OPINIÓN: De Wall Street a las calles, la historia de un taxista de NY

Jack Alvo perdió su empleo en Wall Street a raíz de la crisis económica; ahora conduce un taxi para salir adelante
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Autor: John Avlon | Otra fuente: 1

Nota del editor: John Avlon es colaborador de CNN y columnista político senior para “Newsweek” y el “Daily Beast”. Es coeditor del libro: Deadline Artists: America’s Greatest Newspaper Columns (Artistas de la fecha límite: Las mejores columnas periodísticas de Estados Unidos). Colabora regularmente con el programa “Erin Burnett OutFront” y es miembro del Equipo de Ataque Político OutFront.

NUEVA YORK (CNN) — Jack Alvo, de 49 años, conduce por las calles de la ciudad de Nueva York seis días a la semana, de 5 a.m. a 5 p.m. Nunca se imaginó que a su edad sería taxista. Después de todo, hace una década ganaba 250,000 dólares al año en Wall Street. Sobrevivió a los ataques del 11-S, cuando trabajaba como asesor financiero para Morgan Stanley en el piso 73 de la Torre Sur del Centro Mundial de Comercio. Era un hombre afortunado.

Sin embargo, Jack perdió su último empleo en el mundo de las finanzas en 2009, poco después de que los mercados colapsaron durante la Gran Recesión. Aún es capaz, trata de criar a dos hijos, su cabello ya tiene canas y conduce un taxi amarillo a través de las cavernas de acero y concreto de Manhattan.

“Quedé atrapado y las cosas se pusieron difíciles”, dice. “Nunca me hubiera imaginado que podría hacer esto, pero al ser originario de Nueva York, conocía las calles. Conocí mejor las calles cuando empecé a ponerles atención”.

Conducir un taxi tiene su ritmo, “este juego tiene su ciencia”, dice Alvo. “En las mañanas, no quieres quedar atrapado demasiado temprano en el Upper East Side. Allí la gente no se levanta antes de las 7:30. Pero en la calle Hudson, son más jóvenes, más agresivos. Van a trabajar a Goldman y al Bank of America o a donde sea y los llevas”.

Su voz revela una nota de tristeza, se suaviza ligeramente. “Muchos de ellos ni siquiera recuerdan el 11-S, ¿sabes? Para los más jóvenes no significa mucho”. Pero para Jack significa muchísimo.

Se abrió camino desde Forest Hills, en el suburbio de Queens, hasta el Babson College, en Massachusetts y luego consiguió un empleo en Wall Street. La despejada mañana de ese martes, cuando el primer avión golpeó la Torre Norte a las 8:46 de la mañana, Jack recuerda que un tipo en su oficina, que había sobrevivido al ataque contra las torres en 1993, salió corriendo de la oficina, gritando.

“Se movió tan rápido que alcanzó el último tren hacia Nueva Jersey. Probablemente vio desde allí cómo se estrelló el segundo avión”, dice, con una risa a medias. “En comparación, otro tipo que también había vivido lo del 93 tenía una máscara de gas en su cajón. Se la puso y nunca salió”.

En medio del caos, Jack empezó a bajar las escaleras cuando la curiosidad lo venció. Se detuvo cerca del piso 56 y se unió a otras personas en una oficina desde la que se veía la Torre Norte. “Ahí vi el edificio en llamas, el humo, los escombros, la gente cayendo, la gente gritando: ‘¡Dios mío! ¡Dios mío!’”.

Trató de llamar a su esposa, quien ese día se encontraba en casa; estaba embarazada, pero le respondió la contestadora. Entonces, el segundo avión chocó.

“Se me doblaron las rodillas. Fue como si un candelabro hubiera caído”, recuerda. “Estaba sobre mí, como vidrios estrellándose, pero el impacto había sido tan fuerte que se sentía debajo de mis pies. Entonces supe que no podía quedarme donde estaba. Regresé a las escaleras y esta vez empecé a bajar más rápido: piso 50, 40, 30”.

Su familia pensaba que seguía en el piso 73, cerca de la zona de impacto. “De hecho midieron en la TV con una cinta métrica para tratar de descubrir en dónde había golpeado el avión. Pensaron que no habría suficiente tiempo”. En ese momento lo hubo.

