El achicopalamiento ante Brasil

El anuncio de que se abren negociaciones comerciales con el país de Lula despierta muchos temores; ¿Miedo a qué? Hay que analizar las oportunidades para México, principalmente en manufactura.
balanza-comercio-comercial-dinero-JI.jpg  (Foto: Jupiter Images)
Alberto Bello /

El pesimismo nos devora, enferma y paraliza. "México está jodido", dice el seleccionador nacional Javier Aguirre, y asentimos resignados. El pánico a lo desconocido planea sobre la reforma política: "no estamos preparados para reelegir a nuestros legisladores", se comenta. Algunos empresarios tienen claro el plan de ruta de las negociaciones comerciales con Brasil anunciadas el martes: "nos van a arrasar".

Mejor no hacer nada, porque cualquier paso conduce al desastre. Aunque el paso no sea otro que echarle ganas a un partido, permitir a los buenos diputados  repetir legislatura, o sentarse a una mesa negociadora para ver cómo asociarnos al segundo mayor mercado del continente. No hagamos nada, porque más vale malo conocido que pésimo por conocer.

Brasil creció en promedio 5% en los cinco años previos a la crisis, y casi ni notó el desplome del mercado estadounidense (entre otras cosas porque China es su principal cliente). Su clase media crece a ritmo acelerado (hoy representa 52% de su población de casi 200 millones de habitantes), y sus ciudadanos compran casas, celulares, computadoras y coches a lo loco. Es un mercado que apenas empezó a abrirse, y que firmó su último acuerdo comercial, Mercosur, en 1991 -nosotros, tiernos corderitos, estamos abiertos a la mayor economía del planeta desde hace 16 años. Pero seguro que nos devoran.

Si miramos el asunto con lupa, veremos que Brasil invirtió 1,086 millones de dólares en nuestro país en 2009, y México allá 17,000 millones. Un acuerdo comercial suele diseñarse para proteger inversiones (algunos nombres: Softek, Telmex, Cinépolis), pero nosotros mejor no le entremos, no vayamos a perderlas del todo.  

La secretaría de Economía (quién les cree) insiste en que la regionalización es una tendencia imparable y paralela a la globalización: en Europa 75% del comercio es intrarregional, en Asia supera el 50% y en América Latina es menor al 20%. Ni modo. Si esto es una oportunidad de diversificar exportaciones y lograr mayor integración, que la aprovechen los chinos, si son tan listos.

Ya sabe por dónde voy. Esa palabra tan mexicana, "achicopalarse", está a la orden del día.

El Brasil de Lula está mirando al exterior. Tiene el reto de construir la infraestructura de la Copa del mundo y las Olimpiadas; sus familias necesitan los frigoríficos, teléfonos y autopartes como los que fabrica México. Su empresa petrolera estatal encontró un yacimiento, Presal, en aguas profundas que no podemos comparar con los que, por incapacidad técnica, no sabemos si hay en el golfo de México, ¿cuánto puede aprender Pemex de Petrobras? Es una economía industrial, una democracia viva y en pleno desarrollo, un socio que podría ser ideal si de verdad se sienta a negociar. 

¿Qué hay de malo en sentarse a platicar? ¿qué hay de malo en levantarse de la mesa, como ya ha dicho el gobierno que hará si el resultado de la negociación no le satisface? Es cierto: habrá que agendar el desmantelamiento de barreras no arancelarias, pero cuidado a ver si vamos a salir perdiendo (al parecer, tampoco nos las gastamos mal aquí en el norte). Quizá hay que fijar una meta ambiciosa, más allá de lo comercial o tal vez el camino sea gradual. De nuevo, ¿qué hay de malo en darle una pensada?

Economía ya entendió que deben escuchar a las empresas. Suenan razonables los temores de algunos sectores del campo no modernizados (azúcar, café) y abatidos por la (en mi opinión) fracasada reforma del ejido; o los curtidores y fabricantes de calzado, sectores muy competitivos en Brasil.

Pero por qué no analizar las oportunidades en manufactura, tecnologías de la información química y petroquímica, como la espectacular coinversión de 2,500 millones de dólares de Idesa y Brasken en Coatzacoalcos, Veracruz anunciada ayer. Por qué no pensar en qué podemos aprender de Brasil.

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Hace un mes una portada de la revista Expansión investigó las razones por las que que no hay que calcar el modelo brasileño. Principalmente, porque muchas cosas ya las tenemos, y están bien. México puede sentarse a la mesa, conocer más a fondo a la primera economía de América Latina, y si no hay acuerdo, esperar a la próxima.

México también sabe jugar bonito, aunque hoy no lo crea.

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