La familia al acaecer del Bicentenario

El festejo es un motivo para reflexionar lo que como mexicanos hemos hecho, dice Martín Hernández; el autor explica la evolución legal y social que ha tenido la familia con el paso de los años.
tv-television-familia  (Foto: Jupiter Images)
Martín Hernández*
CIUDAD DE MÉXICO -

Es momento de festejar cien años de nuestra revolución y doscientos de independencia. Esta fiesta mexicana está cargada de alegría y colorido pero también es una oportunidad para la  reflexión. Si tomamos como punto de partida el nacimiento del Estado Moderno (siglo XV) nuestro Estado Mexicano está saliendo de la adolescencia en el siglo XVII y por ello es tiempo de comenzar a plantearse preguntas como: ¿Qué se ha hecho hasta hoy? ¿Cómo se ha vivido? ¿Qué se espera? ¿Qué se quiere?  Comenzando así el duro pero satisfactorio camino de la madurez. Entre las serpentinas, "espanta suegras",  matracas, campanas y otros muchos instrumentos que expresan nuestro orgullo de ser mexicanos debe haber cabida para el silencio y la  pausa que nos permita lanzar preguntas propias de nuestra edad como País. Pasar del qué al por qué y al para qué.

No es extraño que una persona que ha dejado atrás la adolescencia se pregunte cada cumpleaños: ¿qué he hecho y qué he dejado de hacer?, y más aún que cada quinquenio o decenio de su vida las interrogantes sean  más profundas y analizadas. Qué esperar de los que cumplen cien y doscientos años. Nos llama la atención ver un sin número de invitaciones al festejo, anuncios, comerciales y felicitaciones, pero son escasas las invitaciones a interpelar nuestro paso, a cuestionar los hechos que como mexicanos hemos realizado. ¿Cuáles son los aciertos y los errores que hemos tenido? ¿Qué hemos hecho y qué hemos dejado de hacer? Este festejo debe ser una invitación  a la reflexión, debe haber una festín de diálogos, criticas sanas y planteamientos profundos de la realidad mexicana. Es tiempo de pensar en el pasado, presente y futuro de México.

Dentro del  escenario mexicano con tantos y tantos actores aparece la familia, la cual de manera humilde pero digna ha venido enfrentando duras batallas en doscientos años, algunas veces debilitada otra fortalecida, pero, siempre presente y viva.

La familia en México - como en otras muchas partes - ha tenido momentos de luz y de sombra, nunca ha permanecido indiferente a los diversos fenómenos sociales, políticos y económicos, por así decirlo siempre ha estado en el ojo del huracán.

Podemos decir que la familia mexicana ha vivido estos doscientos años entre paradojas y crisis. Respecto a lo primero encontramos en la historia de nuestro derecho patrio contradicciones en su regulación y en su vivencia, en efecto, legislaciones que pretendían proteger a la familia han terminado por debilitarla, no sabemos si con intención o sin ella; Lo segundo - la crisis - ha sido el "modus vivendi" de la familia, incluso hoy se sigue hablando de ella, sin pensar que cada generación ha colocado a la familia en el banquillo de los acusados, parece ser un derecho generacional el hecho de juzgar a la familia o al matrimonio, el hijo juzga la concepción de familia de su padre, cuando éste a su vez criticó duramente la de su antecesor y así cada uno se ha encargado de colocar a la familia como reo de un sin número de hechos. No obstante lo mencionado la familia sigue en pie ¿por qué será?

Siguiendo a Don Ramón Sánchez Medal[i] la regulación de la familia mexicana ha pasado por cuatro etapas a parir de la independencia. En la época colonial la familia se desarrolla en un ambiente religioso, siendo incluso regulada por normas de carácter canónico, defendiendo valores, a veces con éxito, otras sin él como la fidelidad, educación en valores de los hijos, entre otros.

