OPINIÓN: Aceptar las diferencias nos haría una especie más evolucionada

Aceptamos que existen sociedades que viven de diferente manera, que hay pueblos con costumbres y religiones diferentes
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Autor: Horacio Franco | Otra fuente: 1

Nota del Editor: Horacio Franco es flautista. Estudió como autodidacta, ingresó al Conservatorio Nacional de México y después fue aceptado en el Sweelinck Conservatorium de Ámsterdam, donde se graduó con honores. Llega en bicicleta a todos sus conciertos. Puedes seguirlo en su cuenta de Twitter: @HoracioFranco.

(CNNMéxico) — En México, como en tantos países socialmente —que no económicamente— subdesarrollados, la doble moral y el clasismo cada vez más fuerte han marcado nuestra conducta y nuestro devenir por siglos. Hemos discriminado desde nuestros orígenes como nación.

Somos una sociedad racista y no somos capaces de reconocerlo abiertamente. Somos una sociedad clasista y pocas veces lo reconocemos. 

Socialmente, nos hemos instalado muy cómodos y a nuestra conveniencia, y nos excusamos y nos lavamos las manos cuando llegamos a tener cierto poder, o acumulamos enormes resentimientos contra quienes lo tienen y nos humillan. El fuerte o el rico discrimina y humilla al débil o al pobre. 

Es paradójico que pueblos que han sido discriminados a través de los siglos hayan aprendido después a discriminar sin justificación como mecanismo de defensa o como conducta social guardada en el inconsciente colectivo.

El libro Miradas a la Discriminación, en el que fue publicado íntegro el artículo de Horacio Franco, fue editado por el Conseo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED).

Por resentimientos ancestrales, algunos negros en Estados Unidos rechazan y hasta discriminan a los blancos porque estos últimos los privaron de los más elementales derechos por siglos enteros.

Mi historia no debería tener nada de extraordinario si viviéramos en una sociedad más avanzada y en una democracia real. Así es la historia de muchos más mexicanos que, al igual que yo, propiciaron en los años ochenta y noventa del siglo xx la plataforma para lo que se ha convertido hoy en conquistas incipientes de los derechos de las minorías sexuales en este país, y en concreto de la Ciudad de México, bastión donde se han vuelto realidad estas conquistas.

Muchas veces me han preguntado si me han discriminado por ser mexicano, por ser homosexual o hasta por tocar un instrumento que no figura entre "las grandes ligas" del ambiente de la música clásica actual. Esta gente está más preocupada por mantener un estatus que por trascender socialmente. Siempre he contestado que no.

Con respecto a quienes en un momento dado me hayan discriminado por algo, considero que esto ha sido exclusivamente problema de ellos. Yo al menos no me he enterado, ni estoy interesado en hacerlo. Esto no está dentro de mis expectativas. El problema mental es de quien discrimina.

Como provengo de una casta desprotegida cultural, económica y socialmente, mi vida personal y mi experiencia como ser humano me han enseñado a ver las cosas de manera particular.

Mis padres no terminaron la educación básica. Muy jóvenes, casi niños, tuvieron que trabajar porque ambos quedaron huérfanos de padre a muy temprana edad. Mi madre trabajaba como sirvienta en casas y como recamarera en hoteles. Mi padre, como cantinero. Ambos tenían escasos conocimientos de la vida y guardaban muchos prejuicios hacia lo que no conocían, pero de eso no eran culpables.

Para mí fue un doble esfuerzo rebelarme contra ellos por querer ser músico a los once años —cosa que no aceptaron por el eterno "Te vas a morir de hambre porque eso no es una profesión"—, pero sobre todo por definirme gay desde niño y confesárselos a mis quince años.

Su virulenta reacción no se hizo esperar. Psiquiatra, psicólogo y un férreo control sobre todas mis actividades siguieron a mi confesión de adolescente. Nunca me hubiera atrevido a hacerlo si no hubiese estado tan seguro de lo que quería, de lo que sentía y de lo que era. Por fortuna, nunca tuve problemas ni miedos por ser gay. Era más el temor a esa reacción que sabía que tendrían mis padres y hasta mis hermanos por ser menor de edad.

Mi viaje de estudios a Holanda a los diecisiete años me salvó de todo el control de mis padres. Tuve que lavarles el cerebro con la falsa esperanza de que "iba a cambiar" probando "lo otro", cosa que evidentemente jamás se me hubiera ocurrido hacer.

Ese viaje a Holanda me permitió ver la realidad de las cosas y me ayudó a entender, a vivir y a asimilarme en una democracia sumamente avanzada, plural, no corrompida y totalmente abierta y tolerante. Desde ese momento supe que México era una gran tragedia social y me di cuenta de lo mal educados y administrados que vivíamos en todos aspectos. Vivir y estudiar allá por varios años es el más grande aprendizaje social, emocional y mental que he tenido en la vida. Siempre recordaré con enorme gratitud lo que ese país representó para mi desarrollo como ser humano, como gay y como músico. Además, me permitió ser yo mismo.

Yo era el único mexicano en todo el Conservatorio de Ámsterdam en esos años y tenía que competir con los alemanes, daneses, franceses y japoneses, que tenían un elevado nivel en el instrumento, pero nunca me sentí intimidado por eso, y menos aún por provenir de un país tercermundista; jamás tuve la impresión de sentirme en la lucha de Pepe el Toro contra Boby Galeana.

Estudié con enorme disciplina, conseguí un nivel de excelencia que procuro mantener hasta el día de hoy, además construí mi primera relación sentimental sólida.

Por esa razón, nunca me sentí ni me siento discriminado. Porque soy yo. Porque me he definido y he sido sustancialmente como soy, no como tengo que ser, no como me imponían mis orígenes en una familia machista y en un país de doble moral.

Paradójicamente, la única situación donde me han discriminado abiertamente fue en Holanda, cuando vivía allá en los ochenta. Me subí a un autobús repleto de gente, y al frenarse bruscamente me abalancé contra el regazo de una holandesa de edad mayor. Ésta gritó: "Estos malditos extranjeros siempre causando problemas". La reacción de la gente que estaba cerca no se hizo esperar y empezaron a gritarle que si no se acordaba de lo que había pasado hacía cuarenta años en la guerra, y que por gente como ella el mundo no avanzaba, etcétera. Nunca me sentí tan defendido y protegido por gente que jamás había visto en mi vida y que no me conocía. Debo decir que eso ahora no pasaría más, dadas las circunstancias de xenofobia y racismo que vuelven a cubrir con su negro manto a muchos países de Europa, y de las que la sociedad neerlandesa no se ha salvado.

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Aceptamos que existen sociedades que viven de diferente manera, que hay pueblos con costumbres y religiones diferentes, con preferencias de todo tipo, y que cada individuo es finalmente diferente. Tratar de aceptar, entender, explicar y justificar cada religión, ideología política, forma de vida, preferencia culinaria, sexual o cada comportamiento de las razas y los pueblos del planeta nos llevaría a ser seres más humanistas y profundos. Nos llevaría a ser una especie más evolucionada.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Horacio Franco. CNNMéxico.com presenta un fragmento de una colaboración escrita por el flautista para la publicación Miradas a la Discriminación, una iniciativa del Conseo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED).

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