Más allá de Guadalajara

Un grupo bilateral de alto nivel está examinando la vida de los habitantes de la frontera; analizan todo lo que las cámaras ignoran cuando Obama baja de su avión, explica Alberto Bello.
harper-calderon-obama-cumbre-RT2.jpg  (Foto: CNN)
Alberto Bello /
CIUDAD DE MÉXICO (CNNExpansión) -

Las cumbres trilaterales generan más expectativas de las que pueden satisfacer. Se diseñaron como instituciones de alto nivel que dieran continuidad a la relación entre Canadá, Estados Unidos y México. El problema es que la continuidad se construye en el largo plazo.

El embrión de la Unión Europea, por ejemplo, surge en un continente destruido por la segunda guerra mundial con el fin de gestionar recursos de carbón y acero. Tardó cuarenta años en llegar al acuerdo de Maastrich, que sentó las bases para que el euro enterrara al franco, la lira y el marco, creó la ciudadanía europea y un marco de seguridad común. El TLCAN apenas cumple 15 años, y reúne al menos en el caso de México y EU a países económica e institucionalmente diferentes, y con aspiraciones distintas a las europeas.

La realidad es que la llegada del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, sus encuentros con el presidente Calderón, los discursos y la cobertura mediática, hacen que esperemos de las cumbres grandes soluciones a los problemas de pobreza, migración, seguridad y inestabilidad económica. La frustración es inevitable a pesar del hecho innegable de que las visitas frecuentes y un cambio en la relación que parece positivo.

La agenda que todos esperamos está en el disco duro y a veces no nos detenemos a revisarla. Quizá habría que preguntar qué esperan de estas reuniones quienes viven de cerca la relación bilateral: los habitantes de los 1,000 kilómetros que constituyen lo que llamamos franja fronteriza. Esos ciudadanos que viven en San Diego y trabajan en Tijuana, o que viven en Juárez y van de compras en El Paso. Los que comparten, a ambos lados, los problemas de agua, de seguridad, las dificultades de los cruces e incluso familia separadas por esa línea imaginaria que son las fronteras.

 "No hemos tenido una política ni en EU ni en México de desarrollo en la zona fronteriza", dice Andrés Rozental, presidente fundador del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (Comexi) y co presidente de un grupo mexico-estadounidense que se reúne desde febrero proponer medidas realistas para mejorar la relación bilateral. "El documento final hará recomendaciones de plazo inmediato y de mediano plazo para mejorar la frontera en migración, infraestructura o en instituciones".

El co presidente del otro lado es Robert Bonner, ex comisionado de Aduanas y ex director de la DEA estadounidense, que sustituyó en el grupo al primer co presidente, Alan Bersin, actual "zar de la frontera".

En el listado de participantes están ex embajadores estadounidenses como Jeffrey Davidow, Jorge Montaño o Tony Garza; ex secretarios como Fernando Solana; pero sobre todo lo forman habitantes de la frontera como el ex procurador de Nuevo México John Kelly, ex "zar" o el ex gobernador de Baja California, Eugenio Elorduy; un grupo de 30 personas que en unas semanas nos presentarán "una nueva visión de la Frontera México-Estados Unidos: soluciones conjuntas a problemas comunes", un documento que puede impulsar una nueva relación bilateral menos centrada en las frustraciones de este lado y más en las soluciones concretas desde los dos.

"Aunque los niveles de comercio e inversión en América del Norte y a través de la frontera se han incrementado sustancialmente, queda muy claro que aún no hay los demás temas que se requieren para darle a la región fronteriza apoyo económico", explica Rozental.

Las soluciones conjuntas a los problemas de seguridad pública, migración, facilitación del tránsito legal y de comercio (esa vida de lo que algunos llamaron mexamérica) de desarrollo económico y instituciones fronterizas salen de los ámbitos de Washington y la Ciudad de México para llevar la discusión a sus protagonistas, ciudadanos de la frontera.

Abordan nuevos tipos de controles fronterizos, de la vida de los residentes que tienen que pasar una frontera física de automóviles en filas de horas para sus actividades cotidianas, del comercio de bienes y servicios para entender la frontera como "un espacio económico compartido" y no como un límite que separa. Urge, por ejemplo, darle al Nadbank, el banco de desarrollo fronterizo, la capacidad de endeudarse y tener mayor autonomía para cumplir su misión.

La llamada Asociación para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (Aspan) guió la relación con Estados Unidos durante los últimos cinco años. Fue un acuerdo dominado por la preocupación de la administración de George W. Bush con la seguridad después de los atentados terroristas del 11 de septiembre.

Norteamérica vive hoy una realidad muy diferente: la de la crisis económica mayor de las últimas décadas -que consolidará el poder económico de las economías asiáticas-, y la guerra entre los carteles del crimen organizado y entre estos y el estado mexicano.

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Hacen falta nuevas propuestas que se enfoquen a potenciar la competitividad de los tránsitos fronterizos, a resolver las necesidades de abordar conjuntamente los problemas medioambientales como la escasez de agua, o que incrementen la cooperación de seguridad ante el problema dual de tráfico y consumo. Urge crear instituciones que saquen el debate de las capitales y se enfoquen en la vida de los ciudadanos de la frontera.

 * Es director editorial de Negocios de Grupo Editorial Expansión. 

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