves”.

Fallas no naturales
Sin descartar que algunos colapsos pudieron deberse a la corrupción, Lomnitz explica que las normas eran de lo mejor, pero las construcciones contemporáneas, a diferencia de las antiguas, no pasaron la prueba impuesta por la Tierra. Desde tiempos prehispánicos, explica, cada dos siglos ha habido en promedio dos sismos similares al del 85, por tanto, “el 90% de los expertos considera que el problema fue humano y no de la naturaleza; el movimiento sísmico en sí no tuvo nada de particular”.

De la misma opinión es el ingeniero Óscar de Buen, socio fundador de la firma de ingeniería civil Colinas de Buen, al valorar ese reglamento de construcción para el DF vigente cuando sobrevino el terremoto, que si bien databa de 1976, era reflejo del conocimiento de su tiempo.

Para él, de cada sismo se aprende algo nuevo. En 1957, cuando el ‘temblor del Ángel’, “México era una ciudad chaparra, con pocos edificios de más de siete u ocho pisos, y casi todos tenían gran número de muros divisorios, de tabique, rígidos y resistentes. En 1985 la situación había cambiado considerablemente, y hoy mucho más”.

Realidad y norma
Convencido de que no basta con que los reglamentos sean ‘una maravilla’, hace falta, sobre todo, que se cumplan. “Para eso deben involucrarse las autoridades. Si en la Ciudad de México, después de décadas de discusiones, no se ha encontrado un mecanismo adecuado, ¿qué se espera que suceda en los municipios?”, cuestiona De Buen.

Por su parte, en la ponderación de aquel reglamento, el doctor Arturo Tena Colunga, integrante de la Sociedad Mexicana de Ingeniería Sísmica, va más lejos: descarta que fuera “poco exigente” y en cambio lo califica de vanguardista a nivel mundial: sus disposiciones de diseño eran semejantes a reglamentos como el Uniform Building Code (UBC) de 1985 de Estados Unidos, cuya versión de 1988 también incorporó por primera vez recomendaciones especiales para el diseño de estructuras irregulares, la cuales se introdujeron primero en el Reglamento del DF en 1987.

Reconoce que aún hoy las reglas no siempre se respetan. Desde las Normas de Emergencia —decretadas por el otrora presidente de México Miguel de la Madrid—, se establecieron separaciones más rigurosas en el diseño de estructuras nuevas con sus colindancias. “Sin embargo, he observado edificios nuevos que se han construido sin respetarlas. Ignominiosamente, entre éstos existen algunos edificios públicos como la sede del Instituto Electoral del Distrito Federal, en Avenida Cuauhtémoc”, detalla Tena.

Tan preocupante es que las normas no se cumplan, como que éstas no sean acordes a las regiones del país. Precisa que la Constitución otorga facultades a los municipios para publicar sus propios reglamentos, pero por ignorancia de las autoridades, hay municipios carentes de ellos o que refieren aún a la versión del DF de 1987.

Descarta que por sí mismos los reglamentos actuales eviten daños y colapsos en la ciudad durante un futuro sismo, porque no consideran la enorme cantidad de estructuras de autoconstrucción hechas antes y después de 1985 ni garantizan el buen desempeño de edificios construidos previamente y que no han sido revisados o rehabilitados, o sufrieron pésimo mantenimiento. “El inventario de construcciones de estos dos grupos excede por mucho al que se ha construido ya con los reglamentos modernos”.

Lecciones aprendidas
El doctor Tena rememora también que en ese año no se disponía de un Sistema Nacional de Protección Civil. Además hoy se cuenta con una secretaría en el gobierno capitalino con tal responsabilidad, y existen el Sistema de Alerta Sísmica, así como el Centro Nacional de Prevención de Desastres. Sin embargo, lamenta que no siempre se nombra a las personas más capacitadas, “sino que se vuelven sólo cargos políticos”.

Las enseñanzas para la ingeniería sísmica mundial han sido significativas, dice, pero se olvidan o no se transmiten adecuadamente a los nuevos ingenieros del país. Ahora se sabe acerca de la elevada interacción suelo-estructura en edificios de la zona de lago, y que las amplificaciones de las ondas y su duración son más intensas en el Valle de México. Otra gran enseñanza es acerca del choque entre estructuras vecinas debido a la nula o escasa separación entre éstas.

Asimismo, se conoce la vulnerabilidad de las estructuras irregulares, estéticamente vistosas, pero sísmicamente problemáticas y que es todo un reto diseñarlas para garantizar una respuesta sísmica satisfactoria. Tena recuerda algunas condiciones de irregularidad que resultaron vulnerables: la torsión, sobre todo en edificios de esquina, que representaron cerca de 41% de los colapsos en 1985; algunas estructuras esbeltas, por la desproporción entre su gran altura y su planta reducida, así como estructuras con plantas demasiado rectangulares y otras con piso débil: planta baja abierta para estacionamientos o escaparates y plantas superiores con muchos muros.

