Una perla para las artes escénicas

Dentro de un gigantesco domo, tres espacios culturales afirman la trascendencia de Beijing.
Ubicado en el corazón de Beijing, sobre la avenida Changâ??a
Marcos G. Betanzos Correa

Donde hay educación, no hay distinción de clases”, apreciaba el filósofo Kung-tse —Confucio— quien, adelantado 2,500 años a su época, parece instar al mundo moderno a crear un perdurable legado de beneficio social.

En su país natal, el Centro Nacional para las Artes Escénicas sobresale como el bastión de esta fiebre por las manifestaciones artísticas, las cuales demandan espacios emblemáticos. Esta vez, la filosofía arquitectónica es obra del francés Paul Andreu, quien asiste al profundo renacimiento que vive China en la década presente. Su aportación se suma a la olimpiada cultural detonada por la justa recién ocurrida en agosto.

Rodeado de historia
Ubicado en el corazón de Beijing, sobre la avenida Chang’an, el originalmente denominado Gran Teatro Nacional de China concentra al interior de su elegante piel de titanio y cristal la creciente actividad artística del país asiático, emergiendo de las aguas calmas de un contexto por demás valioso. El edificio ovoidal se yergue en un emplazamiento privilegiado: a un costado de la Plaza Tiananmen (contrapuesto al Museo de la Revolución del Pueblo), en la cual es posible ver como eje principal el mausoleo de Mao Tse-Tung y el obelisco en honor a los Héroes del Pueblo. Cercana pero aún con un extraño toque de hermetismo, el misterio y magnificencia de la Ciudad Prohibida enmarcan la visual de este nuevo conjunto, de hecho, el primero en su tipo que se construye en Beijing.

Tan especial resulta el enclave que sugiere obediencia a otra de las enseñanzas de Confucio: “La virtud no habita en la soledad, debe tener vecinos”.

El proyecto se ubica al centro de una gran manzana que el gobierno municipal cedió para convertirlo en un espacio rodeado de áreas verdes con el fin de mejorar la zona. Sin embargo, ante la necesidad de generar un centro cultural, Beijing integró en éste una concha de 149,500 m2 a cubierto con la función primordial de ofrecer expresiones escénicas; un recinto de extrema hechura y absoluta calidad. La nacionalidad de sus creadores no opacó el espíritu chino, sino que se agregó, lo asimiló y propició una obra de primer mundo.

La paciencia rinde frutos
Adjudicado al equipo del arquitecto galo en 1999, tuvieron que pasar cerca de 10 años para que finalmente se convirtiera en realidad uno de los proyectos con mayor pretensión icónica para la ciudad. La razón: una fuerte controversia inicial por el carácter del edificio, su manufactura, e inevitablemente la temática presupuestal que motivó —a sólo tres meses de iniciada la construcción— a detener el proyecto para ser retomado en 2003 y finalmente realizar ajustes para desaparecer una sala experimental originalmente planeada. Después de programar su término en 2002, 2004 y 2006, la hora de abrir las puertas llegó en diciembre de 2007.

Finalmente, el magno edificio quedó conformado por tres escenarios: ópera, sala de conciertos y teatro —de 2,416, 2,017 y 1,040 asientos respectivamente—, todos ellos contenidos en una estructura interior e independiente de concreto que permite que el caparazón metálico quede exento de apoyos intermedios para librar un claro de 210 por 140 metros y sea, al mismo tiempo, utilizado como sistema de fachada.

Hacia el norte, dos terceras partes de ella están cubiertas por paneles de titanio y el tercio central (que enfatiza el acceso) se compone de un gran techo de vidrio con un claro de 105 metros. Esta disposición entre espacio abierto y cerrado permite que desde el exterior puedan percibirse los dos materiales de forma distinta. Por una parte, las 1,200 piezas de vidrio con laminado de DuPont protegen la zona pública para enfatizar la dinámica interna y permitir la presencia de luz cenital en el vestíbulo monumental, ya que en él se encuentran algunas zonas de exposición artística. Mientras, la titánica piel grisácea conformada por 20,000 placas contrarresta la ligereza del volumen que parece suspendido sobre el agua, ocultando a la vez un complejo sumamente organizado y eficiente donde se ubican todos los equipos, espacios de apoyo secundarios (camerinos, área de ensayo, backstage, bodegas) e instalaciones necesarias para cualquier puesta en escena.

