OPINIÓN: Con su confesión, Lance Armstrong pierde pero Oprah gana

Durante la esperada entrevista con Oprah Winfrey, Armstrong confesó haberse dopado, mas no convenció al público de que estaba arrepentido
lance armstrong oprah winfrey  (Foto: )
Howard Kurtz
Autor: Howard Kurtz | Otra fuente: 1
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Nota del editor: Howard Kurtz es el conductor del programa Reliable Sources de CNN y jefe de la oficina de Newsweek en Washington. También colabora con el sitio web Daily Download.

(CNN) — Oprah Winfrey no se anduvo por las ramas.

Logró que Lance Armstrong confesara en el primer minuto. Fue un momento extrañamente poco emotivo: el fiscal guiaba al testigo en lo que parecía una rutina bien ensayada.

Armstrong dijo que lamentaba haber mentido durante tantos años, pero parecía que leía la lista de compras. Puede que su camisa color lavanda combinara con el vestido color violeta de Oprah; sin embargo, el campeón del ciclismo caído en desgracia fue todo menos colorido.

En la entrevista emitida en su canal de televisión por cable, Winfrey empezó de manera inteligente con varias preguntas de "sí o no" que terminaron con una década de engaños. 

¿Armstrong consumió sustancias prohibidas? Sí.  ¿Eritropoyetina (EPO)?  Sí. ¿Transfusiones de sangre?  Sí. ¿En los siete Tours de Francia que ganó? Sí.

Si después de ese momento cambiaste de canal, no te perdiste de mucho.

Fue la entrevista más esperada desde que Monica Lewinsky habló con Barbara Walters (solo que esta vez no hubo sexo, mentiras y cintas de audio, sino solo mentiras).

Sin embargo, el evento tuvo una atmósfera anticlímax. Primero vino la filtración (al New York Times) de que Armstrong planeaba confesarlo. Luego el rumor (en USA Today) de que planeaba admitirlo ante Oprah. Después se supo (en AP) que ya le había dicho a Oprah que usó drogas. Solo faltaba ver qué palabras usaría Armstrong y cuál sería su actitud.

No solo no parecía arrepentido. "Negaste descarada y deliberadamente todo lo que me has confesado", dijo Winfrey. No discutió. "Llamaste mentirosas a otras personas". Cierto. Más que participar en la entrevista, Armstrong la soportó.

Reconoció que no podría haber ganado esos títulos del Tour de Francia sin doparse. Dijo que no creyó que lo descubrirían, pero en realidad nunca explicó las mentiras audaces, elaboradas e interminables.

"La historia fue perfecta durante mucho tiempo", dijo Armstrong. Es cierto, perfectamente falsa.

Cuando Winfrey lo obligó a ver una declaración videograbada en la que mintió acerca del dopaje, Armstrong parecía dubitativo y distante. Más tarde dijo que estaba avergonzado, pero no lo parecía. Ella no logró que el hombre se abriera.

Armstrong dijo que en aquél momento no sentía que estuviera haciendo trampa. Parecía que hablaba de alguien más.

Aún cuando Armstrong reconoció haber sido un bravucón, no había rastros de un examen de conciencia. Tal vez no tiene una conciencia que examinar.

La entrevista fue una prueba para ambos. La tarea de Armstrong era provocar la suficiente compasión del público como para salvar la alguna vez brillante carrera que arruinó sin ayuda de nadie. Fracasó estrepitosamente.

El reto para Winfrey era recuperar un poco de la atención cultural que alguna vez tuvo antes de intercambiar su contrato estelar por el inframundo de la televisión por cable. Es claro que tuvo éxito.

Hay que decirlo: todos querían entrevistar a Armstrong. Pudo haber ido a 60 Minutes, al programa Today o a Katie. Pero Oprah lo convenció. Aún se considera que ella tiene la mezcla de severidad y empatía necesaria para lidiar con las estrellas que se han portado mal, aunque el mal comportamiento de Armstrong es muy diferente al de la clásica celebridad en rehabilitación.

David Zurawik, el crítico de televisión del Baltimore Sun, afirma que el panorama ha cambiado. Cuando Oprah dejó su programa, dice Zurawik, "los medios se fragmentaron en un frente, lo que dificulta que la televisión asuma el rol de tabernáculo de la cultura pop para el ritual de la confesión, el perdón y el renacimiento".

Tal vez él tenga razón. No perdono a Lance Armstrong, quien me mintió en dos entrevistas. Y sospecho que la mayoría de los estadounidenses tampoco lo hará.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Howard Kurtz.

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