Aquella catástrofe determinó revisar la reglamentación, lamenta, pero algo se ha aprendido: mientras que en EU se analiza la normatividad cada tres años, en el DF ocurre en promedio casi cada década, aunque se retrasa por cuestiones políticas. “Por ejemplo, la revisión del actual reglamento se tenía lista en junio de 2000, pero se publicó hasta 2004”.

Consciente de que puede ocurrir un sismo igual o mayor al de 1985, el ingeniero De Buen igualmente aprecia avances: se trabaja con aceros y concretos de resistencias más elevadas y se obtienen estructuras más ligeras, pero hay dudas acerca de cómo responderán los nuevos materiales.

Además de que ha cambiado cómo se construye y con qué, también las investigaciones en el campo de las ciencias de la Tierra han aportado nuevos conocimientos. Según Cinna Lomnitz, los terremotos de hace 23 años (el del día 20 marcó entre 7.3 y 7.9 grados Richter) detonaron investigaciones en otras partes del mundo, pues fueron una señal de alarma. “Somos vulnerables y necesitamos más investigación. Los japoneses dicen que el próximo sismo llega cuando el anterior ya está olvidado. Es muy peligroso que olvidemos ya 1985”.

El lago de los palacios
La extracción de agua del subsuelo es uno de los motivos del hundimiento de la ciudad. Conocedor del tema, Óscar de Buen es partidario de la descentralización para no saturar más la capital.

A su vez, Tena Colunga coincide en desmotivar el crecimiento de la mancha urbana, sobre todo en aquellas zonas ocupadas hace cientos de años por agua. En cuanto a erigir más edificios altos, recuerda que en “1985 tuvimos más colapsos en edificios cuyas alturas oscilaron entre seis y doce pisos. Edificios altos como la Torre Latinoamericana, la Torre de Pemex y el Edificio de Mexicana tuvieron un desempeño sobresaliente”.

“Actualmente —reitera— contamos con avances en materia de ingeniería sísmica que nos pueden permitir construcciones seguras en suelos poco competentes, siempre y cuando los que las diseñan tengan conocimientos actualizados y sólidos de la dinámica de estructuras y que quienes las construyan lo hagan con profesionalismo”.

Lomnitz asegura que en caso de sismo se refugiaría en el edificio más alto de la urbe, la Torre Mayor (ver Obras 361, enero 2003), pues lo considera el más seguro. “Hoy se construye lo mejor que se sabe, pero lo que se ignora es cómo reaccionará cada edificación ante un temblor, que es realmente el encargado de hacer la prueba”.

Carencias
En lo referente a protección civil, Roberto Hernández Alarcón, integrante de la Brigada de Rescate Topos México, precisa que el mayor reto “es que no hemos sabido motivar a la población para que haga trabajos de prevención y atención de los desastres”.
Comparativamente, el rescatista nota que las fortalezas actuales del DF van unidas a sus debilidades, porque “existe mucha gente que trabaja en Protección Civil, pero sus dirigentes no tienen idea de lo que hay que hacer”.

Partícipe en simulacros sísmicos de Japón, el doctor Lomnitz duda que una mayor práctica de éstos solucione el problema del DF, ya que al momento del sismo lo ensayado no funciona como en el plan, debido al carácter sorpresivo del fenómeno.

Por su parte, una insuficiencia que halla Arturo Tena es la instrumentación sísmica, que carece de financiamiento apropiado; además hay nuevas zonas de las que se ignora su comportamiento en un sismo: “Ahora existen numerosas construcciones en sitios donde antes no había nada, particularmente en la zona Sur-Oriente del Valle, tanto en Tlalpan, Xochimilco, Tláhuac, Iztapalapa y Milpa Alta, como en los municipios aledaños del Estado de México”.

La posibilidad de diseñar un edificio que no sufra daño alguno durante un sismo de gran magnitud conlleva una mayor inversión, remarca.

Esta alternativa se discute a nivel internacional con miras a incorporarla en un reglamento para que así, la sociedad en su conjunto se involucre, y que dueños, inversionistas y constructores sean corresponsables ante la eventual adversidad.

Vendrán más sismos, eso es seguro. No obstante el tema más importante será aprender de la tragedia y aspirar a que no haya más siniestros que lamentar por lo que se hizo mal o, lo que es más grave, por lo que no se hizo.

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