Oscar Niemeyer a los 100 años de vida

La obra del arquitecto brasileño, hombre de entereza e ideas inamovibles, es símbolo de futuris
En 1964 el golpe militar que derroca al presidente Goulart s
Por Claudia A. Arozqueta

Camisa limpísima, iniciales bordadas (O.N.), cuello abierto hasta el ombligo, impecable camiseta de algodón, holgados pantalones, un reloj de ancha correa cuya carátula mira hacia abajo, y un ocasional habano entre sus experimentados dedos, es el juvenil aspecto de un arquitecto de 99 años.

Oscar Ribeiro de Almeida Niemeyer Soares es uno de los arquitectos más reconocidos internacionalmente por sus proyectos innovadores y sus aportaciones mundiales a la arquitectura de los siglos XX y XXI.

Nació el 15 de diciembre de 1907, en la ciudad de Río de Janeiro. Amante del futebol (fútbol) y asiduo en su juventud a las “casa malas”, vivió años bohemios y despreocupados en las calles de Río.

En 1928 contrajo nupcias con Annita Baldo, hija de inmigrantes italianos, con quien estuvo casado por más de 76 años hasta la muerte de ella en el 2004. Como cabeza de familia, se aleja de la vida fácil y se emplea en la imprenta de su padre.

En 1929 egresa de la Escuela Nacional de Bellas Artes y en 1930 inicia sus estudios en ingeniería y arquitectura en la Universidad de su ciudad natal. Cuatro años más tarde, la pareja procrea a su única hija Anna Maria Niemeyer, quien ha colaborado con su padre como diseñadora de interiores en varios proyectos y actualmente es dueña de una de las galerías de arte más reconocidas en Brasil.

La carrera profesional de este prolífico arquitecto comenzó el mismo año en que se inició en la paternidad, en el estudio que dirigían los arquitectos Lúcio Costa y Carlos Leão; pero no despuntó hasta entrado el año de 1936, cuando fue seleccionado como cabeza del grupo de diseñadores del edificio del Ministerio de Educación y Salud de Río de Janeiro. En ese proyecto conoció y tuvo la oportunidad de trabajar con uno de los padres de la arquitectura moderna, el arquitecto francés Le Corbusier, quien formaba parte del grupo de asesores para la creación de dicho edificio.

Asimismo, afianzó su relación con Costa, también consejero del proyecto. Ambos arquitectos brasileños, Costa y Niemeyer, con sus numerosas obras y aportaciones se convirtieron en pilares de la arquitectura modernista en Brasil y Latinoamérica, la cual fue una expresión de progreso y renovación social, donde el diálogo entre el racionalismo y organicismo sirvieron de fundamento creativo. Juntos realizaron uno de los más ambiciosos y gloriosos proyectos arquitectónicos del siglo XX, la construcción de una ciudad ideal: Brasilia.

Y se hizo la ciudad
Considerada por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad en 1987, la ciudad de Brasilia nació el 21 de abril de 1960, después de 41 meses de intensos trabajos de construcción. La iniciativa de crear una nueva ciudad que fuera la capital de Brasil fue del entonces presidente Juscelino Kubitschek de Oliveira, quien buscaba impulsar con este proyecto la colonización del interior del país (el gigante amazónico tiene más de cuatro veces la superficie de México), así como concentrar los poderes en un territorio neutro, lejos de las disputas que mantenían por obtener un mayor poder político la entonces capital Río de Janeiro y la ciudad de São Paulo. Cuando la nueva urbe iniciaba su vida, Niemeyer ya pasaba de sus 50 años.

Brasilia fue creada con un moderno proyecto urbanístico ideado por Lúcio Costa, el cual estaba apegado a los principios de la Carta de Atenas, de 1943, donde se preveía una estricta zonificación funcional. De esta manera, la ciudad fue proyectada sobre un plano en forma de cruz (o de avión) y zonificada en tres niveles: en la primera zona se encuentra el sector del ocio y del entretenimiento, la segunda es la zona residencial y la tercera es la zona monumental, donde fueron levantados los edificios de la administración pública.

En una amplia avenida llamada Explanada de los Ministerios se encuentra uno de los mayores atractivos arquitectónicos de este Distrito Federal, la Plaza de los Tres Poderes, la cual es de forma triangular y está conformada por tres edificios independientes: el Palacio del Planalto, sede del poder ejecutivo, el Palacio del Congreso, sede del poder legislativo, y el Palacio de Justicia, sede del Supremo Tribunal Federal. Niemeyer fue el responsable de la creación de todos estos edificios públicos —también del Palacio Alvorada, residencia oficial del presidente; el Palacio Itamaraty, sede de la cancillería de la República; la Catedral de Brasilia y otros edificios residenciales— que tienen una arquitectura que sorprende, con una variedad de formas orgánicas que se funden y juegan con el hábitat.

