“O la lana, o la chamba”

La remoción del presidente del Banco Central de la Argentina esconde un pecado; el cual es muy usado por el matrimonio Kirchner: el poco respeto a las instituciones.
ap-argentina-redrado  (Foto: AP)
Bárbara Anderson

En Argentina, como en México, cuando el presidente de la Nación lo nombra a uno como presidente del Banco Central lo hace para dos cosas: preservar el valor de la moneda y ejecutar la política monetaria, financiera y cambiaria.

Como en México, este es un ente independiente de los demás poderes y puede decirle que no a cualquiera de ellos, siempre y cuando cumpla a pie juntillas con las funciones para las cuales se nombró.

Con este mandato, asumió en Martín Redrado hace seis años como presidente del Banco Central de la Argentina, nombrado por el presidente Néstor Kirchner (esposo de la actual presidenta) y fue ratificado por el Congreso. También, como en México, mover a este funcionario de su cargo necesita forzosamente de la aprobación también del Congreso.

Hace un mes saltó la polémica cuando la presidenta Cristina Fernández creó mediante un decreto de necesidad y urgencia el Fondo Bicentenario para el Desendeudamiento y la Estabilidad, un titulo pomposo para una caja que busca pagar a los tenedores de bonos del Estado argentino.

Y más polémica generó cuando hace 10 días, y también por decreto, la mandataria decidió echar a Martín Redrado de su cargo por decirle que no a su idea de llenar ese Fondo del Bicentenario con 6,500 mdd de las reservas del Banco Central.

¿Cuál fue la razón que enarboló el funcionario para aferrarse a su escritorio? En los países emergentes y de economías volátiles, tener reservas evita que la moneda se devalúe si se produce una fuga importante de capitales.

La justicia restituyó a Martín Redrado en su cargo y al río revuelto se sumaron pescadores de Estados Unidos, fondos que lograron embargar una cuenta del Banco Central de la Argentina en Nueva York. Abogados mediante, se logró liberar ese candado.

La mayoría de los economistas y analistas argentinos se han enfocado en encontrar las razones de fondo de la búsqueda del dinero del Banco Central (el crecimiento desmedido del gasto público, la poca fortaleza fiscal del sistema, la urgencia de buscar dinero para hacer política), pero creo que hay un tema que va más allá de este árbol y que tiene que ver con el bosque: el poco respeto que hay hacia las instituciones.

 "El respeto cuando se pierde, es como el mercurio de un termómetro roto... imposible de recuperar", este dicho popular aplica a la perfección a esta última acción de la presidenta de Argentina.

Ante la pérdida de mayoría en el Congreso el año pasado, dejó de lado el debate y cambió el ok que tenía anteriormente con un poder legislativo con la mayoría de su partido, a los decretos de necesidad y urgencia.

El lema parece ser el mismo: "se hace lo que yo quiero" y si los legisladores no están de acuerdo, mejor ni les aviso.

Argentina ha vivido en los últimos años un rosario de crisis (que compiten entre ellas para ver cuál ha sido más dañina) y la razón central detrás de ellas no es ni la caída de los precios de los commodities, ni las pesadas deudas externas, ni los vaivenes financieros internacionales. La verdadera razón es la falta de compromiso ético de los políticos, de los funcionarios de turno.

Antes que ningún cambio, antes de discutir ninguna reforma o el uso de cualquier recurso propio o ajeno al gobierno es necesario reconocer el principio de legalidad.

Sólo con este ‘mandamiento' no sería necesario discutir si las cifras de inflación o de desempleo son reales o dibujadas por el gobierno, no llegaría a los titulares de los diarios la pelea entre el Secretario de Hacienda (o ministro de economía, como se lo llama en Argentina) y el presidente del Banco Central.

Y esto ‘del respeto a las instituciones', que suena muy pomposo no es ni más ni menos que hacer lo que a uno lo han contratado para hacer, actuar conforme a las leyes y seguir los procesos que la Constitución tiene establecidos.

El negocio es simple: de la buena gestión política nace la confianza del pueblo, de la confianza nace el respeto, del respeto nace el apoyo de la gente, con el apoyo de la gente (deberían saberlo los ‘rompe instituciones') se ganan elecciones.

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*La autora es la editora general de la revista Expansión.

 

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