Leopoldo Lieberman Litmanowitz

57 años dedicados a la ingeniería
—Paola Rosado González

Un verdadero amante de su profesión, Leopoldo Lieberman desde pequeño supo que quería ser ingeniero. “Era yo muy buen estudiante, se me facilitaban las matemáticas”. Recuerda con cariño el día en que llegó a la preparatoria donde fue víctima de la famosa “perrada” que, en su caso, fue llenarlo de chapopote. Siempre un excelente estudiante, y por ser el mejor pasante de la carrera de ingeniería civil, le ofrecieron una beca para estudiar la maestría en el Georgia Tech, aunque soñaba ingresar al Tecnológico de Massachusetts (MIT), pero no lo aceptaron.

Paradójicamente, un profesor le ofreció un lugar en el MIT para hacer su doctorado, “pero si uno va a ser doctor se tiene que dedicar a la investigación y yo tenía otros rumbos: quería tener una compañía constructora”, recalca. Ya en México, empezó a ejercer como residente en la construcción de Ciudad Universitaria. Ahí participó en la Rectoría, la Biblioteca Central y en varios puentes. Con el tiempo, el grupo de trabajo de CU se consolidó en la exitosa compañía privada que hoy dirige Lieberman.

La obra que más satisfacciones le ha dejado fue el Estadio Azteca, donde participó como director técnico. Cuenta que en primera instancia se quería construir sobre la roca, pero debido a su insistencia y conocimientos en mecánica de suelos, afortunadamente no se hizo así. Gremialista de corazón, ha tenido varios cargos entre los que destacan la presidencia de la Cámara Mexicana de la Industria de la Construcción (CMIC) y de la Sociedad de Exalumnos de la Facultad de Ingeniería.

Fue también secretario del Colegio de Ingenieros Civiles y aspirante a presidente, “pero perdí por las trampas que me hicieron; nuestros votos no los entregaban”. Su pasión por la ingeniería lo llevó a crear el Premio Lieberman a la Mejor Obra que entrega la CMIC. Hombre lleno de anécdotas interesantes, comenta que un día se acercó al entonces presidente De la Madrid y le propuso que hubiera diputados y senadores ingenieros. “No estoy de acuerdo —dijo el ex presidente—, porque a usted como amigo, ingeniero y presidente de la Cámara le oigo y le creo; si fuera usted político, no le haría caso”.

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