OPINIÓN: Neil Armstrong, la estrella que no quiso 'brillar' en la Tierra

Neil Armstrong siempre fue una persona reservada y seria y el hecho de haber sido el primer hombre en la Luna no cambió su carácter
Grabación original de "un gran paso para un hombre"
Gene Seymour
Autor: Gene Seymour | Otra fuente: 1
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Nota del EditorGene Seymour es un crítico de cine que ha escrito acerca de música, películas y cultura en The New York Times, Newsday, Entertainment Weekly y The Washington Post.

(CNN) —En retrospectiva, lo más heroico acerca de Neil Alden Armstrong, quien murió el sábado a los 82 años, era la manera en la que evitó los mimos y trampas que trae el heroísmo.

Después de todo, ser el primer hombre en la Luna, debería colocarte en la cima del mundo, ganando un tipo de pase de por vida a donde quisieras ir – y a donde quisieras estar.

Pero Armstrong, originario de Wapakoneta, Ohio, estaba tan involucrado en volar que su idea de descansar era piloteando planeadores en su tiempo libre, no quería ninguna de esas opciones.  Pudo escoger cualquier cosa para su futuro después de haber dejado la NASA en 1971, pero él eligió regresar a su estado natal y enseñar ingeniería aeroespacial en la Universidad de Cincinnati.

Fue una movida inusual pero, para ese entonces no fue ninguna sorpresa la decisión del serio comandante del Apollo 11, quien completó el mandato del presidente John F. Kennedy de un aterrizaje lunar estadounidense en esa década. Antes, durante y después de ese viaje trascendental, Armstrong resultó ser un enigma para los medios globales ansiosos de convertirlo en la estrella más brillante de la Tierra.

Esto iba a ser difícil. En lugar de contar con el alegre ingenio de otros pilotos espaciales cómo el de Wally Schirra, el amable magnetismo de John Glenn o el perfil soberbio de Chuck Yeager, Neil Armstrong resultó ser nada más que el ingeniero serio y formal que en realidad era. Sin artificios sin brillos, francamente, no lo suficientemente carismático. 

Sin embargo, dentro de la fraternidad de pilotos de prueba, Armstrong se encontraba dentro de las estrellas más brillantes. Antes de ser elegido en 1962 como uno de los astronautas del "Grupo II" – entre quienes estaba James Lovell, comandante del Apollo 13 y leyendas como Frank Borman, Pete Conrad y John Young – Armstrong era de unos pilotos de élite seleccionados para volar el cohete X-15, cinco veces más rápido que la velocidad del sonido. 

Y ese comportamiento serio le funcionó bien a Armstrong en su trabajo. Como piloto comandante de la misión del Gemini 8 de marzo de 1966, la primera en la que una aeronave espacial se ancló con otro vehículo en órbita, Armstrong mostró una compostura fría cuando la falla de un propulsor hizo que su nave espacial chocara.

Su toma de decisiones pudo terminar prematuramente con la misión, pero salvó su vida, la del copiloto David Scott y posiblemente la de todo el programa espacial  estadounidense. Y sin embargo, todo lo que recuerdan muchas personas acerca de ese vuelo es que ese accidente influyó en la transmisión del capítulo de esa noche de Perdidos en el espacio de la cadena de televisión CBS.

La aparente reacción casual de Armstrong hacia el peligro dejó a sus compañeros de la NASA en ascuas cuando, en mayo de 1968, escogió el tiempo exacto para salir volando de un simulador de aterrizaje lunar que había girado sin control. Su única lesión fue una mordida de lengua cuando saltó del paracaídas para sobrevivir. Esa misma tarde estaba de regreso en su oficina, trabajando.

Pocos de estos hechos son conocidos por la gente, cuando Armstrong, junto con Buzz Aldrin y Michael Collins, fue elegido para la misión del aterrizaje lunar. Todo lo que la gente sabía del astronauta que resultaría ser el primer hombre en la Luna era lo que vieron. Y lo que vieron los desconcertó.

En conferencias de prensa y entrevistas antes del vuelo del Apollo 11, Armstrong habló básicamente en oraciones cortadas y secas, casi como si estuviera transmitiendo mensajes de radio desde la distancia cuando aún estaba en la Tierra. Norman Mailer, asignado por la revista Life para cubrir el vuelo, dijo que en las conferencias de prensa él estaba "extraordinariamente distante … aparentemente en comunión con algún hilo del Universo que los otros no pensaban desenredar".

Hasta esas famosas primeras palabras al bajar del módulo lunar – "Es un pequeño paso para un hombre. "Un gran paso para la humanidad". – resonó en un mundo expectante y fragmentado. Sin embargo 40 años después, esas 13 palabras han alcanzado una estatura icónica debido a la humilde manera en la que fueron dichas.

Armstrong enseñó en Cincinnati por ocho años antes de irse en 1979, sin una sola explicación. Después, sin ser un recluso totalmente, mantuvo un perfil relativamente bajo; más bajo del que esperarías para el primer hombre en la Luna. Se desarrolló en los consejos de bancos y corporaciones y sirvió en varias comisiones, incluyendo el que investigaba el desastre del Challenger de 1986. (Ese panel incluía a otro pionero espacial, Sally Ride, quien murió hace un poco más de un mes).

Fue cuidadoso acerca de dar entrevistas y autógrafos, era estricto con el uso de su nombre y de todo lo relacionado con su misión en el Apollo 11. Mientras que Buzz Aldrin, su compañero en la caminata lunar, parecía estar dispuesto a todo desde Dancing With the Stars (Bailando con las estrellas)  hasta Transformers 3 (donde fue una figura de inspiración irónica para realizar una escena), Armstrong se mantuvo alejado del circo de los medios después de que autorizó una biografía, Primer hombre: La vida de Neil A. Armstrong (First Man: The Life of Neil A. Armstrong) en 2005.

Si alzaba su voz en público, era solo para hablar de la exploración espacial y su creciente pena por el retiro gradual de Estados Unidos con respecto a los vuelos con tripulación humana.

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Sin embargo, en su novena década en el planeta Tierra, Armstrong parecía estar más relajado en público y general más visible de lo que solía ser. Si acaso, su tiempo abrazando las esquinas de la fama lo habían hecho aún más admirable como un hombre que se negó a venderse a sí mismo o a su legado, sin importar qué tentaciones estaban disponibles en una cultura loca por las celebridades.

En una maravillosa noche hace 43 veranos, Neil Armstrong hizo algo que alguna vez pareció inimaginable. Desde entonces, vivió su vida de una manera que ahora se ve improbable.

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