OPINIÓN: ¿Y después de la Primavera Árabe, qué viene?

Los levantamientos en países como Libia y Egipto enfrentan al reto de establecer programas coherentes de reformas económicas y políticas
Rebeldes libios
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Autor: Marwan Muasher
(Reuters) -

Nota del editor: Marwan Muasher es vicepresidente de estudios del Carnegie Endowment for International Peace. Fue ministro de relaciones exteriores y primer ministro adjunto de Jordania.

La salida de Moammar Gadhafi de Libia es un recordatorio de que el despertar árabe no se va a desvanecer, a pesar de lo que algunos observadores dicen.

Recientemente, algunos comentaristas consideraron las aclamaciones públicas que se escucharon en Egipto —mientras el ejército sacaba a los protestantes fuera de la Plaza Tahrir— una señal de que los levantamientos estaban diluyéndose y que la esperanza de la Primavera Árabe pronto se perdería. Los pesimistas estaban equivocados.

En efecto, los levantamientos están incursionando en una difícil pero inevitable etapa en la cual los dos bandos —manifestantes y líderes— no saben cómo actuar.

Por un lado, los manifestantes aún no cuentan con algún liderazgo y deben traducir sus protestas en un programa coherente de reformas económicas y políticas. 

Alcanzados los objetivos iniciales en Egipto y Libia (derrocar a los dictadores que reinaron durante mucho tiempo) no se han podido mover a la siguiente fase: construir un sistema de gobierno alterno.

Su mensaje está caducando y la gente común, aliviada con la salida de Hosni Mubarak y Zine el-Abidine Ben Ali, quiere ver a sus países trascender las protestas callejeras que afectan a su ya complicada situación económica; esto es lo que le espera a Libia.

Por otro lado, el único partido capaz de liderar un proceso de reformas gradual —irónicamente la élite gobernante como el ejército en Egipto— no está dispuesto a embarcarse en un proceso que gradualmente les quitaría privilegios e instalaría un sistema plural, estable y próspero, basado en el mérito, en lugar del clientelismo.

A nadie le debería sorprender esto. Los sistemas en el poder del mundo árabe siempre se han asegurado de que los partidos políticos y las organizaciones de la sociedad civil sean reprimidos o bien, criminalizados. Hay pocos líderes y sistemas alternativos.

En una atmósfera como ésta, los partidos organizados como la Hermandad Musulmana, que concentra cerca del 20% del voto popular en Egipto, aprovechará sus habilidades organizacionales y de movilización para ganar representación política y superar su fuerza popular. La élite gobernante, temerosa de ello, naturalmente se resistirá a abrir sistemas políticos y recurrirá a medidas económicas y de seguridad, en un intento desesperado por frenar la ola del cambio.

Pero la única manera de lidiar con los partidos de oposición que no están totalmente comprometidos con la democracia es abrir gradualmente los sistemas políticos a alternativas reales, en lugar de enviar todos los votos de quienes protestan contra los sistemas de gobierno a los islamistas.

Después de haber probado la libertad, el público árabe no aceptará el reemplazo de autócratas seculares por religiosos.

Sería incorrecto asumir que los levantamientos se diluirán o morirán debido a estas dificultades. Lo que ha ocurrido en el mundo árabe es el comienzo de un proceso genuino y permanente de cambio, donde el ciudadano común descubrió repentinamente el poder verdadero. Aunque la capacidad de impulsar el cambio pacíficamente es un fenómeno nuevo en el mundo árabe, es una ola que sólo seguirá creciendo.

Organizaciones como Al-Qaeda son las primeras que pierden, fracasando en su intento por promover la violencia. Pero también perderán los sistemas gobernantes si no asimilan la nueva realidad y encabezan un proceso de reformas serio que redistribuya el poder entre el ejecutivo, legislativo y judicial.

La única forma de mantener el poder en el mundo árabe de ahora en adelante será compartiéndolo. El proceso de cambio toma décadas para desarrollarse, no será lineal y pasará por muchas estaciones en múltiples ocasiones. Sin embargo, es irreversible.

En un viaje reciente a Jordania, quedé impactado por una generación de jóvenes que ya no tenía miedo de hablar sobre los problemas relacionados con su futuro, abiertamente y sin tabús. No están dispuestos a vivir bajo las reglas con las que vivieron sus padres, ni tienen miedo de que los poderosos servicios de inteligencia conozcan sus puntos de vista.

Sin embargo, ambos bandos se equivocan al aferrarse a tácticas que ya no funcionan. Los protestantes tienen que empezar a organizarse en partidos políticos, desarrollar programas y construir circunscripciones electorales. Deben pasar de comenzar el cambio a institucionalizarlo. De otra forma, no podrán mantener el apoyo de la población.

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Las élites gobernantes no deberían concluir que el status quo se puede mantener porque el apoyo del público hacia las protestas parece difuminarse. Tienen que entender que no pueden hacer a un lado a los partidos de oposición como la Hermandad Musulmana, actuar como si no existieran ni tratar con ellos a través de medidas de seguridad. Ambos sistemas gobernantes y los protestantes deben saber que tienen que incursionar en la política constituyente.

Aún con un cambio rápido en Libia, el futuro en el corto plazo será desordenado, muy turbulento y sin duda un escenario de muchos errores y malos pasos. Pero quedarse esperando y no hacer nada ya no es una opción.

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