OPINIÓN: Steve Jobs, el líder y creador de la 'dictadura de la felicidad'

Renovó las relaciones humanas e hizo del arte un objeto de consumo. El legado de Steve Jobs definió a toda una generación. ¿Todo es alegría?
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Por: Fausto Pretelín
Autor: Fausto Pretelín | Otra fuente: 1
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Nota del editor: El siguiente texto es un fragmento de La dictadura de la felicidad, publicado en la revista Life & Style de Noviembre de 2011.

(LIFE & STYLE) — Un buen día, durante la Dictadura de la Felicidad, las cosas dejaron de llamarse por su nombre. No era para menos. La felicidad en tiempos canallas se ha convertido en un bien escaso. Al teléfono se le concibió como boutique lúdica de foros (iPhone), a la música se le imaginó como el amigo ingrávido (iPod) mientras que a los periódicos, libros y revistas se les redimensionó en un quiosco mágico (iPad). Foros, amigos y magia. El kit del placer. Buenas ideas pero faltaba lo más importante: su creador o, si se prefiere, el mago que los hiciera realidad.

Y no se trata de la magia convencional en el que un individuo desaparece y vuelve a aparecer objetos tangibles. Para imponer una dictadura feliz se requería un individuo con dos rasgos: ser un genio de la mercadotecnia y, lo más importante, ser un genio de la mercadotecnia. ¿Cómo reducir el tamaño del mundo en tiempos globales si la respiración del planeta Tierra ocurre en periodos de siglos? ¿Cómo convencer al individuo de que en lo auténtico también subyace lo masivo? ¿Cómo escribir un libro de ciencia ficción a través de manzanas?

La primera tarea del Dictador de la Felicidad consistió en subir al poder a través de un golpe de Estado a un gobierno infeliz. Por supuesto, con las armas de las ideas. Para conocer el comportamiento humano era necesario estudiar los fundamentos de la economía; en particular, la racionalidad que conllevan las decisiones. ¿Por qué razón el ser humano se endeuda sabiendo que nunca terminará de pagar? ¿De qué manera la semiótica comercial se ha convertido en el mejor conversador humano? ¿Qué se requiere para que millones de personas se trasladen a una Apple Store en búsqueda de la felicidad?

El dictador de la Felicidad, posiblemente, tuvo que haber acudido al librito de Disney: la magia también se empaqueta en parques de diversiones. En efecto, algún elemento tenía que ser rescatado de las caricaturas; sin embargo, en las Apple Store no aparecen vendedores con botargas de Mickey y Mimí. Lo que tenía claro el dictador de la Felicidad era que la única salida del embrollo se situaba en su propia imagen. ¿Era posible que el dictador de la Felicidad se convirtiera en una especie de Mickey para adolescentes y adultos? Imposible. En su mente innovadora nada debía de calcarse. El kit del placer, al no pertenecer al mundo de la caricatura, apela al de los sueños construido por la publicidad (viral) y la promoción minimalistas. De esta manera, el dictador de la Felicidad se encargó de transferir, al kit del placer, componentes de su propia imagen o viceversa.

En apariencia es complicado pero en realidad es sencillo. Por ejemplo, detrás de la risa enigmática de la Mona Lisa se encuentran las manos de Leonardo da Vinci. Su idea la transmutó sobre un lienzo. El dictador de la Felicidad llevó a su imagen los componentes del kit del placer: el iPod, el iPhone y el iPad. Pero sostener una dictadura no es sencillo. Los sueños tienen que ser desdoblados. De esta manera, el dictador de la Felicidad derivó la economía en estrategias de mercadotecnia para intentar perpetuarse. Resuelto el primer enigma decidió analizar la Historia.

