Museo del Estanquillo

Una gota del mar urbano Estanquillos eran antaño las tienditas donde se encontraba de todo.
Ángel Mendoza Cruz

¿Cómo crear un espacio para tan diversas piezas que conforman las colecciones de Carlos Monsiváis? Ésa es la primera pregunta que el equipo de Higuera+Sánchez se hace para emprender la tarea de restauración y adecuación de un inmueble distinguido.

"Nos acercamos a las piezas para tratar de asimilarlas. El reto era cómo hacerles un soporte que no fuera el tradicional e incluirlo en un edificio que tiene una arquitectura tan protagónica, que por dentro es una cosa y por fuera otra", explica el arquitecto Javier Sánchez (DF, 1969).

Al platicar con Obras, el socio y fundador de este despacho y su equipo, integrado por Paola Calzada y Larissa Kadner —encargadas del diseño de interiores del nuevo museo— revelan que la invitación inicial era para crear los muebles, pero pronto se dan cuenta de la necesidad de hacer un proyecto integrador.

Surtiendo la tiendita
A pesar de las dificultades para transformar en museo un espacio no creado para tal fin, jamás se pensó en construir un edificio nuevo ni en ubicarlo en otro lugar que no fuera el centro de la Ciudad de México.

En entrevista, Rodolfo Rodríguez, director del Museo del Estanquillo, relata que este recinto abrió sus puertas el 23 de noviembre de 2006 tras cuatro años de planeación. A la iniciativa del entonces gobernante capitalino Andrés Manuel López Obrador, se sumaron el interés del empresario Carlos Slim y el apoyo de la UNAM.

El inmueble, que alberga la colección de Monsiváis, se halla en la privilegiada esquina de Madero e Isabel la Católica, a unos metros del Zócalo. A fines del siglo XIX estaba ahí la lujosa joyería La Esmeralda Hauser Zivy y Cía. México-París, que era obligada referencia con su portada ochavada.

Diseñado por los arquitectos Eleuterio Méndez y Francisco J. Serrano, la afrancesada Esmeralda ha funcionado como tienda de discos y oficinas del gobierno, no habiéndose hecho en esos años ningún esfuerzo por recuperar la majestuosidad de su anfitrión. Afortunadamente, en 2003 los arquitectos Gabriel Mérigo y José Hinojosa iniciaron su restauración en colaboración con el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y la Fundación del Centro Histórico de la Ciudad de México.

La intervención se realiza en dos frentes: en el primero se acometen las fachadas con sus frisos, cornisas, pilastras, molduras y ornamentos en general, pintando e impermeabilizando zonas diversas, mientras que en el segundo se efectúan los trabajos arquitectónicos e ingenieriles para adaptar los espacios a las nuevas necesidades.

El escritor Carlos Monsiváis (DF, 1938) es quien eligió el edificio. Entre bromas ha dicho que "ahí estaba la gran joyería del Porfiriato; ya salieron esas joyas, ahora entran las mías".

El tono irónico del autor se intenta reproducir en el recinto. Ésa es, a decir del director del museo, su fortaleza frente a otras ofertas culturales: no tiene una finalidad didáctica, sino de diversión. Sabe que en el ámbito de la cultura "no hay dinero que alcance". No obstante, aprecia que sin tantos recursos, los detalles se cuidan para lograr lo planeado.

En tiempos en que los proyectos culturales deben autofinanciarse, el museo se nutre de ingresos por medio de un fideicomiso —integrado por el gobierno capitalino, la Fundación del Centro Histórico y la UNAM—, además de las rentas obtenidas por la tienda de discos y la cafetería.

Anaqueles a la medida
Pese a que se suma al proyecto cuando ya está en marcha, Javier Sánchez se siente satisfecho de los resultados, pues existe una continuidad entre el diseño de los muebles y lo realizado por el INAH y el equipo museográfico.

"Para nosotros fue claro que el proyecto tenía que casi flotar en el espacio, que teníamos que tocar lo menos posible el edificio. Teníamos que ver la arquitectura a través de la exhibición. Por eso los muebles permiten pasar la vista por encima o debajo de éstos", acota el arquitecto.

Paola Calzada (DF, 1976) directora del área de interiores de Higuera+Sánchez, aclara que su mayor satisfacción es aportar un espacio para la ciudad al que acude gente muy diversa. "El público lo disfruta y se toma fotos en el lugar", nos dice.

Por su parte, Larissa Kadner (Munich, Alemania, 1976) gerente de proyecto en el área de diseño de interiores del mismo despacho, asegura que su trabajo propone soluciones diferentes para cada lugar, pero que siempre se adaptan al estilo del edificio. "En el primer piso lo conseguimos a través de las mamparas que se juntan y combinan para dar lugar a nichos y recorridos curvos. En el segundo nivel están las mamparas giratorias; eso permite jugar con el espacio", comenta Larissa.

Otro elemento destacable del mobiliario consiste en que se puede reutilizar, permite reconfigurar el sito. "En el primer nivel, el barroco, los muebles están sostenidos en patitas; en el segundo, que es más industrial, donde hay estructuras de acero, los muebles se unen a columnas y trabes", añade Sánchez.

Para el arquitecto, hubiera sido ideal disponer de la planta baja, hoy ocupada por una tienda de discos, pues ello favorecería la entrada. Sin embargo, valora lo conseguido en la terraza. "Colonizar las azoteas del Centro Histórico es algo muy importante, porque tienen unas vistas increíbles y son oportunidades para crear espacios públicos", opina.

¿Qué va a llevar, marchante?
El Museo del Estanquillo abarca 345 m2 en cuatro pisos; además de las áreas de exhibición, cuenta con sala de cine, biblioteca, cafetería y tienda en la terraza. Al iniciar el recorrido se aprecian mapas, litografías, grabados y otros objetos que abarcan desde la guerra de Independencia hasta la Revolución de 1910. Hay maquetas sonorizadas que reproducen ambientes diversos: pulquerías y plazas públicas. En este espacio destaca el techo con sus molduras cuidadosamente coloreadas.

Al igual que en el predecesor, en el segundo nivel la luz natural es atenuada. Ahí están la caricatura, la lucha libre, la carnicería… es el México posrevolucionario con sus contrastes sociales. Un mezzanine permite acercarse al cine: fragmentos de películas y fotos de actores y actrices.

En el último piso, el verde de las esmeraldas es el tema para acabados y mobiliario de la tienda; la cafetería, que por ahora funciona con el horario del museo, se planea abrir más tarde para disfrutar de las panorámicas nocturnas. Desde ahí, de día o de noche, impactan las vistas del campanario del Templo de la Profesa, la fachada del Casino Español y del reloj del edificio donde se ubicaba La Nacional.

Actualmente se exhiben 500 piezas de las aproximadamente 11 mil que ha reunido Monsiváis en más de tres décadas, por lo que este inmueble promete una continua renovación de lo expuesto.

El Museo del Estanquillo, Colecciones Carlos Monsiváis, es en palabras de su director "un regalo lúdico para los mexicanos, no un espacio solemne. Ahí el público ríe y descubre la historia de su identidad".

En ese mismo sentido, apunta el titular del proyecto, "hoy, para los arquitectos, trabajar en un espacio público es casi un producto en extinción. Este museo es el primer trabajo de esta clase en el que participamos y ver que funciona y a la gente le gusta, es muy grato. Te das cuenta que por más pequeña que sea tu aportación, al final resulta importante", concluye Javier Sánchez.

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