Los cuatro períodos a los que nos hemos referidos son:

  • Etapa de secularización
  • Etapa de transformación esencial
  • Etapa de desintegración
  • Etapa de alternativas jurídicas

Las décadas que siguieron a la  independencia no presentaron cambios para la familia y el matrimonio, fue con la llegada de la Reforma en la que se inicia la etapa de la secularización. El espíritu de Juárez en las Leyes de Matrimonio Civil y de Registro Civil  - ambas de 1859 - no era otro que desconocer el carácter religioso del matrimonio y presentarlo como un contrato, también que el Estado fuera el responsable de los registros de nacimientos, matrimonios, reconocimientos, adopciones y defunciones.

Consideramos que muchas veces ha sido excesiva la condena al entonces Presidente Benito Juárez respecto al matrimonio. No podemos negar la secularización que realizó, pero debemos reconocer que él proclama reiteradamente la  indisolubilidad del matrimonio y que sólo la muerte de uno de los cónyuges podía acabar con ese vínculo. Por otro lado es loable la visión de hombre de Estado, asumiendo para éste el control de los actos de naturaleza familiar, que como hombre de su tiempo, influenciado por el liberalismo imperante, buscaba que el derecho brindara seguridad a la población.

El actuar de Juárez deja ver ese claroscuro por el que la familia y el matrimonio han pasado en nuestro país, pues como nos narra el autor que hemos citado el Benemérito de las Américas cambia de dirección respecto a su concepción del matrimonio, más aun cuando enfrenta el matrimonio de su propia hija:

"Sin embargo, no obstante haber sido Juárez el autor del matrimonio civil en México, actuó después en dirección opuesta. Primeramente, a través del decreto del 5 de diciembre de 1867 tuvo  como válidos los matrimonios eclesiásticos celebrados durante "el llamado Imperio" y, posteriormente, calificó dentro de su familia como un concubinato al matrimonio civil, cuando su secretario, el cubano Pedro Santacilia, con el ánimo de congraciarse con él, le pidió la mano de su hija Manuela para casarse con ella sólo civilmente, Juárez rotundamente no lo aceptó, y le dijo: "mi hija es una joven honrada y el matrimonio civil es un contrato de mancebía". 

Creo que siempre será un enigma saber si Juárez hubiera promulgado las Leyes de Reforma a sabiendas de los efectos que iban a tener, ¿usted qué cree?

Las cosas continuaron igual, con una institución familiar y matrimonial herida levemente, pero sólida en sus principios, solidez que será necesaria para enfrentar el embate del pensamiento revolucionario y su idea de incorporar el divorcio en nuestro país, con ello quedará marcado el nuevo camino de la familia mexicana, no puede haber mejor nombre para esta etapa, que le da transformación esencial.  

El primer intento de implementar el divorcio en México se da en 1881, por parte del Diputado Juan A. Mateos, quien presentó una iniciativa ante la cámara de Diputados a fin de derogar lo referente a que sólo la muerte podía disolver el vínculo matrimonial. El  Diputado Mateos argumentó que era competencia de los Estados legislar sobre materia matrimonial, por lo que la Federación no tenía competencia sobre dicho asunto. La propuesta encontró oposición por parte del Diputado Agustín Arroyo de Anda quien asentó que le correspondía a la Federación estructurar al matrimonio como contrato e indicar las características esenciales de monogámico e indisoluble, ya que existía dicha costumbre en el pueblo mexicano y que en el último de los casos era para ese pueblo para quien se legislaba.

A más de ciento veinte años de esa discusión  los mexicanos seguimos enfrentando la misma controversia: Federación - Entidades Federativas con respecto al matrimonio, basta conocer la reforma del 2009 que sufrió el Código Civil para el Distrito Federal respecto a la concepción del matrimonio y la respectiva acción de inconstitucionalidad interpuesta, que para la publicación de este articulo seguramente habrá resuelto nuestro máximo tribunal. Como señalamos la familia sigue enfrentando duras batallas.