La iGeneración

La Gran Guerra y el segundo episodio (Segunda Guerra Mundial) dieron luz a las ideologías que se encargaron de encarcelar el espíritu del ser humano. Los pasaportes se imprimían por doquier en defensa del “milagro” que representaba el nacionalismo. Absurdo pero cierto. Las fronteras eran un lujo. El odio, un placer. La retórica anquilosada de políticos producidos en fábricas descoloridas, como si de automóviles Ford (de principios del XX) se tratara, adormecía los proyectos personales. La suma de proyectos personales empujó el futuro al despeñadero del aburrimiento. Entre el marxismo y el fascismo la libertad languidecía. Otros tiempos. No había una tercera vía. El único GPS que existía entre las ideologías eran los mapas. A ese grado de aburrimiento llegó a instalarse el mundo. Pero el movimiento pendular nunca concluye. Al finalizar la Historia el movimiento llevó al conjunto de naciones a visitar el ángulo global. El ángulo nunca antes tocado. Dos motores potentes comenzaron a vehiculizar la globalización. Uno de ellos no era novedoso: el comercio. Con el desmontaje de aranceles (libertad comercial) se construyeron puentes y autopistas de alta velocidad por los que circulaban productos, servicios y, en algunos casos, personas. El otro motor fue la tecnología. Lo sigue siendo. Es el motor toral de la globalización.

El dictador de la Felicidad vislumbró, décadas atrás, el ascenso de una demografía hedonista y virtualmente gregaria, cuya naturaleza sería inmune a los soflamas políticos. Algo inédito para marxistas, leninistas o fascistas cuyas propias existencias aseguraban la continuidad del evangelio político. Nacería la iGeneración. Pero antes de describirla, es importante no olvidar a una de las generaciones antecesoras que dejaron huella: una demografía que comenzó a ser sensible frente a temas internacionales cuyos integrantes, desde niños, fueron al súper a comprar Coca-Colas con sabor a libertad, en París se enamoraron y con Levi´s votaban por el NO en la elección de políticos. Esta generación comenzó a practicar el zapping: del enorme carrusel de canales de televisión, encontraron en MTV, CNN y ESPN a innovadores vectores mediático-globales. Si una frase puede representar la identidad de esta generación es Just do it! (Nike). Era la estela de la Generación X; un tanto desenergetizada de experiencias culturales, y otro tanto aburrida por la somnolencia de sus propias circunstancias. Sin embargo, y de manera esperanzadora, por aquellos años en un pequeño garaje, una mente comenzaba a escribir un libro con manzanas y, con manos de artesano, diseñaba a la iGeneración. La mente de quien sería el dictador de la Felicidad tenía esbozada a la iGeneración pero le faltaba el detonador del alma (Platón nos diría que se trataba del Primer Motor); entonces, decidió que ese detonador sería el binomio lúdico-artístico cuyo objetivo primordial sería abrir, lo más posible, el espectro de las edades: niños que imitaban a sus padres bajo el ánimo de “ser grandes”; adultos que no deseaban serlo por lo que imitaban a sus hijos; adolescentes obnubilados por las crisis de la imagen estereotipada.

Fue entonces cuando los habitantes de “la tierra plana” (Thomas Friedman) proclamaron el ascenso de un gobernante. Un líder que los excitara a base de emociones y que, al mismo tiempo, los guiara por el feliz camino sin retorno. En efecto, el líder no sería otro que aquel adolescente que trabajó en el pequeño garaje. Este personaje inventó los productos de convergencia de placeres. ¿Una llamada telefónica provoca placer? No siempre. Casi nunca. El teléfono en sí no tendría un discurso seductor y, mucho menos, feliz para los integrantes de la iGeneración sin que tuviera un ornamento de alto diseño que, al mismo tiempo, se convirtiera en una fuente de placeres. Recordemos que la felicidad debía ser el único elemento en el que gravitaran múltiples servicios. El dictador supo que el camino más rápido para llegar a la felicidad sería el juego. Así que decidió romper con el paradigma de los productos útiles. Ahora se convertirían en una boutique lúdica de foros, el amigo musical ingrávido y un quiosco mágico. Los integrantes del iDemografía suelen conceptualizar la comunicación como el arte más auténtico del siglo XXI (no olvidemos que, en el arte contemporáneo, la idea se impone a la obra misma y el consumidor lo sabe pero juega a creer lo contrario).

