Calderón malgasta oportunidad histórica

El presidente se presentó ante el Congreso de EU con un discurso opaco, dice David Sarquis aunque pueda sonar exagerado, hablar hoy al poder legislativo de los EU es hablarle al mundo.
calderon congreso EU  (Foto: AP)
David J. Sarquis Ramírez*
CIUDAD DE MÉXICO -

El día 20 de mayo del 2010, el presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos se dirigió, en sesión conjunta del Senado y el Congreso, al poder legislativo de los Estados Unidos de América.

Desde hace algunos días, cuando se empezó a manejar la nota respectiva en los medios, se habló de una oportunidad histórica que despertó importantes expectativas en ambos lados de la frontera; ¿qué iba a decir Felipe Calderón al poder legislativo de Estados Unidos en pleno; qué podría decirles?

Aunque para muchos analistas la visita oficial del Presidente Calderón a Estados Unidos llega tarde, no por ello pierde relevancia. Ciertamente la agenda bilateral se encuentra en estos momentos visiblemente abultada, en parte con algunos temas nuevos, pero también en parte con asuntos que tienen ya un marcado rezago y que no dan visos de poderse solventar al corto plazo, a pesar de la aparente buena disposición y mutua simpatía que vincula a los dos ocupantes actuales de las casas de gobierno en nuestros dos países.

La oportunidad se calificó de histórica porque la posibilidad de dirigirse al poder legislativo de Estados Unidos en pleno es realmente un privilegio limitado. En 136 años, desde que arrancó esta tradición con la visita del rey Kalakaua de Hawái en 1874, son escasamente poco más de 100 los personajes que lo han disfrutado, entre ellos 11 monarcas y tan sólo 10 mujeres.

Calderón Hinojosa es apenas el séptimo presidente de México que tiene esta oportunidad. ¿Histórica? Sin duda. La sede del poder legislativo de los Estados Unidos no es cualquier lugar; mal que bien, es uno de los símbolos visibles de la democracia más importantes a nivel mundial; el sitio idóneo para un verdadero estadista: una persona a la altura de su tiempo y su circunstancia, un individuo capaz de motivar la acción política para la solución de problemas sociales apremiantes. Y vaya que si la agenda bilateral entre México y Estados Unidos se está tornando problemática.

Aunque pueda sonar exagerado, hablar hoy día ante el poder legislativo de los Estados Unidos significa en gran medida hablarle al mundo. Por ello, resulta fundamental medir con precisión cada una de las palabras que van a decirse. Es cierto que, aun con todo el cuidado del mundo, siempre habrá quien escuche lo que no se quiso decir o quien piense que se dijo algo distinto de lo que se tenía en mente.

Hoy mismo ya hay reacciones en los medios, de gente de aquel lado de la frontera disgustada porque Calderón interfiere en asuntos de competencia interna de la política estadounidense o quien airadamente protesta porque siente que nuestro presidente quiere limitar su inalienable derecho a portar armas. Algunos de los sectores más radicales de la sociedad americana sienten de hecho que están en guerra contra hordas de mexicanos ilegales que buscan apoderarse de su país; recuperar lo que perdieron en la guerra de 1846. Es claro que para esas voces difícilmente habrá palabras convincentes.

Pero tampoco ayuda mucho que nuestro Señor Presidente se presente ante este importante foro, en histórica ocasión, con un discurso opaco que reseña superficialmente supuestos logros actuales y a futuro de su gobierno (que cualquier especialista en asuntos de México del vecino país podría cuestionar de manera hiriente) para tratar de convencer al Senado y el Congreso de la Unión Americana de la importancia que tiene la acción conjunta con el vecino del sur en la atención a delicados problemas comunes.

Tradicionalmente, inspirados en principios básicos de derecho internacional, los gobiernos mexicanos han exigido trato de iguales en la relación con Estados Unidos. En la práctica sin embargo, el más descarnado realismo político los ha llevado a ellos, a tratarnos en el plano de una desigualdad política acorde con el peso específico de cada uno sobre el escenario internacional: gajes de la asimetría política.

Eso no significa, desde luego que México deba agachar la cabeza de manera sumisa. Pero claramente significa que se requiere, por parte nuestra, de un mayor tacto y sensibilidad política para negociar con los estadounidenses. Cualquier aserto nuestro que pueda ser percibido como una instrucción (incluso amigable o sensata) sobre qué hacer  en cualquier área de su política pública será mal recibido de aquel lado de la frontera.

El gran secreto de las partes débiles en las relaciones asimétricas consiste precisamente en poder trasladar sus intereses a las iniciativas de los poderosos, para que puedan ser ellos quienes las presentan como sugerencias propias.

Felipe Calderón señaló hace apenas unos días que las cosas marchan bien en México, sólo que hay un problema de percepción en el extranjero sobre la realidad de nuestro país. ¿No era esta buena ocasión para hablar precisamente de eso; de las percepciones mutuas y los estereotipos que nos han convertido en vecinos distantes?

En todo caso, me parece evidente que, aun habiéndose desperdiciado una oportunidad histórica de mayor acercamiento al pueblo y al gobierno de los Estados Unidos, no debemos cejar en el empeño:

a) de autoanalizarnos de manera crítica (sin necesidad de inmolaciones innecesarias) y

b) de trabajar con ahínco en la proyección hacia el exterior de una mejor imagen.

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Pero cuidado, nuestro problema no es exclusivamente mediático, para proyectar una buena imagen es necesario primero construirla sobre bases sólidas, de otra manera ésta corre el riesgo de deteriorarse rápidamente ante el peso contundente de los hechos.

*El autor es profesor de planta de la Dirección de Ciencias Sociales y Humanidades y del Departamento de Estudios Sociales y Relaciones Internacionales del Tecnológico de Monterrey, Campus Estado de México.

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