OPINIÓN: La influencia de los mayas en nuestra vida podría ser mayor

La civilización guarda un vasto conocimiento, generalmente ignorado, que nos podría ayudar a entender nuestra propia existencia
Alberto Chimal
Autor: Alberto Chimal | Otra fuente: 1
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Nota del editor: Alberto Chimal es narrador y ensayista. Sus libros más recientes son la novela La Torre y el Jardín, y el manual de escritura creativa Cómo empezar a escribir historias. Puedes seguirlo en www.lashistorias.com.mx y en la cuenta de twitter @albertochimal

(CNNMéxico) — Para muchos habitantes del planeta, la imagen actual de la cultura maya es la que ofrecen incontables programas televisivos, videos esotéricos en internet y artículos sensacionalistas.

Y si no es así, la siguiente alternativa probable es que no sepan más de los mayas que lo que aparece en películas como Apocalypto (Mel Gibson, 2009) o 2012 (Roland Emmerich, también de 2009): no solo filmes que me parecen muy cuestionables, sino también historias en las que el mundo maya es solo el pretexto para algo más.

La película de Emmerich es importante, en especial, porque resume los motivos de todas las otras versiones populares de 'lo que es o lo que dice' la cultura maya: solo se le toma en cuenta por ser la 'autora' o 'depositaria' de la más reciente 'profecía del fin del mundo', y solo se le usa, por tanto, para tratar de validar fantasías apocalípticas de moda.

Una búsqueda de 10 minutos en internet permite encontrar que esa supuesta profecía ni siquiera existe, y que el furor morboso del fin del mundo no tiene sustento alguno. Pero otra búsqueda un poco más amplia permitiría constatar algo aún más importante: que la cultura maya es muchísimo más que el antiguo calendario que termina en 2012, mucho más que ciertos atuendos y escenarios exóticos.

En México, hemos tenido una relación complicada con las culturas de los pueblos originarios desde la misma Conquista: aunque en la actualidad se habla de su herencia y se promueve su legado como un motivo de orgullo, lo cierto es que las más de las veces la actitud de las mayorías mestizas y criollas ha sido de desprecio, cuando no de franco rechazo, a cualquier manifestación que parezca 'indígena'.

El racismo nacional es una marca vergonzosa que no hemos conseguido quitarnos, y para hallar ejemplos basta ver unos cuantos minutos de televisión abierta o de interacción de ciudadanos cualesquiera en las redes sociales.

Y esto es una lástima porque negando esa porción de los orígenes y de la actualidad de México se pierde mucho. Peor para nosotros si hacemos a un lado la riqueza de los idiomas, los saberes y las tradiciones de esas culturas, sumamente antiguas (el apogeo de la civilización maya tuvo lugar hacia el año 900 a.C., por ejemplo) y que han sobrevivido en alguna medida incluso a las destrucciones y censuras que sufrieron tras la Conquista. Como mínimo, nos estamos perdiendo esas otras historias: esas otras visiones del mundo que podrían decirnos algo que aún no sabemos sobre las numerosas posibilidades de la existencia humana, y que nos urgen, en especial a las culturas de raíz autoritaria, fundadas, me parece, sobre definiciones tajantes y excluyentes de las cosas.

Como soy escritor, quiero concentrarme en un ejemplo que me es muy cercano: el conjunto de textos conocido como el Popol Vuh (el nombre suele traducirse como Libro del Pueblo o Libro del Consejo), una compilación que en su forma escrita proviene del siglo XVIII pero reúne historias muy anteriores: su fuente podría provenir del tiempo de la Conquista y ser a su vez la transcripción de historias orales aún más antiguas.

La obra, preservada por el fraile dominico Francisco Jiménez y luego trasladada a Europa, traducida y propagada por el mundo, contiene historias diversas del pueblo maya-quiché, del noroeste de Guatemala; un mito de la creación del mundo, con su continuación en migraciones humanas, conflictos entre dioses, la aparición de ciudades y lenguas; las aventuras de dos héroes gemelos (Hunahpú y Xbalanqué), y una serie de genealogías que ligan el pasado mítico con el presente histórico (al menos, hasta el siglo XVI).

Estos materiales no son, en apariencia, muy distintos de los de textos tradicionales que encontramos en otras culturas antiguas. Pero esto significa que su influencia en nuestro presente podría ser aún mayor de lo que es. Mientras muchos, entre nosotros, no pasan del 'exotismo' de los nombres o los episodios, y algunas de las influencias más notables del libro se han visto en obras y artistas de otros países (desde el compositor Edgard Varèse hasta el cineasta Werner Herzog), apenas estamos descubriendo la potencia actual de ese mundo mítico, tan distinto de lo que difunde masivamente la cultura popular y que tienen todos su origen en mitologías de Europa o de Asia.

El Popol Vuh podría medirse —mejor aún: podría dialogar— con esas mitologías. Con las grandes obras de la antigüedad clásica, desde la Biblia hasta el Mahabharata. Con las reelaboraciones contemporáneas, desde la obra de Kafka hasta la de J. R. R. Tolkien.

¿Quién sabe qué tanto podríamos encontrar aún en ese diálogo que no hemos entablado? Por lo menos, creo, no estaría un final sino una expansión del mundo: de nuestra propia visión.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Alberto Chimal.

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