OPINIÓN: Los autoritarios inteligentes, ¿la nueva cara de la dictadura?

Algunos de los actuales representantes y dueños del poder cambian la imagen del régimen con formas más sutiles de represión
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Por: William J. Dobson
Autor: William J. Dobson | Otra fuente: 1
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Nota del Editor: William J. Dobson es el editor de asuntos políticos y extranjeros de Slate y es el autor de The Dictator’s Learning Curve: Inside the Global Battle for Democracy.

(CNN) — Vladimir Putin siempre ha entendido que los viejos hábitos ya no funcionan.

Ha sido testigo de los errores de las dictaduras del siglo XX de primera mano, cuando era agente de la KGB con base en Dresden, Alemania, durante los últimos años de la Guerra Fría. El joven oficial soviético se impresionó con la constante e invasiva vigilancia que la policía de Alemania del Este tenía con sus propios ciudadanos.

En el 2000, recordando los primeros años de su primer periodo como presidente de Rusia, Putin dijo “solo lamento que la Unión Soviética haya perdido su posición en Europa, aunque intelectualmente entiendo que una posición construida con muros y divisiones no puede durar. Pero quería que en su lugar creciera algo diferente. Y no se propuso nada más”.

Más de una década después, algo diferente despertó para reemplazar a los obsoletos modelos totalitarios. Los hombres fuertes y modernos son más sofisticados y astutos que sus predecesores del siglo XX.

Los autoritarios inteligentes evitan los métodos de mano dura —ejecuciones masivas, desapariciones, repercusiones violentas— como último recurso. A cambio prefieren sutiles formas de coerción. En lugar de maltratar a los activistas, lo más probable es que esa organización de derechos humanos desaparezca por violaciones al código de incendios.

Estos regímenes son fluidos en el lenguaje de la democracia y derechos humanos, incluso pueden establecer comisiones de derechos humanos, a pesar de ser los principales precursores de cualquier abuso. Las leyes tienen términos ambiguos y después las aplican de manera caprichosa en contra de aquellos que cuestionen al sistema.

El miedo siempre es un arma poderosa. “Mi padre solía decir que preferiría vivir en una dictadura como Cuba”, me dijo un activista venezolano. “Al menos ahí sabes que si criticas al gobierno serás encarcelado. Aquí gobiernan con incertidumbre”.

Claro que las elecciones son de rigor en las dictaduras modernas, son el intento de no parecerse a las absurdas encuestas engañosas de la Unión Soviética que siempre dejaban a Brezhnev con el 99 %de los votos. Hoy en día, la manipulación de votos usualmente ocupa el 70%. Todos comprenden que lo mejor es aparentar que has ganado unas elecciones genuinas, lo que significa que necesitas a la oposición para ganar algunos votos y participar en el gran juego político.

Hay algo darwiniano acerca de la manera en la que ha evolucionado el autoritarismo. Porque, de muchas maneras, nunca ha sido más difícil ser dictador.

En los últimos 20 años, el negocio de promoción de la democracia ha florecido. Muchas dictaduras perdieron su eje principal con la caída de la Unión Soviética. El internet, la comunicación satelital y los teléfonos inteligentes hacen increíblemente difícil que un régimen mantenga en secreto sus peores crímenes. En 1989, el Partido Comunista chino trató de tener mano dura con CNN, cuando salió del aire antes de que abatieran a unos protestantes en las calles que llevan a Tiananmen Square. Si hoy sucediera de nuevo, miles de iPhones lo captarían.

En respuesta a estas presiones, los regímenes más inteligentes no se cerraron al mundo o buscaron a la próxima Corea del Norte. La policía no sostiene apelaciones, mejor evolucionan.

En Rusia, el Kremlin respondió a las protestas con una serie de leyes que le permitirán a las autoridades aplastar a los activistas con multas y sentencias de cárcel. En Venezuela, Hugo Chávez diseñó reglas electorales con una de las manipulaciones más sofisticadas del mundo.

En Jordania, el gobierno propuso una reforma tras otra, sin afectar el verdadero poder de la monarquía. En China, el partido comunista alteró su pacto social con la gente y garantizó mayores libertades a cambio de tener un fuerte control de sus derechos políticos.

En Malasia, el bando líder prometió reglas "relajadas", justo después de prohibir las manifestaciones en vía pública. Cuando la gente contestó con una protesta, el primer ministro Najib Razak se refirió a ellos como una “señal de democracia madura”. Era la perfecta y bien manufacturada respuesta del autoritarismo moderno.

En un mundo de información sin obstáculos y de fronteras abiertas, debemos concebir a los regímenes autoritarios como lo que son. No son el resultado de cierta cultura, historia o nivel de desarrollo económico, sino proyectos conscientes, creados por el hombre que lo construyó, pulió y reforzó de manera cuidadosa. 

Pero la diferencia no se logra solo con estrategias innovadoras, herramientas políticas o controles sociales inútiles. No importa qué tan sofisticados sean, algunos descubren que ciertos métodos están desgastados.

Desde el anuncio, hace 12 meses, del regreso al poder de Putin para encabezar un tercer periodo, tanto el mandatario ruso como el Kremlin han mostrado oídos sordos. El juicio de Pussy Riot es el ejemplo más reciente del régimen, que ha tenido pies de plomo politizando innecesariamente estos hechos que lo hacen parecer arrogante y abusivo.

Ahora Putin ha perdido el apoyo de gran parte de la clase media y la gente joven, un grupo que siempre ha tenido un porcentaje alto en las encuestas a su favor, y la bandera de su partido líder tambalea. “Ya no es cool estar a favor de Putin”, expresó una activista. Esa es una pérdida importante para un régimen que gana con la apatía de sus ciudadanos.

En Venezuela, las propuestas de Chávez son cuestionadas. Políticamente, el mes pasado ha sido el peor para él, con una temporada de desastres y accidentes que resaltan cuánto ha decaído el estado bajo su mando. Los trabajadores, si es que alguna vez tuvo un electorado base, abuchearon recientemente al comandante en un mitin. Aunque su control de los medios, la riqueza del petróleo y la maquinaria del estado lo mantienen formidablemente, cada vez es más claro (para los venezolanos de todas las clases políticas) que el país se encuentra en un punto de quiebre.

Por supuesto, Siria nos recuerda todos los días que algunas dictaduras optan todavía por un baño de sangre. En 1982, Hafez Assad acabó brutalmente con un levantamiento en la ciudad siria de Hama. Se estima que entre 10,000 y 40,000 sirios fueron asesinados en un mes. Bashar al Assad eligió seguir el ejemplo de su padre al terminar con su propia rebelión. La diferencia es que en 1982 el viejo Assad estaba seguro de que sus crímenes quedarían en la impunidad. El régimen de su hijo cada vez es menos defendible. No importa qué pase, el gobierno de al Assad nunca recuperará su legitimidad.

Aparentemente, al Assad nunca aprendió que las maneras antiguas ya no funcionan.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a William J. Dobson.

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