Ciudad de polvo

Los albañiles, artífices reales del paraíso en Peñasco
(Carlos Ferrer)
Hugo Salvatierra Arreguín

Las olas rompen ligeramente en la playa. Mientras el sol sale en el paraíso, el viento de la mañana despierta a Martín Jiménez, de 44 años de edad y recién llegado de Hermosillo, Sonora, que se mueve de un lado a otro hasta quedar boca arriba. Minutos después, con las manos sobre la nuca, contempla el mar y, de vez en cuando, la decena de torres en construcción a lo largo de la costa que él mismo ayuda a levantar. Martín yace en una palapa y sobre una plancha de concreto. Desde hace cuatro noches, su almohada es una mochila donde lleva martillo, desarmador, cincel y otras herramientas que le permitirán ganarse la vida en una de las grandes obras turísticas del puerto.

En el mismo lugar, que emana un fuerte olor a orines, hay otros dos trabajadores de la construcción. A 100 metros, cinco hombres más acostados bajo el techo de un puesto ambulante y otro tanto duerme sobre la arena. Vienen de los estados cercanos, de la Ciudad de México y su área metropolitana, del Bajío e incluso de Chiapas y Oaxaca.

Puerto Peñasco está creciendo. Su perfil cambia gracias a un acelerado ritmo de construcción, una media de 700 cuartos anuales desde hace seis años. Hay previstos 34,900 cuartos más, entre casas, hoteles y condominios para 2025, según el Fondo Nacional de Fomento al Turismo (Fonatur).

Pero es difícil encontrar tanta mano de obra que levante, literalmente, los edificios. Los contratistas van a otras ciudades por trabajadores, quienes en busca de mejores salarios realizan el viaje. Otros tantos llegan por su cuenta. Algunos vienen de paso y en busca del sueño americano, mientras que muchos deciden quedarse. La vida no resulta sencilla ni para los recién llegados ni para los 5,000 trabajadores de la construcción ya establecidos, según las estimaciones de Reyel Taylor Pratt, director general de Sandy Beach Resorts, uno de los recientes complejos hoteleros levantados en la zona.

Cerca del desarrollo turístico Las Palomas, que actualmente construye una siguiente etapa, hay un grupo de trabajadores sentados sobre la tierra, muy cerca de un anuncio espectacular, en espera de la camioneta que los llevará a casa. Ahí, Eduardo Temoltzi, de 18 años, platica que un vecino suyo de Naucalpan, Estado de México, lo invitó a trabajar aquí. “A la primera semana ya me quería regresar, porque aquí no hay nada, está muy aburrido”, explica. La buena paga le hizo quedarse. Como chalán gana 1,800 pesos a la semana, 600 más que en su ciudad.

Él vive a unas calles del reclusorio, con nueve capitalinos más. En su nuevo hogar, el paisaje se reduce a calles de polvo, vehículos viejos, bardas improvisadas con láminas y tambores de cama, cables de electricidad al aire, piedras y hasta un deshuesadero de automóviles. En la casa, alquilada por el jefe, hay un par de sillones viejos, una litera, un televisor y un ventilador que intenta contrarrestar los efectos del insoportable calor. Más adentro hay un par de recámaras. A pesar de todo, David Labrera, compañero también de 18 años y del Distrito Federal, se siente afortunado. “Hay otros compas que viven en galeras o en cuartitos de lámina de cartón”, dice. Por todos lados se ven obreros que llegan solos a trabajar para poder mandar dinero a sus familias, que se quedaron en los lugares de origen. Pero en el terreno donde viven tantos hombres solos también hay espacio para una familia. Humberto Sánchez —23 años— llegó hace tres años desde Naucalpan, Estado de México. Un contratista lo invitó, pero a los tres meses quería regresar. “Muchos vienen solos, pero a mí no me gustó”, recuerda. Para retenerlo, su jefe le sugirió que trajera a Montserrat Salas, su esposa —de 22 años—, y a su hijo, Christopher, de cuatro.

Al principio vivían en otra casa, pero la demolieron para edificar departamentos, así que tuvieron que mudarse a este nuevo lugar, donde en 20 metros cuadrados tienen una recámara, una mesa y una cocina. Cuando el niño crezca o tengan otro hijo el espacio será insuficiente, por lo que tal vez, al igual que muchos, tendrán que rentar un espacio más grande o invadir un terreno sin pavimentación, drenaje, luz, o agua potable, muy lejos de los condominios de lujo que manos como las de su marido construyen en la playa.

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