Diseño con fe

Capilla del Instituto de Estudios Superiores de Tamaulipas Una forma geométricamente sencilla pero religiosamente poderosa convierte a esta obra
Julieta Boy

Antonio Toca Fernández nunca pensó que al aceptar una invitación para impartir una conferencia en Tampico acabaría proyectando una capilla en aquella ciudad. “Hay proyectos que buscamos y otros que nos buscan”, dice el arquitecto.

Las autoridades escolares del Instituto de Estudios Superiores de Tamaulipas (IEST) comentaron al arquitecto su inquietud por construir una capilla para estudiantes, profesores y trabajadores del Instituto; ya tenían reservado un terreno arbolado al fondo del campus, aunque no contaban con los recursos para construirla.

Toca volvió a la Ciudad de México con ello en mente y se puso a trabajar en el concepto de la capilla, sin ningún compromiso formal con la institución. La idea se fue gestando alrededor del pez, símbolo del cristiano primitivo.

Mientras trabajaba en el diseño, recordó La catedral, una escultura de Augusto Rodin, que consiste en dos manos ligeramente curvadas que se apoyan entre sí. A partir de ese momento empezó a imaginar cómo transformar esta idea de la catedral de Rodin en un espacio arquitectónico. “Rodin sin duda quería dar la idea de oración con esta representación de las manos, pero curiosamente entre ellas deja un vacío, que es exac­tamente la figura del pez”.

Esas dos manos entrelazadas generan la figura conocida como Vesica Piscis (vejiga de pez), símbolo que se remonta al inicio del cristianismo y que en la Edad Media fue un motivo muy utilizado en las catedrales góticas, en pinturas y esculturas. Ése fue el detonador del concepto del proyecto.

El trazo de la capilla partió de la intersección de dos círculos, los cuales provocan primero la silueta del pez, y al desplazarlos simbolizan las manos en oración de la escultura de Rodin, provocando a su vez por un lado el acceso y por el otro la sacristía, con tan sólo dos muros.

“Manos” a la obra
El arquitecto regresó a Tampico y sorprendió a las autoridades del IEST con su anteproyecto. Entusiasmadas, de inmediato buscaron la manera de conseguir los fondos para construirla lo antes posible.

La propuesta, por lo mismo, tendría que concebirse en tres etapas constructivas para facilitar el flujo de recursos económicos. Primero se levantarían los dos muros principales y el altar, de tal manera que pudiera darse misa dentro de ellos, siguiendo el concepto de un atrio, elemento arquitectónico de gran importancia en los inicios de la arquitectura religiosa cristiana en nuestro país.

En la segunda etapa se colocaría el techo sobre estos dos grandes contenedores espaciales, para proteger a los feligreses del sol, pero continuando con el criterio de una capilla abierta. Finalmente se colocarían puertas, ventanas, mobiliario y acabados finales.

Gracias a donaciones la obra inició en enero de 2006 y no paró hasta que fue inaugurada en septiembre de ese mismo año, con un costo total de seis millones de pesos.

Espacio simbólico

Ubicada dentro del campus del IEST, la capilla es una interpretación contemporánea del espacio religioso. El eje principal tiene 26 metros de largo y 15 metros en la parte más ancha. Sus 350 m2 pueden albergar a 200 personas sentadas.

Los dos muros que delimitan la forma del pez —uno de ellos de forma ascendente— permiten concentrar la atención en el altar. La solidez exterior envuelve un interior simple y dinámico de la capilla y la plaza de acceso: “Una novedosa solución a un espacio simbólico”, dice el realizador.

Los muros perimetrales son de block de concreto con columnas o contrafuertes de concreto armado ahogados, acabados con repellado y pintura hacia el exterior y revestidos con paneles de yeso hacia el interior. El techo es una estructura metálica a dos aguas y la losa es de concreto armado.

El espacio interior es de gran sencillez. El muro del altar está recubierto con mosaico veneciano opalescente que genera reflejos provocados por la luz natural que inunda el espacio a través de una linternilla y un tragaluz que corre a lo largo de la capilla. El altar y el ambón (atril de La palabra) tienen placas de mármol ocre-rojo de Brasil, con el petroglifo de una palma.

Todo el piso es de mármol blanco marfil de Valencia, el plafón y los muros están pintados en color beige y las puertas de acceso son de acero con placas de ónix de Puebla. También se colocaron vitrales sobre el presbiterio y el corredor principal. No fue olvidada la accesibilidad ubicándose una rampa que salva el desnivel de 45 cm de la nave.

Clímax
Debido a su forma se consigue una acústica perfecta que evita el uso de equipos de sonido. Los muros aíslan el ruido exterior y enfatizan la voz, la música y los cantos del coro ubicado en un nicho ex profeso. La isóptica se consigue con rampas de suave pendiente que permiten el libre acceso y facilitan la visibilidad desde todos los asientos. Las bancas de cedro rojo están colocadas en diagonal —como las espinas de un pez—, con lo cual se obtiene mejor visión y mayor atención de los feligreses. Las bancas están soportadas por tres apoyos de concreto, facilitando la limpieza y aparentando flotar.

Una puerta doble sirve como trampa ambiental —en Tampico se alcanzan hasta 37°C— y se cuenta con aire acondicionado. La altura libre interior es de 6.50 m, pero se decidió reducir la zona de confort, enfriando solamente hasta los 2 m. Con el principio de la catedral gótica, el edificio se sostiene por el mutuo apoyo de las partes que se elevan, como las manos de Rodin. Simbólicamente, una idea, un realizador y el estusiasmo de una comunidad también se apoyaron para materializar un anhelo. En definitiva, una cuestión de fe.

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