Son fans de Jeff Koons, Damien Hirst, Alessi, Lady Gaga y, por supuesto, del dictador de la Felicidad. No son nacionalistas por su visión ingrávida de la globalización, pero son chovinistas del minimalismo por su pasión por el diseño lujoso. Chinos usando la camiseta de Messi (Barcelona) y con un iPad en la mano; húngaros con la cachucha de los Yankees y el iPhone 4 guardado en la bolsa de la chamarra; ejecutivos con un iPod en busca de tranquilidad; la tribu global recorriendo el parque temático de experiencias en la Fifth Avenue 767 en Nueva York buscando el origen de la felicidad. Al salir de la tienda, muchos de ellos levantan la caja del iPhone último modelo como si fueran un corredor olímpico de la carrera de 100 metros llegando a la meta en primer lugar.

A los que pertenecen a la tribu de la iGeneración les produce estrés cuando olvidan el iPhone en la casa o en la oficina. El mal humor durante todo el día es una especie de castigo del dictador de la Felicidad, piensan. La magia existe en la cotidianidad sin necesidad de trucos.

La infancia perpetua


Los integrantes de la iDemografía sostienen que la mejor etapa de la vida es la infancia (Jonathan Ive, uno de los secretarios de Estado de la dictadura de la Felicidad, visitó una fábrica de dulces para inspirarse en los colores que, posteriormente, elegiría para llevarlos a las iMac). Por ello, lo mejor es permanecer en ella de por vida. No hay estela peyorativa en la idea de ser infante de por vida. Al contrario. La felicidad total sólo existe en la infancia. Para resistir las múltiples crisis financieras y laborales globales lo mejor es contar con zonas de protección antiapocalípticas.

Apple no es una marca, es la esencia que otras marcas necesitan para reforzar su estilo. Productos y políticos comerciales se acercan a Apple para recibir gramaje de su energía. Un saco Hugo Boss combina con un iPad2; una camisa Ermenegildo Zegna con un iPhone 4S; el refinado olor del perfume Parisienne, de Yves Saint Laurent, se redimensiona siempre y cuando se combine con un iPod. Hasta aquí no hay nada de magia. Esta inicia cuando un iPhone auxilia al grupo de los aspiracionistas. A una chamarra y pantalones deslucidos (sin marca y sin estética) se les puede practicar una cirugía a través del kit del placer.

Los personajes públicos recargan su imagen a través de Apple. Obama, al anunciar que su lectura de periódicos la realiza a través del iPad, intenta escalar encuestas; un buscador de imagen tomando un café cortado en Starbucks con un iPhone, saldrá del parque temático con una imagen robusta. La fuente de felicidad (energía) del kit del placer no tiene límites.

En efecto, Apple convertida en una maquiladora virtual de imagen. Millones de líneas de producción trabajan por los miembros de su tribu. Cada uno es importante.

Los integrantes de la iDemografía son leales al kit del placer. A los competidores los ven en blanco y negro. Sin gracia y sin alto diseño. En dos palabras: sin magia.

Los rasgos culturales son los moldes de la personalidad. En nuestra época ingrávida dichos moldes han dejado de ser manipulados por la clase política, como sucedió en el siglo XX. Ahora, la iGeneración entiende que la libertad inicia con la imagen artística que aportan el iPad, el iPod y el iPhone. El resto, es un mundo en blanco y negro gobernado por políticos anquilosados que ignoraron las transformaciones de la globalización tecnológica.

Los innovadores del siglo pasado se han agotado, incluidos aquellos que pensaron global. En alguna ocasión, el dictador de la Felicidad se refirió a la empresa de Bill Gates con las siguientes palabras: “El único problema con Microsoft es que no tienen gusto alguno; no tienen el menor gusto. Y no me refiero a lo chico, sino a lo grande. Sus productos no tienen cultura”.

Gusto, idea y cultura. No los olvidemos. Son el legado del dictador de la Felicidad.

Las opiniones expresadas en este comentario son únicamente las de Fausto Pretelín.

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