El efecto (nulo) de anular el voto

Anular el voto haría la diferencia para los partidos grandes, pero no cambia la historia de siempre; el profesor de la Universidad de Loyola, Pablo Peña, habla de qué necesitan hacer los partidos.
voto-papel-lapiz-escribir-JI.jpg  (Foto: Jupiter Images)
Pablo Peña*
CIUDAD DE MÉXICO (CNNExpansión) -

Si mucho más de un millón de ciudadanos va a las casillas y anula su voto este 5 de julio, los proponentes de la anulación masiva del voto podrán decir que su llamado hizo eco. Un número igual o menor al millón de votos nulos sería equivalente a lo que hemos visto en elecciones previas, en las que alrededor de 2.5% de los votos fueron anulados.

Ahora bien, aunque veamos mucho más de un millón de votos anulados, eso no significa que la anulación masiva del voto vaya a tener algún efecto.

Los proponentes de la anulación masiva, uno pensaría, creen que el efecto puede ser grande. Que se daría como un proceso en el que los políticos se darían cuenta de que lo que el electorado quiere empieza con campañas políticas más sustanciosas, que continúa con candidatos mejor preparados, y culmina con mejores políticas públicas. Sin duda un camino largo.

La mecánica sería más o menos la siguiente. En la mañana del 6 de julio los líderes del partido fulano (uno de los tres partidos grandes) se reúnen y, con los resultados en la pantalla de sus laptops, se preguntan: "¿cómo le hacemos para atraer el voto de los ‘anuladores'? Con sus votos ganaríamos el Congreso y la Presidencia". Al mismo tiempo, en la sede del partido mengano (en la raya de quedarse sin registro) la escena sería similar: "con los votos de los ‘anuladores', aseguraríamos nuestro registro por un ciclo más".

Hasta ahí el argumento parece tener sentido. Sin embargo, si vemos la evidencia de las elecciones recientes, truena. En el pasado, una gran masa de ciudadanos se adelantó al razonamiento de los "anuladores masivos": los "abstencionistas". Silenciosamente y sin coordinación, esos ciudadanos decidieron no votar. Seguramente no todos por las mismas razones que los "anuladores masivos", pero muy probablemente una buena parte coincidió en el sentimiento de repudio a los partidos políticos y sus candidatos, aunque sin tanta faramalla. Sin el aval de intelectuales. Sin la ayuda de Facebook o Twitter.

La faramalla de los "anuladores masivos" y la falta de faramalla de los "abstencionistas" no les importan a los partidos políticos. Lo que les importa es ganar en las elecciones. Y por su número, los "abstencionistas" podrían ser la pieza clave.

En las elecciones para diputados por principio de mayoría de 1997, el porcentaje de votantes registrados que se abstuvieron de votar fue 42.3%. En 2003, este porcentaje fue 58.3%. En otras palabras, de cada 100 personas que votaron en 1997, 28 decidieron no votar en 2003. Estos 28 de cada 100 hubieran cambiado radicalmente el resultado de cualquier elección.

Un porcentaje adicional de esa magnitud (28%) es suficiente para que cualquier partido se ponga las pilas e intente atraerlo mediante campañas más sustanciosas, candidatos más capaces y mejores políticas públicas.

Los partidos tienen a su disposición los datos sobre la fluctuación en las tasas de abstención. Saben cuántos votos están sobre la mesa. Saben que son suficientes para hacerlos ganar la Presidencia o el Congreso (en el caso de los tres partidos grandes) o para darles la posición de bisagra en el Congreso (en el caso de los partidos pequeños).

Probablemente pueden averiguar cómo cortejar a esos "abstencionistas". En suma, los partidos políticos ya tienen los incentivos para mejorar sus campañas, sus candidatos y sus políticas públicas. El efecto de anular votos masivamente no agrega mucho que digamos a la ecuación.

Necesitamos más creatividad para hacer que los incentivos que los partidos ya tienen funcionen.

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* El autor es economista de la Universidad de Chicago, profesor de Economía y Negocios en la Universidad de Loyola y especialista en casos de monopolio.

Nota: Los datos mencionados están disponibles en el sitio del IFE.

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