OPINIÓN: Mujeres legisladoras, un respiro a la desigualdad en el poder

A propósito de las cuotas de género, los hombres se pueden sentir como "víctimas" a causa del ordenamiento de la autoridad electoral
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Por: Patricia Mercado
Autor: Patricia Mercado | Otra fuente: 1
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Nota del Editor: Patricia Mercado es directora de la Iniciativa Suma, cuyo lema es “Democracia es Igualdad” y busca hacer efectivos los derechos políticos y económicos de las mujeres; es también presidenta de la asociación civil Instituto de Liderazgo Simón de Beauvoir. Fue candidata a la presidencia en 2006 por el partido Alternativa Socialdemócrata y Campesina.

(CNN) — La resolución del Tribunal Federal Electoral de obligar al cumplimiento estricto de las cuotas de género en las candidaturas, abre en México una buena oportunidad para una reflexión profunda sobre si los partidos políticos están dispuestos a respetar o no el Estado Democrático de Derecho que en los últimos 20 años ha creado un nuevo marco legal para promover la igualdad entre mujeres y hombres.

Entre esos avances se encuentran también la Ley General de Igualdad entre Mujeres y Hombres aprobada de forma unánime en el Congreso en el año 2000, y el consenso legislativo que dos años después dio paso a la firma del Protocolo Facultativo de la Convención para la Eliminación de Toda Forma de Discriminación Contra las Mujeres (CEDAW) que había sido adoptada por México desde 1982, lo cual hace obligatoria su observancia y contribuye al tránsito de una igualdad formal a una real y sustantiva, a la igualdad en los hechos.

El piso parejo entre hombres y mujeres se logra con las llamadas “acciones afirmativas”, medidas de carácter temporal para romper inercias y compensar las condiciones de desventaja que enfrentan las mujeres por razones culturales y de discriminación, y así transitar al ejercicio pleno de sus libertades y sus derechos humanos. México es uno de los países más desiguales del mundo y esto tiene que ver con profundas raíces culturales, sociales, políticas y económicas que excluyen a millones de personas, pero sobre todo a las mujeres, de la toma de decisiones.

Tenemos 16 años con cuotas en las leyes electorales en el país, tanto federales como estatales, aprobadas por todas las fuerzas políticas.

En los partidos hay muchos cuadros políticos mujeres —tan buenos, tan mediocres o tan malos como puede ser cualquier hombre— que pueden ocupar un lugar en las cámaras de diputados o senadores, en esto somos iguales en cuanto seres humanos. Ese no es el tema, el tema es la igualdad real de oportunidades entre mujeres y hombres para competir y ganar una candidatura, para compartir y ejercer igualitariamente el poder, y hoy por hoy esa igualdad sólo se puede alcanzar con medidas compensatorias, con acciones afirmativas.

Las direcciones partidarias saben que en la selección de candidaturas, incluso en procesos donde hay votación interna, hay negociaciones, válidas en principio, pero en las que con mucha frecuencia se obliga a las mujeres a “disciplinarse” en favor de los candidatos hombres. Además, la institucionalidad dentro de los partidos es precaria, hay mucha discrecionalidad en la toma de decisiones; eso explica por qué en México hay cada vez más juicios de protección de derechos por parte de las y los militantes.

Por otra parte, si un partido fundado hace decenas de años no tiene 120 cuadros mujeres en todo el país, eso es para preocuparse y cualquiera tendría derecho a preguntarse qué tan mal serán tratadas ahí las mujeres y qué falta de reconocimiento tienen como para no acercarse a ese partido. Tenemos infinidad de testimonios de mujeres al respecto; cuando decían “yo quiero ser candidata”, ahí empezaba su calvario: “ni le sigas, eso ya está decidido, ya hay un candidato acordado y lo demás es puro trámite”.

Los resultados de las elecciones recientes muestran lo obvio: pese a la legislación, en la práctica no se da la igualdad de oportunidades para competir con equidad. Formalmente se puede decir “aquí todos y todas tuvieron la misma oportunidad de inscribirse, y la mayoría de las mujeres perdieron”. Pero seguimos teniendo 5% de presidentas municipales, 20% promedio de diputadas, lo cual quiere decir que en los hechos unos tienen más oportunidades que otras.

El problema, reitero, no es la falta de mujeres en los partidos. En muchos de ellos más de la mitad de la militancia está formada por ellas. El problema es que hasta ahora no se había tomado en serio lo que significa y lo que está en juego en la institucionalidad construida para lograr la igualdad entre mujeres y hombres.  

La discusión hoy no es un tema de mujeres contra hombres o de hombres contra mujeres. Sí, sé que puede ser doloroso que la igualdad se vea como algo justo y normal porque para que una mujer se siente en una curul, un hombre se tuvo que quedar sin ella. Se han trastocado los roles de género; ya no más mujer en casa y hombre en la calle, y eso trae consigo cambios muy importantes en la vida de las mujeres y de los hombres, cambios irreversibles que no dudamos son en beneficio de todas las personas, mujeres y hombres, y también de las familias, de las comunidades, de la política y de la vida cívica.

Hoy, como dice Marta Lamas —fundadora del Instituto de Liderazgo Simón de Beauvoir, cuyo objetivo es la formación de mujeres con perspectiva de género—, tanto las mujeres como los hombres se sienten víctimas. Estamos ganando unas cosas y perdiendo otras, pero vivimos una nueva realidad, un nuevo paradigma de derechos, posibilidades y reconocimientos para una nueva relación con igualdad. Esperamos no falte mucho para que las acciones afirmativas no sean ya necesarias, pero por lo pronto sí lo son.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Patricia Mercado.

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