OPINIÓN: El cártel de Cali, analizado desde dentro

Jorge Salcedo, integrante del grupo criminal colombiano durante seis años, ayudó a las autoridades a destruir la organización
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Jorge Salcedo, especial para CNN
Autor: Jorge Salcedo, especial para CNN | Otra fuente: 1
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Nota del editor: Jorge Salcedo es un exintegrante del cártel de Cali y su trabajo con las autoridades ayudó a destruir la organización criminal. Desplazado a Estados Unidos con su esposa e hijos en 1995, está integrado en el programa federal de protección de testigos. La historia de Salcedo es relatada en el libro At the Devil's Table. The Untold Story of the Insider Who Brought Down the Cali Cartel, de William C. Rempel. Ni el autor ni CNN conocen el paradero de Salcedo ni su nuevo nombre.

(CNN) – Los cárteles de droga, ya sea en Colombia o en México, no pueden funcionar sin una gran colaboración de autoridades comprometidas de todos los niveles. La corrupción es el oxígeno que mantiene vivo al crimen organizado.

Sé algo de corrupción y crimen organizado. Pasé más de seis años en la mayor organización y más rica de la historia del crimen: el cártel de Cali. Y sé que México, al igual que Colombia, no puede triunfar contra las bandas de narcotraficantes sin acabar con gran parte de los sobornos y la intimidación que los sostienen.

Primero, algo de antecedentes: Yo era Jorge Salcedo. Dejé mi nombre en Colombia cuando entré en el programa de protección de testigos estadounidense hace 16 años. También dejé un hogar, un país, amigos, familia, incluso mi pasado. Pero quizá mi experiencia ayude a demostrar la importancia de combatir la corrupción como una vía para luchar contra los cárteles.

Mi tarea principal en el cártel de Cali era la seguridad de uno de nuestros capos, Miguel Rodríguez Orejuela, el jefe de las operaciones diarias. Otros estaban involucrados más directamente en la rutina de los sobornos, pero me las ingenié para entregar casi un millón de dólares en mordidas. Y fui testigo de muchos, muchos millones más.

El mayor soborno que me tocó manejar personalmente fue de medio millón de dólares para un coronel de la fuerza aérea salvadoreña. Estaba comprando cuatro bombas hechas en Estados Unidos de 500 libras que los jefes querían usar contra Pablo Escobar. Fue una muy mala idea, pero de cualquier forma me enviaron. El dinero estaba disfrazado como un regalo de cumpleaños, del tamaño de una caja de zapatos grande, envuelto con papel rojo y un moño dorado. Nunca había visto tanto dinero y recuerdo que estaba sorprendentemente pesado.

Luego había dos cheques de cerca de 50,000 dólares firmados por Miguel. Como me fue ordenado, los llevé a un banco cerca del aeropuerto de Cali y deposité uno en la cuenta de una hermana y el otro en la de la madre de un capitán de la fuerza antinarcóticos de Colombia. Fue un bono por la ayuda del capitán para que el jefe escapara de una redada policial.

En aquellos días, cientos de policías de alto y bajo rango estaban en la nómina secreta del cártel, decenas de miles de dólares pagados cada mes para recibir pitazos o que voltearan a otro lado. Al jefe más joven, Pacho Herrera, le gustaba en ocasiones tener como guardias de su casa a policías locales.

El cártel tenía importantes amistades en el Ejército también, desde pilotos de helicópteros hasta generales. Un informante bien posicionado era el sargento y jefe de personal del comandante militar de la fuerza antinarcóticos. Él costaba 20,000 dólares al mes.

Con fuentes como el sargento del ejército, el capitán de policía y otros, mis jefes y yo nos manteníamos informados de fechas, tiempos y lugares de redadas, así como qué autos eran vigilados y qué números telefónicos estaban intervenidos. En una ocasión, sabíamos que Miguel tendría tiempo para comer y darse un baño antes de la hora en que estaba programada la redada. Tanto el sargento como el capitán formaron parte de cientos de policías y militares que fueron despedidos por corrupción.

Además de la aplicación de la ley, el cártel compró una parte del sistema de justicia colombiano con sobornos a autoridades que perdían evidencia, retrasaban trámites, bloqueaban órdenes de cateo o liberaban a prisioneros antes de que pudieran ser interrogados. Algunos jueces se hicieron millonarios de la noche a la mañana.

Veo a la corrupción judicial y policial como el mayor precio del crimen organizado.

Los políticos eran considerados inversiones de largo plazo. En ocasiones parecía que todos se mantenían al margen. Los jefes repartieron cheques de 20,000 dólares como regalos de hospitalidad. Estuve presente cuando funcionarios de campaña de un candidato presidencial llegaban a pedir ayuda. Eventualmente, un total de seis millones de dólares en donativos secretos convirtieron a Ernesto Samper en nuestro presidente. Después de que altos asistentes de campaña reconocieran haber recibido recursos del cártel, Samper insistió en que si tales contribuciones se hicieron, fue sin su conocimiento.

También estuve presente cuando se permitió a los abogados del cártel de Cali que reescribieran nuestra Constitución para prohibir la extradición de traficantes colombianos a Estados Unidos. Puede que seas escéptico con lo que te voy a decir, pero ningún colombiano de verdad podría haber presenciado ese espectáculo de democracia a la venta sin que le doliera su corazón.

Cuando acepté ayudar a agentes antidrogas estadounidenses hace 16 años, el cártel de Cali ganaba 7,000 millones de dólares al año. Los documentos del cártel que se entregaron a las autoridades colombianas exhibieron a una vasta red de corrupción. Hubo indignación pública. Vinieron arrestos masivos y despidos, destruyéndose el nido de corrupción.

Eso fue lo que hizo que cayera en cártel de Cali y puede hacer la diferencia en otros países donde la cultura de la aceptación hace que la corrupción sea especialmente persistente. Los mexicanos deben expresar su indignación. Y luego, los líderes mexicanos deben barrer a los oficiales de todos los niveles que han vendido sus almas al crimen organizado.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Jorge Salcedo.

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