Brasilia es un ejemplo mundial de audacia arquitectónica, planeación urbana de vanguardia y voluntad política. Contrario a lo que se creería, Niemeyer no obtuvo cuantiosos ingresos por su colosal labor. El capital que se tenía para llevar a cabo los trabajos de urbanismo y edificación era reducido, por lo que este singular arquitecto trabajó con desinterés financiero, teniendo como principal móvil el entusiasmo de demostrar al pueblo brasileño que los sueños de una nación se podían hacer realidad.

Arquitectura sublime
En 1938, Niemeyer llevó a cabo sus primeros proyectos arquitectónicos: la casa del famoso artista brasileño Oswald de Andrade y el conjunto eclesiástico de Pampulha, en Belo Horizonte. Con este último proyecto comenzó a desarrollar la arquitectura escultórica que lo caracteriza, que tiene como soporte el concreto armado y como elemento inherente la curvatura, la cual considera “la solución natural, presente en todo, en el razonamiento, en el universo, en la democracia y en la vida”. Las curvas —evocaciones del cuerpo femenino— le han dado osadas y sinuosas formas a sus creaciones y un sello distintivo a su producción.

El trabajo de Niemeyer empieza por el dibujo, el croquis. Lápiz y papel son elementos imprescindibles en su proceso creativo. Todas sus edificaciones las ha proyectado primero en trazos que salen de su biblioteca mental, que son articulados de acuerdo con el presupuesto y las características propias del espacio. Proyecta sus ideas, las analiza, escribe textos para argumentar su concepto. Cuando todo le parece claro y simple, es cuando nace la construcción.

En siete décadas de vida profesional, este ya legendario arquitecto, ha realizado proyectos alrededor del mundo, entre ellos el Museo de Arte Moderno de Caracas; la Universidad de Constantine, en Argelia; el Centro Cultural Le Havre, en Francia; el Museo de Arte Contemporáneo de Río de Janeiro (famoso por tener forma de platillo volador); el Memorial de la América Latina, en São Paulo; el Museo de Arte Contemporáneo de Niterói, así como la Organización de las Naciones Unidas, en Nueva York —proyecto en el que también trabajó con Le Corbusier.

En cada obra o arquiteto brasileiro busca crear construcciones audaces y livianas, que proporcionen, al mismo tiempo, funcionalidad y placer estético. “No es el ángulo recto el que me atrae, ni la línea recta, dura, inflexible, creada por los hombres. Lo que me atrae es la curva libre y sensual. La curva que encuentro en las montañas de mi país, en el curso sinuoso de sus ríos, en las ondas del mar, en las nubes del cielo, en el cuerpo de la mujer amada. De curvas está hecho todo el universo”.

Un amante de la vida
En la vida de Oscar Niemeyer la política siempre ha jugado un papel relevante. Sus convicciones comunistas lo llevaron al exilio en París, una vez iniciada la dictadura militar en Brasil en 1964. Trabajó en Francia durante muchos años; ahí diseñó, entre otras cosas, la sede del Partido Comunista Francés. Fue hasta 1980 cuando regresó a residir a su país, una vez declarada la apertura política.

Este genio constructor —galardonado con el Premio Lenin de la Paz (1963), el Premio Pritzker (1988) y el Premio Príncipe de Asturias de las Artes (1989)— prefiere hablar sobre la importancia de la vida y las desigualdades e injusticias sociales que embargan al mundo, en lugar de hablar de arquitectura. En su opinión, el papel de todo arquitecto debe ser el luchar por un mundo mejor, donde se privilegie lo público y no lo privado.

Niemeyer conserva dentro de él todo lo que amó, ama y gusta de la vida y lo recuerda siempre que trabaja. A sus cien años, este creador incansable de espacios, mobiliario, monumentos y revistas, en lo que menos piensa es en la jubilación: asiste diariamente (incluidos los sábados) a su oficina, situada en el penthouse de un edificio art déco frente a la playa de Copacabana. Hace apenas unos meses inauguró el Teatro Popular de Niterói. Actualmente trabaja en diversos proyectos, entre ellos, el edificio que albergará la Unión Nacional de Estudiantes de Brasil (UNE), y el Centro Cultural de los Premios Príncipe de Asturias, en Avilés, España. Este último complejo comprenderá una semiesfera blanca de concreto con varias plantas donde se albergará el Museo de los premios del Principado.

Hoy, Oscar, como él habla de sí mismo, en primera persona, se ha casado por segunda vez el año pasado con quien hasta entonces fue su secretaria, Lucia Cabreira. Ella, es 39 años menor; tiene 60. El periodista Jonathan Franklin, quien recientemente lo entrevistó, recogió su espíritu en una frase: “Todavía pienso como una persona joven, como si tuviera 30 años. Nunca me voy a rendir a la vejez”. Oscar, activo, disciplinado, gusta de trazar en grandes pliegos sus ideas, tal como si se tratara de su propia historia, dibujada en enormes lienzos, sin fronteras, con pasión y con un día a día donde privilegia la apreciación estética y el gusto por la vida, esa vida que sigue a los 100.

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