La idea de  incorporar el divorcio arremete con mayor ímpetu a del siglo XX, encontrando un medio más adecuado para su florecimiento: la Revolución Mexicana. Es aquí cuando esa idea encontró eco en una sociedad que anhelaba lo novedoso como valor supremo sin importar las consecuencias que podía acarrear un pensamiento reformista. Aún Juárez y sus ideas, comparadas con las ideas revolucionarias, resultaban de gran ingenuidad y hasta con un perfil conservador, aunque suene paradójico. El cambio propuesto por la ideología revolucionaria es el verdadero parte aguas del pensamiento jurídico mexicano  respecto al matrimonio y su respectivo efecto en la familia.

En el año de 1915 Venustiano Carranza reforma el Código Civil para establecer el llamado divorcio vincular, dejando claro que el divorcio debía entenderse como la ruptura del vínculo matrimonial y dejar a los consortes en aptitud de contraer una nueva unión legitima.

Una vez prumulgada, el 5 de febrero de 1917, la nueva Constitución,  en el mes de abril se publica  la Ley Sobre Relaciones Familiares, la cual buscaba hacer realidad los ideales familiares de la Revolución. La citada ley define al matrimonio como "un contrato Civil entre un sólo hombre y una sola mujer, que se une con vínculo disoluble para perpetuar su especie y ayudarse a llevar el peso de la vida".

No nos da tiempo de analizar a detalle esta concepción de matrimonio, la cual por un lado parece defender el valor monogámico del mismo - un sólo hombre y una sola mujer - y marca como fin llevar el peso de la vida, reiteramos: "de la vida" pero eso sí, sólo hasta que uno determine o presente su demanda o solicitud de divorcio. Uno de los más prestigiados juristas que ha dado este país, Don Eduardo Pallares ha señalado respecto a esta ley: "Sólo son comparables a esta Ley, por su importancia política y social, los artículos 3° y 123 de la flamante Constitución; pero mientras estos artículos han provocado intensas discusiones, comentarios periodísticos, conferencias y criticas de todo género, la Ley Sobre Relaciones Familiares ha pasado inadvertida, se ha deslizado suavemente, algunos la han recibido con una sonrisa irónica. La verdad es que lleva un virus destructor de primer orden... hay más revolución en dos o tres artículos de esta Ley, que en multitud de hechos de armas que parecían de primera importancia".[iii]

Los políticos de la ley citada fueron indudablemente influenciados desde el exterior, por diversas ideologías de corte liberal, pero también desde dentro existieron presiones para el presidente Carranza, pues al parecer dos de sus Ministros querían sus respectivos divorcios.[iv]

Así las cosas, se llega a la tercera etapa en los años setentas que dentro de una desmedida y vasta creación de leyes y reformas se observan de una manera más tangible esas paradojas de las que hemos hablado, pero que dentro de todo originan, a nuestro modo de ver, una separación de hombre y mujer bajo la máscara de igualdad.

Era necesario que México como sede en el año de 1975 del año internacional de la mujer, atendiera las recomendaciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas quien concretamente y de manera muy válida buscaba la eliminación de la discriminación de la mujer.

Es por lo anterior que el Presidente en funciones elaboró todo un paquete de reformas buscando alcanzar el objetivo planteado por el orden internacional. Como resultado se reformaron varios artículos del Código Civil pues lo que se buscaba era que la mujer tuviera iguales derechos que el hombre en el campo del derecho civil, pero al parecer nuestro legislador olvidó que esta finalidad era, como lo marcaba la ONU, "sin perjuicio de la salvaguardia de la unidad y armonía de la familia, que seguía siendo la unidad básica de toda sociedad".

