Hi-tech alpino

Restaurante Flickflauder Contra viento, nieve y distancias, AGPS Architecture sincroniza relojes con los madereros suizo
Marcos G. Betanzos Correa

Marc Angélil tenía ante sí un proyecto de pequeña escala y grandes exigencias. El principal enemigo a vencer era el tiempo, ya que sólo disponía de seis meses para su ejecución. “Estaba claro desde el principio que las técnicas de prefabricación tendrían que ser utilizadas para adaptarnos adecuadamente a un calendario tan ajustado”, afirma el arquitecto suizo.

La encomienda era realizar una ampliación de poco más de 220 m2 para anexar un restaurante en el hotel Hof Weissbad en los Alpes suizos. El cliente quería concluir la obra en poco tiempo para no incomodar a los huéspedes, además de seguir operando con normalidad. Las restricciones constructivas fueron innumerables, pero la principal para aceptar o rechazar el proyecto era el periodo de ejecución. En contraposición, el tiempo que transcurriera para realizar el diseño ejecutivo no era tan relevante para los dueños.

Así, se dedicó casi un año a desarrollar la solución ejecutiva del proyecto; sin embargo, lo más complicado fue la programación de la obra y cada una de las fases de edificación. Las condiciones geográficas limitaban el acceso de maquinaria pesada y la mano de obra local no se especializaba en elementos prefabricados de concreto, por lo que era natural pensar el proyecto en madera. Esto motivó el acercamiento con los mejores productores de madera y carpinteros, quienes resultaron fundamentales en los criterios y técnicas para fabricar las piezas requeridas.

Máquina exacta
La idea era crear un espacio que tuviera una expresión independiente respecto a la fisonomía del hotel. El nuevo restaurante estaría situado en la sección sur-oriente de las instalaciones originales. Sus dimensiones serían discretas: 22 m de longitud, 9.50 m de ancho y una altura variable de 3.30 a 4.40 m, con una capacidad máxima de 80 comensales. Su acceso daría continuidad al eje longitudinal que recorre el hotel y que vincula al mismo tiempo un primer restaurante existente. Además se dispuso una diagonal para enmarcar las visuales del jardín y las montañas de la región El nuevo edificio resultante tiene 11 módulos ensamblados entre sí para formar una entidad. Estos módulos de 28 cm de espesor son sostenidos por vigas de madera de 22 cm de ancho. A pesar de ser diseñados como marcos independientes debido a sus dimensiones, su estabilidad estructural quedó garantizada al interconectarse a través de una losa de cimentación.

Cada módulo se inclina levemente creando un juego visual provocado por la aparente desobediencia a la gravedad. La calidez del edificio además es acentuada por un revestimiento de zinc escamado —que adquiere una cualidad epidérmica—, en contraste con el liso y brillante interior blanco, donde el punto focal es el mural violáceo de la artista Blanca Blarer.

La mayor atracción para los visitantes, sin duda, son las persianas intermodulares. Las rendijas se enmarcan con cristal, dando por resultado un ritmo constante para el paso de la luz. En términos formales y espaciales es un arreglo secuencial de las aperturas que además enmarcan el paisaje que rodea al hotel. “Pareciera que nuestro edificio está de puntitas en la tierra cuando está cubierto de nieve”, afirma su creador. La impresión de una estructura camuflada se sugiere, pues en determinado momento el edificio se vuelve imperceptible por sus alturas variables que evocan el paisaje montañoso.

El edificio tuvo que ser montado en piezas: cuanto más grandes eran los miembros, “más rápido y más eficiente tenía que ser su ensamblaje”, precisa para Obras Angélil.La industria maderera local jugó un papel importante al colaborar en la realización de los elementos prefabricados. El diálogo constante entre el equipo de diseño y los fabricantes permitió identificar las tecnologías, equipos y maquinaria disponibles en el lugar. Finalmente, se optó por un sistema de construcción híbrido que combinó técnicas digitales y artesanales. La fabricación asistida por computadora facilitó el flujo de la información digital de diseño hacia los aserraderos.

Ingenio prefabricado
El tamaño de los marcos principales fue determinado por la capacidad de los vehículos en que serían transportados los elementos y las restricciones de altura de los pasos elevados de la carretera a lo largo de la ruta entre la fábrica y la obra.

Mientras la estructura era cortada en los aserraderos, los revestimientos metálicos exteriores fueron procesados manualmente. No sorprende que, durante la construcción, la petición más constante de los artesanos encargados de detallar cada una de las piezas fue reducir las diferencias dimensionales en los elementos, ya que esto aceleraría la ejecución de su trabajo.

El ensamblaje final tuvo que ser meticu­loso pero rápido. Para asegurar un alto grado de precisión en los diferentes frentes de obra, los proveedores y los obreros, a manera de ensayo, erigieron la estructura entera varias veces en un pasillo de la fábrica antes del inicio de la construcción. Las secuencias y problemas que fue arrojando el proceso constructivo debieron ser solucionadas progresivamente. Esto condujo al pre-ensamblaje de los módulos principales, sus componentes estructurales, aislamientos térmicos y acústicos, cableado eléctrico entre otros aspectos técnicos que debieron ser resueltos previos a la instalación in situ.

Finalmente, el ensamblaje de los elementos no llevó más de un día y culminó con éxito. Las soluciones que brindó la prefabricación fueron la mayor ventaja en el proceso constructivo, ya que al final sólo se ejecutaron detalles que no atrasaron la fecha de entrega pactada.

Para AGPS Architecture esta obra fue en sí misma un ejercicio de tecnología, una exploración de las características alternas de la arquitectura y su latente potencial de activar los sentidos. La incorporación de este cuerpo futurista, lejos de romper con la construcción tradicional, es una interpretación moderna con los mismos preceptos de calidad y funcionalidad. “Trabajamos con verdaderas exigencias constructivas, de tal forma que el proyecto desarrolla la capacidad de transformar la arquitectura en una verdadera máquina de precisión”, concluye Marc Angélil.

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