OPINIÓN: ¿Quién transformó más nuestra cultura? ¿Dylan o Jobs?

El cofundador de Apple logró plasmar con sus productos las características de una generación conectada, innovadora y joven de espíritu
Steve Jobs Manzana
Steve Jobs Manzana  Steve Jobs Manzana
Glenn D. Lowry
Autor: Glenn D. Lowry
(Reuters) -

Nota del editor: Glenn D. Lowry es el director del Museo de Arte Moderno de Nueva York.

Anoche mi hijo más joven, recién graduado en la universidad, y yo entramos en un acalorado debate sobre quién influyó más en nuestra cultura: Bob Dylan o Steve Jobs.

Aparentemente puede parecer el tipo de discusiones alocadas, incluso absurdas que las familias suelen tener. Pero si profundizamos, realmente se trata de cómo las generaciones se definen a sí mismas: a través de las letras de uno de los más grandes compositores del siglo XX o de los objetos de uno de los más grandes visionarios del siglo. A través de la resistencia a una guerra impopular y la oposición a las prácticas sociales injustas o a través del uso de productos que cambiaron nuestra forma de trabajar, jugar y comunicarnos unos con otros.

Escribo en mi MacBook, con un iPhone en mi bolsillo y una iPad en la mesa de al lado. Es fácil argumentar que el logro de Jobs no sólo fue volver a imaginar la forma en cómo la tecnología se podría utilizar, sino que también redefinió su aspecto.

¿Alguien todavía puede pensar en trabajar en una computadora personal que no tenga un carcasa pulida de aluminio maquinado o que no sea elegante y delgada, perfectamente balanceada, no tan ligera como para ser insignificante, pero no tan pesada como para que no sea verdaderamente portátil? ¿Alguien puede aceptar una interfaz incómoda con íconos que no saben como bailar con elegancia para descargar una canción sugerida por Genius?

La insistencia de Jobs en que los objetos fueran iguales en su aspecto y en su uso (no en el sentido moderno de que la forma viene después de la funcionalidad, sino en su compromiso para hacer dispositivos que se vieran tan bien como funcionan) hizo que tener una Apple fuera una profunda declaración personal. Y su incansable compromiso para lograr tener los detalles correctos, por ejemplo, la forma de la pantalla, o el aspecto y la forma de hacer clic en el teclado, o el tamaño y la ubicación del trackpad, o algo tan simple como el botón para encender y apagar, o una conexión con un cable magnético de alimentación, establecieron el estándar de todos los competidores que intentaron igualarlo.

La elegancia de Apple y el refinamiento de la tecnología pueden, por supuesto, verse simplemente como una astuta estrategia de mercadotecnia, una forma para diferenciarse en un mercado saturado. Pero a pesar de la rígida protección de la empresa por su marca, la forma en que Apple trata el diseño de sus productos trasciende cualquier simple noción de marca.

Jobs se dio cuenta de que la generación digital no sólo quería acceso a una gama infinita de información y entretenimiento, quería hacerlo realidad de una manera en que se proyectara la percepción que tiene el usuario de sí mismo, ese estilo personal importaba tanto como la función.

La capacidad de Apple para encontrar la manera de hacer que sus productos se vieran y funcionaran mejor que productos similares, atraía a las personas de todas las edades y estilos de vida (los niños así como los abuelos, los hipsters y los banqueros) y en casi todos los rincones del planeta se trata de una marca que se volvió viral y se convirtió en un fenómeno cultural.

Y eso nos lleva de nuevo a Dylan, cuya música formó y definió a una generación aquí y en el extranjero. De una forma muy diferente, y con un significado muy distinto pero con al menos el mismo impacto, Apple se convirtió casi en el símbolo universal de pertenencia de un mundo conectado y abierto que es profundamente curioso e innovador y es joven de espíritu.

Las opiniones expresadas son únicamente de Glenn D. Lowry.

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