Como se observará, era una búsqueda de igualdad sin romper con la unidad por lo que intentando cumplir con ambas cuestiones nuestros gobernantes lanzaron toda una reforma que mostró graves contradicciones que acabaron por confundir a la familia y a sus miembros; como por ejemplo:

Las reformas imponen a los dos cónyuges igualdad de trabajo fuera del hogar o en actividades ajenas al hogar; anteriormente la regla era que el marido tenía a su cargo la pensión alimenticia en favor de la esposa y los hijos sin necesidad de prueba alguna, como verdadera excepción, mediante las respectivas pruebas, podía operar en sentido inverso; así, esta reforma libera parcialmente al hombre del sostenimiento económico.

También la reforma citada, en su momento, hizo que ninguno de los consortes fuera responsable en especial ni de la dirección y cuidado del hogar ni de la formación y educación de los hijos; es decir, antes de la reforma por encima de toda ganancia y situación laboral prevalecía la educación y formación de los hijos por lo que un progenitor debía responsabilizarse de la misma y el otro apoyar la economía del hogar. Mediante una sana división del trabajo cada uno de los cónyuges debía atender situaciones diversas, pero siempre todas importantes; en la reforma, toda labor es igualitaria y al responsabilizar a los dos se acabó por no responsabilizar a ninguno. 

Dichas reformas conceden mayor ventaja al concubinato en detrimento del matrimonio, si bien fue un acierto brindar derechos sucesorios entre los concubinos también es cierto que al exigir menor carga y responsabilidad al concubinato e incrementar éstas y aquellas al matrimonio, éste último acabó más perjudicado.

De este modo fue buena la búsqueda de la igualdad y protección de la mujer, pero no lo fue tanto la exagerada reglamentación y el excesivo igualitarismo en el que se cayó; el legislador de la época pareció olvidar que igualdad no es sinónimo de lo mismo.

Llegamos así a la etapa de alternativas, nos hemos volcado en buscar la familia ideal para cada circunstancia de vida, para cada gusto y deseo; hoy el modelo de familia se genera al gusto del cliente por lo que es imperioso tener diversas alternativas acordes a las exigencias personales.

El problema no es la variedad en sí misma sino que esa variedad a su vez es lo mismo. En efecto, hoy no importa quién o quiénes se unen, todo es familia o matrimonio; todo es llamado igual y al hacerlo se le aplican las mismas reglas, criterios y resoluciones cuando en realidad se trata de situaciones diversas. No podemos negar los avances que en materia de adopción y protección a la infancia hemos tenido, pero tampoco podemos cerrar los ojos al incremento de los divorcios y de la violencia intrafamiliar.

Como lo mencionábamos, es necesario recapitular los aciertos y no aciertos que hemos tenido, lo bueno y lo malo que nos ha dejado nuestra historia, dejar a un lado el claroscuro que hemos vivido y dejar que la luz del bien y la verdad alumbre el camino de la familia, es éste el camino de la madurez, en todos los sentidos..

Referencias
[i]Ramón, Sánchez Medal. Los Grandes Cambios del Derecho de Familia en México. 2° edición,  Porrúa, México, 1991. Pág. 9.

[ii] Mariano Cuevas. Historia de la Iglesia en México, tomo V, 6° edición, Porrúa, México, 1992. Pág. 382. Loc. Cit.  Ramón, Sánchez Medal. El Divorcio Opcional. 2° edición,  Porrúa, México, 1999. Pág. 3.

[iii] Eduardo Pallares. Ley Sobre Relaciones Familiares, comentada y concordada con el Código Civil vigente y leyes extranjeras, 2° edición, Librería Bouret, París-México, pp. 5-6, Loc. Cit.   Ramón, Sánchez Medal.  Los Grandes Cambios del Derecho de Familia en México. 2° edición,  Porrúa, México, 1991. Pág.  23-24.

[iv] Ver. Ramón, Sánchez Medal. Los Grandes Cambios del Derecho de Familia en México. 2° edición,  Porrúa, México, 1991. Pág. 22

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*El autor es Director de la Facultad de Derecho y Relaciones Internacionales de la Universidad Anáhuac México Sur.

 

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