Fusión de agua y acero
Reflejado en el gran lago artificial en pleno verano, este grácil cascarón es en invierno el vigía de una multitud que concurre para patinar sobre la capa de hielo. Su construcción fue posible gracias al empleo de armaduras metálicas apoyadas en un basamento perimetral de concreto que permite que las piezas generen las curvas y sean autoportantes, al unirse a 46 metros de altura.

Una vez instalada la estructura principal se soldaron refuerzos horizontales que recorren todo el sistema de fachada a cada 2.35 metros con una doble función: estabilizar el esqueleto de acero y, en cada cruce, recibir una ménsula ajustable que sujeta los paneles metálicos o de vidrio laminado, permitiendo variaciones angulares para generar la forma final. Así lo explica el equipo de ingeniería SETEC.

Así, la estructura en general se apoya en una losa de cimentación que, en combinación con una losa tapa de concreto, conforma un cajón estructural y de circulación que varía hasta alcanzar una profundidad máxima de 20 metros en la zona del foso de servicio de la ópera. La galería de acceso interior conecta al edificio con la plaza principal (adjunta a la avenida Chang’an) por debajo del agua, mediante una pasarela peatonal de 70 metros de longitud con cubierta de cristal.

Esta solución sobresale porque permite mantener intacto el carácter escultórico del proyecto. No hay interrupción alguna y esta transición —entre realismo urbano y espacio futuro— en franca sumersión le confiere al usuario una carga importante de misterio que se ve coronada al llegar al vestíbulo principal de carácter solemne y espacios bondadosos.

Al preguntar al arquitecto sobre la selección de materiales, Andreu comenta que el de mayor prioridad fue el vidrio, puesto que se requerían cualidades especiales para garantizar la seguridad de los espectadores y obtener beneficios acústicos que aislaran el interior del recinto; además, al ubicarse un mirador en el nivel más alto de la edificación, se requería un material que permitiera una vista impecable del contexto urbano para generar un momento de reflexión sobre la evolución de la ciudad.

En el vientre
La cualidad principal del acomodo interno radica en que cada espacio fue pensado como parte de un conjunto urbano, donde existen calzadas, zonas de transición vertical, descansos, tiendas, restaurantes y servicios. Todos ellos son regidos desde el centro por la sala de ópera que es escoltada por el teatro y la sala de conciertos, estratégicamente dispuestos para ser evacuados en caso de emergencia.

El diseño interior es conservador pero no menos sorprendente. El uso del color rojo y los paneles de madera en muros provocan una evocación de los elementos más tradicionales del arte chino, mientras que el equipamiento, la iluminación y los acabados metálicos no permiten un aire nostálgico. En la sensualidad de cada una de las curvas proyectadas tampoco hay lugar para el pasado.

Los asistentes encuentran los accesos de la sala principal a través de dos enormes pórticos dorados ubicados en el muro curvo que delimita el vestíbulo; justo en el eje longitudinal que conecta los tres foros se localizan las escaleras eléctricas para llegar a palcos y plateas de todas las salas. En la mayor de ellas, las butacas pueden ser desplazadas para dar cabida a un coro de 180 personas y el escenario principal puede albergar una orquesta sinfónica de 120 miembros.

Esta obra es en sí misma un objeto contrastante que ha generado el rechazo de parte de la sociedad, la cual afirma que materializa los excesos de un gobierno que busca imponer imágenes antes que contenido. No obstante, para su autor y diversos urbanistas locales, es un proyecto lleno de armonía, una combinación de ambición y modestia que fue madurando gracias a los comentarios críticos que se realizaron durante su construcción.

“La controversia nos enriqueció pero nunca perdimos de vista lo que considerábamos esencial desde el comienzo: que ésta fuera una aportación perfecta para Beijing y hoy en día lo es”, concluye Andreu.

Fotografiado millones de veces, el Centro Nacional para las Artes Escénicas, a pesar de su corta edad, ya se encuentra entre los edificios más buscados y característicos del orbe. El propio arquitecto, de 70 años, ha considerado este proyecto la mayor oportunidad de su vida.

Para China no sólo se ha logrado un hito, sino un acontecimiento; una adición del siglo XXI al tradicional y venerado patrimonio artístico de su nación.

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