Sin embargo, la economía después del 11-S llevó a los despidos y Jack rebotó por todos lados: comerció con productos básicos y trabajó para una empresa familiar que comerciaba con metales preciosos. Durante un tiempo viajó a Palm Beach, Florida, para trabajar, pero debido a los recortes, Jack se volvió una opción costosa fácil de eliminar.

Así fue como empezó un año de desempleo, cuidando de sus hijos en su departamento de renta congelada en la Avenida Columbus. Era el peor momento para buscar empleo y Jack se vio atrapado en la tierra de nadie: demasiado mayor para ser contratado rápidamente, demasiado joven para tener un colchón económico.

“Los tipos como yo pueden ser reemplazados a menor costo”, dice Alvo. “Ya sabes, un hombre que está dentro de la categoría de las seis cifras, que gana más de 250,000 al año, es fácilmente reemplazable por un tipo al que pueden conseguir por 100,000 y que piensa que es el empleo más grandioso del mundo. O pueden sustituirme por dos tipos jóvenes”.

Después de pasar varios meses enviando currículos sin obtener respuesta, Alvo empezó a conducir un taxi para pagar las cuentas. Más de un año más tarde, empezó a poner su currículo en el asiento trasero del taxi para que sus pasajeros lo leyeran. Piensa que es como pescar: “Si alguna vez has ido a pescar, sabes que puedes pasar todo un día en el estanque y no pescar un solo pez. Pero si conoces el lugar, tus probabilidades mejoran”.

Con el tiempo ha obtenido algo de ayuda. Un escritor le ayudó a perfeccionar su currículo; otro sugirió resumirlo a una página y ponerlo en una canasta.

“Eso hace que conserve mi fe en la humanidad”, dice Jack. “Una cosa que aprendes al conducir un taxi es que todo está conectado”. Ha obtenido algunas oportunidades, incluso algunas entrevistas, pero aún no ha obtenido nada en firme.

“Citigroup acaba de despedir a 11,000 personas. UBS despidió a 10,000 empleados a nivel mundial, así que sigo en patrón de espera”, dice Alvo. “He entrado y salido de los mercados por 25 años, y siempre hay una excusa: vienen las elecciones, es fin de año, espera a que el presupuesto salga… Sin embargo, conforme pasa el tiempo, se hace más difícil. La gente te ve de forma un poco distinta: he estado fuera por dos años y medio, no un año. Eso es lo único que me desanima”.

Mientras conduce por Nueva York, casi de forma anónima en el asiento delantero, Jack nota que la brecha se profundiza. “La gente que tiene mucho dinero se topó con un bache, pero ya salió. Su cuenta de banco se vio un poco afectada, pero sus vidas no. En vez de irse de vacaciones cada año, lo hacen cada tres. Sin embargo, si quedaste atrapado en la espiral descendente, es extremadamente difícil salir”.

Es un comentario que recuerda los debates acerca del precipicio fiscal que escuchamos en Washington, que refleja la brecha creciente entre los superricos y la clase media. “Ahora somos la historia de dos ciudades”, dice Jack, en un tono cargado con partes iguales de resignación y frustración.

Pero esto no significa que Jack se esté rindiendo, nada de eso.

“Mi propósito de año nuevo es salir del taxi y volver a la oficina. Es cuestión de cerrar un trato. …También quiero escribir un libro. Lo titularía De calle en calle, de trabajar en Wall Street a tener que trabajar en la calle, por decirlo de alguna forma. Creo que sería una historia de supervivencia, de entender que puedes tenerlo todo en un momento y a veces, cuando las cosas se ponen difíciles, te ves obligado a tomar otra ruta. Pero hay luz al final del túnel. Si permaneces concentrado, puedes superar cualquier cosa”.

No es fácil, pero a los 49 años, Jack sigue decidido, a veces realista y a veces optimista.

“He conducido un taxi casi la mitad de la vida de mi hija, tiene seis años. Me sentía muy mal de solo pensarlo”, dice. “Pero de vez en cuando, ella me dice al oído: ‘Papi, deseo que consigas un nuevo empleo; estoy orgullosa de ti’. Usó exactamente esas palabras: ‘Estoy orgullosa de ti’. Así que por ahora no tengo más remedio que conducir el taxi. Nunca pensé que sucedería. Sin embargo, aún creo que todo se resolverá: las cosas mejoran”.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a John Avlon.

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